miércoles, 30 de diciembre de 2009

Mensaje de navidad de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia


Recomendamos como siempre visitar el blog de la Sociedad Religiosa San Luis rey de Francia. A continuacíón el saludo por la navidad y año nuevo que nos enviara nuestro amigo el padre Mauricio SRSLRF

Queridos fieles y hermanos en Jesús, José y María!
Leemos en la Sagrada Biblia, que el ángel dijo a los humildes pastores:. "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David (Belén) les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (Lc. 2, 10-11). María, la Virgen anunciada por los profetas, acaba de dar a luz un niño: se llama Jesús que significa = el Salvador.
La profecía de Isaías se ha cumplido: "El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz. Sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz" (Isaías 9, 1).
Nació Jesucristo, Hijo de Dios que asumió nuestra condición humana, tomando cuerpo mortal en el seno virginal de María. El es ‘consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la Paz’ (Isaías 9, 5). Bajo estos títulos lo presenta el Profeta. Esto motiva nuestra alegría y nuestro gozo, que se fundamentan en el Señor. Por eso el cántico de esta Noche Buena no es otro que proclamar: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad" (Lc. 2, 14).
Alegría, gozo, paz, salvación. Pareciera que a medida que el tiempo pasa y la historia humana avanza, se va opacando el esplendor de este mensaje. Los mismos signos que anuncian una nueva Navidad, como el pesebre con su lenguaje directo de imágenes transmitiendo el histórico misterio del Dios hecho hombre, se ve reemplazado por otros signos e imágenes que manifiestan el proceso de descristianización de la cultura católica . El arbolito, papá Noel, el trineo con sus renos, la estrella cometa, poco a poco son vaciados de su raíz y contenido cristiano y manifiestan una transformación cultural que después se traduce en fiestas más paganas que cristianas, más materialistas y consumistas que espirituales, más bárbaras que humanas.
Es necesario rescatar los valores cristianos y humanos que encarnan la Navidad: La ‘nativitas’, el nacimiento de Jesucristo: Dios y hombre verdadero que vino para ser el Salvador del mundo, de todos los hombres y de cada hombre.
Por eso los hombres de buena voluntad debemos empeñarnos en rescatar el sentido profundo de la Navidad, convertida muchas veces en una fiesta profana y casi pagana, cuando en realidad es una fiesta sagrada.
Se pierde el contenido y sentido sagrado de la Navidad, si olvidamos que es la manifestación de la gloria de Dios en cada uno de nosotros y que el comienzo de nuestra salvación se manifestó en la humildad y austeridad de un pesebre, en un niño desvalido, como todo niño, envuelto en pañales.
No es fácil para nuestra cultura, marcada por el exitismo y el consumismo, el secularismo y el individualismo, descubrir la riqueza del pesebre como el ámbito donde nace la Vida; la riqueza del Niño Dios de quien proviene la salvación por los caminos de la justicia, el amor y la paz; la riqueza de la Sagrada Familia de Nazaret como modelo de toda familia, donde se vive la unidad de un amor permanente, la caridad y la alegría aún en medio de la pobreza, la esperanza en medio de la precariedad de la vida, el trabajo responsable en medio de las dificultares.
Estamos muy cerca de comenzar el año del Señor 2010. Seria muy triste reducirlo solo a un cambio de hoja del almanaque, la llegada de un nuevo año , no sólo debe ser un pulular de augurios vacíos, pronósticos en el aire y fiestas bacanales, sino que debe ser para nosotros cristianos, motivos de renovar los propósitos buenos que no hemos cumplido hasta ahora.
En nuestro presente histórico asistimos a un profundo cambio cultural que conlleva una profunda crisis ético-moral. Por esa crisis ético-moral tenemos que lamentar tantas veces una falsa escala de valores en la vida del hombre y de la sociedad, programada desde un falso concepto de libertad, que desconoce el valor objetivo de toda ley natural y divina, verdaderos fundamentos de toda moralidad.
Ojalá que la comprensión de la Navidad nos lleve a rescatar una escala de valores en cuya base y cúspide está Dios, sobre la que se fundamente todo auténtico proceso educativo y todo orden social y político, en la vida y en el gobierno de la sociedad y de los pueblos: de nuestro querido pueblo argentino.
Que esta Navidad, donde se manifiesta la gracia de Dios, a decir de San Pablo, nos enseñe "a rechazar la impiedad y las corrupciones del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la Gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús" (San Pablo a Tito 2, 12-13).
Queridos hermanos: practiquemos siempre el bien y la Navidad será la gran fiesta que nos reúne en el gozo y la alegría cristiana.
Llegue a todos el deseo de una feliz Navidad!

Homero Johas: Sao Roberto Bellarfmino e o Romano Pontifice em heresia

He recibido con mucha alegría un regalo que nos envían los amigos del Coetus Fidelium, el análisis que sobre la condena de Honorio I ha realizado el Dr. Homero Johas.
Se trata de un libro de 118 paginas, hermosamente encuadernado (algo raro en los ambientes tradicionalistas, donde se ahorra demasiado dinero en eto) y con un papel de gran calidad. En la contratapa tenemos una pintura del siglo VII de la Basílica de Santa Inés en la cual se puede apreciar a Honorio, quien fuera condenado como hereje por el magisterio de la Iglesia. El texto en cuestión tiene por objeto analizar (y refutar) los argumentos que en su momento diera San Roberto Bellarmino a fin de combatirle desafío luterano de la defección de la Iglesia en el caso de un Papa hereje. El Dr. Johas analiza con cuidado e inteligencia los argumentos del santo cardenal, los expone y refuta. Luego de ello pasa a analizar las fuentes históricas que demuestran que la Iglesia por el Magisterio en reiteradas oportunidades considero y condeno como hereje monotelista a Honorio.
Se trata, como hemos adelantado de un libro de fácil lectura aunque en portugués (no sabemos si hay traducciones castellanas). Como es lógico, recomendamos su lectura. A fin de conseguir copias les recomiendo que visiten el blog de los amigos del Coetus Fidelium.

Padre Basilio Meramo: La tradición en peligro de extinción

Como una especie rara en peligro de desaparición, la Tradición Católica está a punto de perecer, en manos de la jauría modernista que todo lo ha invadido, cual sida espiritual, sin posibilidad de reacción.
El reducido grupo de fieles que valiente y enérgicamente reaccionaron ante la autodemolición de la Iglesia, por vía de la alta jerarquía sodomizada espiritualmente, es decir religiosamente invertida, que de medio de salvación se corrompe y pervierte para transformarse en instrumento de condenación, falsificando, adulterando, vaciando el contenido del Testamento Divino de la Nueva Alianza firmado con la sangre de Cristo sobre la Cruz, para convertirlo en un mensaje falsificado de redención y salvación no por la sangre de Cristo derramada en la Cruz sino por las divinas entrañas del hombre moderno, que por la exigencia de la dignidad de la persona humana, de las aspiraciones de su libertad omnímoda y la expresión de sus derechos inalienables reclama (intrínseca, íntimamente, por la naturaleza propia de su ser) la divinidad por su ilustre origen, ya que se considera al hombre en lo más íntimo de su ser como algo divino, una chispa divina, revestida de la naturaleza humana, como lo sostiene esotéricamente la gnosis.
Es la antigua aspiración y pretensión de la gnosis, de todas las gnosis en sus diversas manifestaciones o expresiones, pero la misma realidad que invocan todas ellas, y que encuentran su máxima expresión y síntesis en la gnosis judía o comúnmente denominada cábala.
Estamos entre la lucha colosal entre el bien y el mal, la verdad y el error, en Dios y Satanás, entre Cristo y el Anticristo, entre la Iglesia y la Contra Iglesia (Sinagoga de Satanás), entre la Tradición Católica y la Tradición Cabalística, entre la Tradición Verdadera (Apostólica) y la Tradición Falsificada (Modernista).
De aquí la lucha titánica y para la gran mayoría desconocida aunque tomen partido por uno u otro de sus bandos.
El modernismo como síntesis (o resumen) de todas las herejías (cloaca de todas ellas) como lo denunció San Pío X, ha logrado como por arte de magia (diabólicamente) apoderarse del Templo Santo, de la Iglesia. Con Vaticano II se consolidó e instituyó urbi et orbi, pública y oficialmente en la Iglesia el trono de Satanás bajo las doctrinas modernistas, que hasta ahora habían sido condenadas y hoy son alabadas, aplaudidas y aceptadas, salvo por un pequeño rebaño fiel que si los tiempos no son abreviados (acortados), nadie se salvaría de caer y admitir tamaño error.
No es de extrañar, entonces, que el reducto fiel, el pequeño rebaño de la Tradición Católica firme hasta hoy mañana claudique, o se disgregue o se diluya absorbido por el engaño, el error y la mentira.
A esto apuntan todas las miras de Roma modernista, ocupada por bribones (bandidos) y anticristos como lo señalara Monseñor Lefebvre, que habiendo intentado al máximo de revertir la situación de hacer volver a los altos prelados y a la Jerarquía Romana a los senderos de la Fe y de la Verdad, agotando hasta el último recurso, llegó a firmar un protocolo que tuvo que inmediatamente anular para no comprometerse con los depredadores del rebaño que se les ha confiado. La Divina Providencia así permitió que Monseñor Lefebvre se diera cuenta del grave error de intentar revertir un proceso de Revolución Anticristiana, demasiado avanzado, para que pueda ser detenido.
Con esto se legaba para el futuro el camino a seguir, firmes en la fe, en la Tradición, en la verdad sin compromisos, ni acuerdos que tarde o temprano muestra son de una disimulada claudicación.
Ante la crisis, reacción, firme rechazo, guardar lo que se tiene aunque se sepa que estas cosas van a perecer. La Iglesia es testimonio, el testimonio vivo e infalible e indefectible de la verdad.
Ese es nuestro deber como hijos de la Santa Madre Iglesia, dar testimonio (hasta el martirio mismo si Dios así lo quiere) sin compromisos con el error, la mentira, el engaño, la falsedad de la Nueva Religión Universal del Hombre, de la Nueva Iglesia Postconciliar.
Combatir, resistir hasta morir, sin claudicar en manos de las falsas propuestas de lobos con piel de oveja que, como a Caperucita Roja, con artimañas nos quieren devorar.


Orizaba, Mayo 13 de 2008
Basilio Méramo Pbro.

El aborto, hartazgo de campañas

De Maria Angel y Pedro Rizio


Empiezan a hartar tanta superficialidad en las campañas antiabortistas, más parecidas a mascarón de proa de supuestas y explotadas defensas de la vida… En mi opinión, no aportan nada nuevo a un argumentario sólo naturalista, de conservación de la especie. Como ya se ha protestado varias veces en esta columna, sin referencia a que, para los católicos, las vidas de los hijos son de Dios y destinadas a su reino, las cuales se le roban. Es esto la raíz canónica que aceptamos los católicos respecto a la paternidad y la explicación de que haya madres que prefieran morir antes que impedir la vida de un hijo. Mientras no se acuda a la raíz del mal, las protestas contra el aborto serán como sentarse a la orilla del río a esperar que pare la corriente para cruzarlo. Poco puede hacerse con reacciones aisladas de catequesis o esporádicas homilías para recuperar aquella moral cristiana que hasta hace medio siglo guiaba a las sociedades católicas. La raíz del fracaso hay que buscarla en la nueva filosofía moral adoptada por la Roma moderna.
Nunca se afronta el error desencadenador, esa odiosa realidad de seudo-doctrinas amparadas en el Concilio Vaticano II – Gaudium et Spes especialmente –, que en tendenciosa redacción colocaron a la sexualidad en igualdad con el fin primario del matrimonio. Es decir, válida por sí misma y separada del fin obvio de procreación. Fin que justifica su existencia. La Iglesia docente, en lugar de reafirmar la sana doctrina y proteger a su grey, por primera vez dio luz verde a un principio antes siempre rechazado. Veamos aquí el párrafo fundamental de la última condena: « (…) Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbre; mirando de apartarlos, los Emmos. y Rvmos. Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de la fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda: “Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos (modernistas) que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes”, decretaron debía responderse: Negativamente. » [Decreto del Santo Oficio, “De los fines del matrimonio”, AAS 36 (1944) 103]
Si por una endeble pastoral ahora podemos falsificar la naturaleza de la sexualidad humana, no vemos qué será lo que nos proteja del engaño del erotismo, elevado de rango por esta exaltación de la fisiología. Realidades peligrosas que vuelcan a los esposos en imitaciones lujuriosas hasta la destrucción del matrimonio cristiano, tanto por desproveerlo de la gracia divina como por la fácil enajenación de la unión conyugal. Con la sexualidad exaltada como si fuera amor, y no la energía con que Dios estimula y premia la procreación, ya podemos también “autorizarla” en el fuero interno para, por ejemplo, comercio de prostitución heterosexual y homosexual.
Otra mentira es presentar la sexualidad, repito, en sí misma, como expresión suprema de amor. Esto es absolutamente falso; algo que se difunde frecuentemente en sermones y confesiones, pero que no es tal cosa, ni siquiera como vehículo de expresión. De manera parecida a que el hilo del teléfono no es los sentimientos y palabras que transmite, las cuales no dependen en exclusiva de éste para transmitirse. Por el contrario, la sexualidad sobrepasada de “su nivel de competencia” empequeñece y adultera el amor que perdura, incluso puede cegar para siempre la existencia del amor con que Dios dotó el alma humana para trascender de esta vida a la eterna .
Y pasamos ahora a la última consideración. Siendo que la sexualidad puede aislarse de su objeto reproductor, lo más consecuente es que el fruto natural de “practicar el sexo”, como ahora se dice, sea un accidente en el entendido inicial de los amantes. Estos se sentirán defraudados por la respuesta natural de una sexualidad a la que debemos conceder valores independientes y del mismo rango que el primario de la procreación. El adulterio y el aborto son consecuencias forzosas de este empobrecimiento moral.
Pues de esto no se habla, pero debería hablarse. Y con urgencia. Señalando honradamente dónde se dio tan perverso resbalón que ha vuelto papel mojado la guía moral, secular e invariable de los católicos. Este cambio es muy grave. Y más aún lo es que el mal se oculte y sea analizado finalmente por la Iglesia enseñada. Lo deseable es que ‘Papa corrija a papas’, y no que tengamos que hacerlo los fieles en el uso del espíritu crítico que Cristo dio a su Iglesia. (Lc 19, 39) Porque con este vicio moderno de protegerles como si la infalibilidad adornase todos sus dichos y actos, terminaremos por arruinar el cuerpo mismo del Magisterio de la Iglesia, afortunadamente siempre asistida por el Espíritu Santo, “que sopla donde quiere” (Jn 3, 8). Lo que no disimulará ese artificio de que “lo que ayer se hablaba a reyes y súbditos hoy no tiene por qué valer para hablar a las democracias”. Una forma de negar la Verdad de la fe católica y enseñar que es el siglo el que supera a los Mandamientos y no, al revés, que son los Mandamientos los que cristianizan el siglo. La Iglesia educó lo mismo a césares que a imperios, a teocracias que a repúblicas, a dictaduras que a coronas ungidas… Acudir al acomodo de los tiempos es craso error del confuso “aggiornamento” conciliar; es suponer que la Verdad sea multiforme, como las modas.
Nos encomendamos, pues, a San Gregorio Magno cuando enseñó: “Es mejor dar a conocer un escándalo que meter en prisión a la Verdad”. Y a Santo Tomás de Aquino, que decía: “Cuando haya un peligro para la fe, los súbditos tienen el deber de corregir a sus prelados, incluso públicamente”.

martes, 22 de diciembre de 2009

Liturgia y danza, según Ratzinger/Benedicto XVI


La Danza no es una forma de expresión de la liturgia cristiana. Aproximadamente durante el siglo III, hubo un intento en ciertos círculos gnósticos-docetistas de introducirla en la liturgia. Para estas personas, la crucifixión era sólo una apariencia. Antes de la Pasión, Cristo había abandonado el cuerpo que, en cualquier caso, nunca había asumido. La danza podría tomar el lugar de la liturgia de la Cruz, porque, después de todo, la cruz era sólo una forma aparente. Las danzas de culto de las diferentes religiones tienen diferentes propósitos -encantamiento, magia imitativa, el éxtasis místico- ninguno de los cuales es compatible con el objetivo esencial de la liturgia del sacrificio.

Es totalmente absurdo tratar de hacer "atractiva" a la liturgia por la introducción de pantomimas de baile (siempre que sea posible realizar a cargo de compañías profesionales de danza), que a menudo (y con razón, desde el punto de vista de los profesionales) termina con aplausos. El aplauso estalla siempre en la liturgia por los logros humanos, es un signo seguro de que la esencia de la liturgia ha desaparecido totalmente y ha sido sustituido por una especie de entretenimiento religioso.

Yo mismo he experimentado la sustitución del rito penitencial por un espectáculo de danza, que, huelga decirlo, recibió un aplauso. ¿Puede haber algo más alejado de la verdadera penitencia? La Liturgia sólo puede atraer a la gente cuando se ve, no en sí misma, sino a Dios, cuando se le permite entrar y actuar. Entonces, algo verdaderamente único que ocurre, más allá de la competencia, y la gente tiene la sensación de que ha tenido lugar algo más de una actividad de recreo. Ninguno de los ritos cristianos incluye el baile.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La Misa Latina indultada: graves problemas y graves errores

Si hablamos con un sacerdote de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X o con un Sedevacantista notaremos grandes similitudes y una sola diferencia substancial (y a veces superficial o aparente) y es la creencia o no de que Sede de Pedro tiene quien la ocupe. En contra de lo que muchos creen, varios miembros de la FSSPX incluso tienen posturas claramente cercanas a la Tesis del Cassiciacum… pero no es de esto de estas diferencias (muchas veces capillistas) de las que trata el presente artículo, sino de las comunidades “Ecclesia Dei” en general.
Bajo ese nombre entendemos a todas aquellas organizaciones eclesiásticas en plena comunión con Roma (la Roma Neo-Modernista y Neo-Protestante) que utilizan los libros litúrgicos anteriores a la hecatombe conciliar. Entran aquí desde la Fraternidad San Pedro, el Instituto Buen Pastor, la Sociedad Cristo Rey, los San Felipe Neri... y toda la pleyade de comunidades relativamente autónomas en las que actualmente se desempeñan algunos centenares de sacerdotes “tradicionalistas”.
Ahora bien, si uno asiste a cualquiera de las misas de estas comunidades encontrará:

  • La Misa Tridentina
  • Un sacerdote con vestimentas tradicionales
  • Un altar y no una mesa
  • Laicos vestidos decentemente


¿Cuál es el problema, entonces? ¿Se trata solamente de que el sacerdote del IBP o la Sociedad San Felipe Neri mencionan a Benedicto XVI en el canon de la Misa (el famoso una cum). No, en absoluto. De hecho si ese fuera el problema tendriamos que dar la espalda a la FSSPX ya que es el principal (pero no el unico) grupo de la Tradición Católica que resiste a la Iglesia Conciliar que se mantiene retóricamente una cum Benedicto XVI/Ratzinger. Para comprender mejor esto y hacerlo mas sencillo, trabajaremos con tres preguntas. 1. ¿Qué creen los miembros de las comunidades Ecclesia Dei? 2. ¿Porqué mantienen las practicas anteriores el Vaticano II? Y finalmente 3. ¿Es correcto asistir a sus servicios liturgicos?

1. ¿Qué creen los sacerdotes de las comunidades Ecclesia Dei?
Cualquier sacerdote de la comunidad Ecclesia Dei, sea la FSSP, el IBP, la SSJ y cualquier otra de la inmensa sopa de letras sostiene todos y cada uno de los errores creídos y practicados por la Iglesia Conciliar como si se tratara de la verdadera fe católica, a saber:

  • Creen que el Concilio Vaticano II fue un concilio valido de la Iglesia Católica Apostólica y Romana y que en el no hay nada de erroneo, malo o peligroso para la Fe, antes bien fue convocado y guiado en el Espiritu Santo, y es parte de la obra vivificadora de la Tercera Persona de la Trinidad.
  • El sacerdote de la Ecclesia Dei cree que el Novus Ordo es una liturgia buena y que expresa la correcta fe catolica, en el no hay nada malo ni dnada represensible, de hecho es la liturgia ordinaria de la Iglesia, mientras que la Santa Misa de siempre es una extraordinaria.
  • Este sacerdote cree en la libertad religiosa, cree en el ecumenismo, que es legal ponerse bailar en una misa, en los “ministros extraordinarios de la eucaristía” (una mujer, un tipo casado, mi amigo Lucho que ni es católico).
  • Y no sólo eso, sino que está completamente de acuerdo con el nuevo catecismo que enseña aberraciones, se opone al dogma de fe fuera de la Iglesia no hay salvación, obedece a obispos herejes y hasta le da la comunión a un no-católico… porque está habilitado por su Nuevo Código de Derecho Canónico ¡Y hasta el mismo Benedicto XVI lo ha hecho!

2. ¿Porqué mantienen los usos litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II?

Un sacerdote de la Fraternidad San Pedro, Cristo Rey, San Juan, San Felipe Neri o cualquiera de los de escombros que se desprendieron del edificio de la Fraternidad Sacerdotal San Pio X y que la Roma Neo-Modernista y neo-protestante utilizó para iniciar un contrapiso que sirva de entrada a la Iglesia Concliar, no puede condenar nada de esto. ¿Por qué? Porque ellos dependen absolutamente de la autoridad jurisdiccional de la Iglesia Conciliar, y porque esas autoridades practican todas y cada una de las herejías modernistas.
De hecho, estas comunidades surgen por un solo motivo: satisfacer un sentimiento de preferencia de ciertos fieles a las formas litúrgicas anteriores a las del Vaticano II. Esto mismo constituye una herejía modernista, porque para ellos la fe es algo subjetivo, un sentimiento… y así lo expresó Juan Pablo II/Woljtila cuando, como dijimos en una entrada anterior “condenó la Tradición Católica”.


A todos esos fieles católicos que se sienten vinculados a algunas
precedentes formas litúrgicas y disciplinares de la tradición latina, deseo
también manifestar mi voluntad - a la que pido que se asocie la voluntad de los
obispos y de todos los que desarrollan el ministerio pastoral en la Iglesia – de
facilitar su vuelta a la comunión eclesial a través de las medidas necesarias
para garantizar el respeto de sus justas aspiraciones.
(…)
además, se
habrá de respetar en todas partes, la sensibilidad de todos aquellos que se
sienten unidos a la tradición litúrgica latina, por medio de una amplia y
generosa aplicación de las normas emanadas hace algún tiempo por la Sede
Apostólica, para el uso del Misal Romano según la edición típica de 1962



Entonces las comunidades Ecclesia Dei no surgieron sino para “satisfacer” un sentimiento subjetivo: la concepción modernista de la fe. Mientras que para un católico la Misa expresa su Fe Católica Bimilenaria, para el modernista la liturgia es secundaria, lo primordial es la relación personal del hombre con Dios, del hombre como sujeto, del individuo quien buscará la mejor manera “para él” de acercarse a un Dios que se convierte cada vez en un ser mas impersonal y etéreo. Un ejemplo: El Padre Kramer FSSP rechazó absolutamente que el Motu Proprio Summorum Pontificum implicara un retorno a la época anterior a la del Vaticano II.
Ninguno de estos grupos “tradicionalistas” tuvieron en sus orígenes como objetivo la corrección del Concilio Vaticano II. Todos ellos tienen como carta fundacional el Motu Proprio Ecclesia Dei Afflictia por el cual un heresiarca pretendió reglamentar un ritualismo similar al anglicano en la Iglesia Oficiosa. Todos ellos surgieron para comprometer la resistencia católica a la marea Conciliar, y actualmente para corregir o enmendar los desmanes que la liturgia protestante de Pablo VI ha causado.


3. ¿Es correcto asistir a los servicios litúrgicos de las comunidades Ecclesia Dei?


La respuesta es evidente si consideramos todo lo dicho hasta aquí: de ninguna manera. Si un laico asiste a los servicios de un sacerdote que celebra la Misa indultada debe saber que:
La Misa dada por un sacerdote “indultista” es cismática porque el sacerdote está en comunión no con la Iglesia Católica, sino con una religión diferente, modernista, neo-protestante y herética, la Iglesia Conciliar, como la definiera Monseñor Lefebvre.

Que la iglesia conciliar es una iglesia cismática, porque rompe con lo que la
Iglesia Católica que siempre fuera. Tiene sus nuevos dogmas, su nuevo
sacerdocio, sus nuevas instituciones, su nuevo culto, todo condenado ya por la
Iglesia en muchos documentos oficiales y definitivos.
“Esta Iglesia Conciliar
es cismática, porque ha tomado como base para su actualización principios que se
oponen a los de la Iglesia Católica, tales como un nuevo concepto de la Misa
expresado en los números 5 del Prefacio (decreto) al Missale Romanum y 7 de su
primer capítulo, los cuales confiere a la asamblea un rol sacerdotal que no
puede ejercer; de igual manera el derecho natural — es decir, divino — de cada
persona y de cada grupo de personas a la libertad religiosa.
“Este derecho a
la libertad religiosa es blasfemo, porque atribuye a Dios propósitos que
destruyen Su Majestad, Su Gloria, Su Reinado. Este derecho implica libertad de
conciencia, libertad de pensamiento, y todas las libertades Masónicas.
“La
Iglesia que afirma tales errores es por completo cismática y hereje. Esta
Iglesia Conciliar no es, por lo tanto, Católica. En la medida en que el Papa,
los obispos, sacerdotes o fieles se adhieran a esta nueva Iglesia, se separan
ellos mismo de la Iglesia Católica”.


  • La Misa dada por un sacerdote de la FSSP, IBP, SSFN, SSJ, etc., es herética en su intención, porque el sacerdote que la ofrece busca satisfacer sensibilidades y sentimientos y no realizar el Santo Sacrificio.
  • La Misa dada en tales condiciones no agrada a Dios, porque ella se hace no en la Iglesia Católica (fuera de la cual no hay salvación ni perdón de los pecados, ni tampoco gracia alguna), sino en una secta anti-católica.
  • Finalmente, dicha Misa puede ser absolutamente inválida, porque los sacerdotes de estas organizaciones fueron seguramente ordenados por los “nuevos obispos”, consagrados con los rituales conciliares, absolutamente inválidos.

Ya lo dijimos antes en Sursum Corda y lo repetimos ahora:

Como católicos sabemos que la Verdad es una, y la verdad es el mismo
Cristo, porque él dijo “Yo soy la verdad” (Jn XIV, 6). Estamos obligados a
permanecer fieles a la verdad. No podemos servir a dos señores, no tenemos
alterbativa: o somos fieles a Cristo o nos inclinamos ante el Mundo y predicamos
lo que halaga al mundo, que viene de la boca de su Príncipe.


Si un laico asiste concientemente a una Misa una cum dada por un indultista, debe saber que comete un grave pecado mortal y que además de rechazar la “Comunión de los Santos”, participar de un acto herético y cismático (que equivale a excomunión) posiblemente no reciba sino solo pan…

jueves, 10 de diciembre de 2009

Vladimir Soloviev: Fe y razón

FE Y RAZÓN
"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"
Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo
(Santo Tomás de Aquino)
LA PIEDRA DE LA IGLESIA
(Capítulo I del Libro Segundo de Rusia y la Iglesia Universal, de Vladimir SOLOVIEV, 1853 - 1900. Tomado de la edición realizada por la Librería Editorial Santa Catalina, de Buenos Aires, en 1936).


Notal del administrador de Sursum Corda: Este texto es una colaboración de Juan Luis, desde Mexico. ¡Gracias amigo por tu ayuda!
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Sería demasiado largo examinar aquí o enumerar siquiera todas las doctrinas y teorías concernientes a la Iglesia y su constitución. Pero si se quiere saber la verdad pura y simple, en este problema fundamental de la religión positiva, sorprende la facilidad providencial con que se puede averiguarlo.
Están perfectamente de acuerdo los cristianos entre sí sobre este punto: que la Iglesia ha sido instituida por Cristo; pero se trata de ver cómo y en qué términos lo hizo. Ahora bien, no hay más que un solo y único texto evangélico que habla directa, explícita y formalmente de la institución de la Iglesia. Este texto constitutivo vuélvese más y más luminoso a medida que la Iglesia se desarrolla acrecentando las formas determinadas de su organismo, y así, los adversarios de la verdad, no encuentran hoy nada mejor que truncar la palabra creadora de Cristo para adaptarla a su punto de vista confesional (1).
"Y vino Jesús a las partes de Cesarea de Philippo; y preguntaba a sus discípulos, diciendo:
¿ Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? — Y ellos respondieron: Los unos, que Juan el Bautista, los otros, que Elías, y los otros, que Jeremías, o uno de los Profetas. - Y Jesús les dice: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?— Respondió Simón Pedro, y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios el vivo. — Y respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres Simón bar Jona, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre; que está en los cielos. Y yo te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti daré las llaves del reino de los cielos. Y todo lo que ligares sobre la tierra, ligado será en los cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, será también desatado en 1os cielos". (Math. XVI, 13-19).
La unión de lo divino y de lo humano que es el objeto de la Creación, se ha cumplido individualmente (hipostáticamente) en la Persona única de Jesucristo, "Dios perfecto y Hombre perfecto, que une las dos naturalezas de una manera perfecta, sin confusión ni división" (2).
En adelante la obra histórica de Dios entra en una nueva fase; ya no se trata de una unidad física e individual, sino de una reunión moral y social. El Hombre-Dios quiere unir a El, con unión perfecta, al género humano sumergido en el pecado y los errores. ¿Y cómo va a proceder? ¿ Se dirigirá separadamente a cada alma humana ? ¿ Se limitará a un lazo puramente interior y subjetivo?
No, responde, no: Oikodomiso tin ekklesian mon. Edificaré mi Iglesia .
Una obra real y objetiva nos es anunciada. Pero, ¿ la someterá a todas las divisiones naturales del género humano? ¿Se unirá, El, a las naciones particulares como tales, dándoles iglesias nacionales independientes ?
No, puesto que su palabra no es: "Edificaré mis iglesias", sino: Mi iglesia, tin ekklesian mou. La humanidad reunida a Dios debe formar un solo edificio social y se trata de encontrar una base sólida para esta unidad.
Una unión verdadera consiste en la unión recíproca de los que se unen. El acto de la verdad absoluta que se revela en el Hombre-Dios (o el Hombre perfecto) debe encontrar de parte de la humanidad imperfecta un acto de adhesión. irrevocable que la. vincule al principio divino. El Dios encarnado no quiere que su verdad sea aceptada de una manera pasiva y servil, pide, en su nueva dispensación, ser reconocido por un acto libre de la humanidad.
Pero es necesario que este acto libre esté absolutamente en la verdad, que sea infalible. Se trata de fundar en la humanidad caída un punto fijo e inquebrantable sobre el cual pueda apoyarse de inmediato la acción edificadora de Dios; un punto donde la espontaneidad humana coincida con la Verdad divina en un acto sintético, puramente humano en cuanto a la forma, divinamente infalible en cuanto al fondo.
En la producción de la humanidad física e individual de Cristo, el acto de la omnipotencia divina no exigía para su eficacia más que una adhesión eminentemente pasiva y receptiva de la naturaleza femenina, en la persona de la Virgen Inmaculada. La edificación de la humanidad social o colectiva de Cristo, de su cuerpo universal (la Iglesia) pide menos y, a la vez, más que eso.
Menos, porque la base humana de la Iglesia no tiene necesidad de estar representada por una persona absolutamente pura e inmaculada, pues no se trata aquí de crear una relación substancial e individual o una unión hipostática y completa de dos naturalezas, sino, solamente, de fundar una conjunción actual y moral. Pero este nuevo vínculo (el que une a Cristo con la Iglesia) menos profundo y menos íntimo que el precedente (entre el Verbo divino y la naturaleza humana, en el seno de la Virgen Inmaculada) es más positivo — humanamente hablando — y más vasto. Más positivo, porque esta nueva conjunción en el Espíritu y la Verdad exige una voluntad viril que vaya al encuentro de la revelación y una inteligencia viril que dé forma determinada a la verdad que acepta. Más extenso, porque al formar la base constitutiva de un ser colectivo no puede limitarse a una relación personal sino que debe ser perpetuado como función social permanente.
Era preciso, pues, buscar en la humanidad un punto de cohesión activa entre lo divino y lo humano, para formar la base o piedra fundamental de la Iglesia. Jesús, en su presciencia sobrenatural, había indicado de antemano esa piedra. Pero para mostrarnos que su elección está exenta de capricho, empieza por buscar en otros lados el correlativo humano de la verdad revelada.
Se dirige primero al sufragio universal; quiere ver si no puede ser aceptado, afirmado, reconocido, por la opinión de la multitud, por la voz del pueblo. "Quem dicunt homines esse Filium Hominis, ¿por quién Me toman los hombres?" La verdad es una e idéntica, al paso que las opiniones de los hombres son múltiples y contradictorias. La voz del pueblo que (según pretenden) sería la voz de Dios, sólo ha respondido con errores arbitrarios y discordantes a la pregunta del Hombre-Dios. No hay conjunción posible entre la verdad y los errores; la humanidad no puede entrar en relación con Dios por el sufragio universal; la Iglesia de Cristo no puede estar fundada sobre la Democracia.
Y no hallando la afirmación humana de la verdad divina por medio del sufragio universal, Jesucristo se dirige a sus elegidos, al colegio de los apóstoles, a ese concilio ecuménico primordial. "Vos autem quem me esse dicitis, ¿y vosotros por quién me tomáis?,.." Pero los apóstoles callan. Cuando se trató de exponer las opiniones humanas, los doce hablaron todos a la vez; ¿ por qué dejan ahora la palabra a uno solo cuando se trata nada menos que de afirmar 1a verdad divina? Quizá no estén entre ellos completamente de acuerdo. Quizá Felipe no perciba exactamente la relación esencial entre Jesús y su Padre celeste. Quizá Tomás tiene dudas sobre e1 poder mesiánico de su Maestro.
El último capítulo de San Mateo nos enseña que ni en la montaña de Galilea adonde fueron llamados por Jesús resucitado, se mostraron unánimes los Apóstoles, ni firmes en la fe: "quidam autem dubitaverunt". (Math., XXVIII, 17).
Para que el Concilio atestigüe unánime la verdad pura y simple es preciso que el Concilio esté conciliado; el acto decisivo debe ser un acto absolutamente individual, el acto de uno solo. No es, ni la multitud de los creyentes, ni el concilio apostólico, es Simón bar Jona sólo quien responde a Jesús. "Respondens Simon Petrus dixit: Tu es Filius Dei vivi". Responde por todos los Apóstoles, pero habla por su propia cuenta, sin consultarlos, sin esperar su asentimiento. Cuando los Apóstoles repitieron, hace un momento, las opiniones del pueblo sólo expresaron errores. Si Simón no hubiera querido decir más que las opiniones de los Apóstoles, seguramente que no hubiera acertado con la verdad pura y simple. Pero sigui6 el impulso de su espíritu, la voz de su propia conciencia, y Jesús, al aprobarlo solemnemente, declara que ese movimiento, por muy individual que fuera, provenía sin embargo del Padre, es decir, que era un acto humano y divino a la vez; una verdadera conjunción entre el Ser absoluto y el sujeto relativo.
El punto firme, la roca o piedra inquebrantable para apoyar la operación divino-humana, está encontrado; un solo hombre que asistido por Dios responde en nombre del mundo entero, esa es la base constitutiva de la Iglesia universal. No reposa ni en la unanimidad imposible de todos los creyentes, ni en el acuerdo siempre dudoso de un concilio, sino en la unidad viva y real del príncipe de los Apóstoles. Y en adelante, cada vez que la cuestión de la verdad sea planteada ante la humanidad cristiana, no será, ni del sufragio universal, ni del consejo de los elegidos, que recibirá respuesta determinada y decisiva. Las opiniones arbitrarias de los hombres sólo harán nacer herejías; y la jerarquía descentralizada y abandonada al poder secular se abstendrá de hablar, o se manifestará en concilios como el "pillaje" de Efeso. Únicamente en su unión con la piedra sobre la cual está fundada, la Iglesia puede reunir verdaderos concilios y, por medio de fórmulas auténticas, fijar la verdad. Y no es esto una opinión; es un hecho histórico de tal manera impresionante que en épocas solemnes ha sido confesado por el mismo episcopado de Oriente, envidioso, como era, de los sucesores de San Pedro. No ya sólo el admirable tratado dogmático de San León el Grande ha sido reconocido como obra de San Pedro por los Padres griegos del cuarto concilio ecuménico, sino que a Pedro se refirió igualmente, en el sexto concilio, la carta de Agatón (papa que estaba lejos de tener la autoridad personal de San León).
"El jefe y Príncipe de los Apóstoles, decían los Padres orientales, combatía con nosotros. .. Se veía la tinta (de su carta) y Pedro hablaba por Agatón". (Kai melan ephaineto, kai dí Agathonos ó Petros ephthéngeto) (3).
Y si no fuera así, si en la manifestatién activa de la verdad pudiera la Iglesia Universal prescindir de Pedro, que se nos explique esa mudez indecible del episcopado de Oriente (que conserva, empero, la sucesión apostólica) desde el momento que se separó de la cátedra de San Pedro. ¿Será simple accidente? ¡Un accidente que dura desde hace mil años! A los anticatólicos que no quieren ver cuánto los separa su particularismo de la vida universal de la Iglesia, sólo tenemos que proponerles esto: que reúnan, sin el concurso del sucesor de San Pedro, un concilio que ellos mismos puedan reconocer como ecuménico; y únicamente entonces habría lugar a examinar si tienen razón.
Siempre y por doquiera que Pedro no hable, sólo las opiniones humanas levantan la voz y los apóstoles callan. Jesús no ha aprobado, ni los sentimientos vagos y discordantes del pueblo, ni el silencio de los elegidos; es la palabra decisiva, autoritaria y firme de Simón bar Jona la que El ratifica. Y ¿no es evidente que esa palabra que ha satisfecho al Señor, no necesitaba de ninguna confirmación humana? ¿ No es evidente que guardaba todo su valor etiam sine consensu Ecclesiae, "aun sin el consentimiento de la Iglesia", según la fórmula del Concilio Vaticano?
Pedro formuló el dogma fundamental de la Iglesia, no mediante una deliberación colectiva sino (como Jesús mismo lo atestigua) con la inmediata asistencia del Padre celeste. Su palabra estableció la fe cristiana por su fuerza propia, no por el consentimiento de los otros: ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae.
A las incertidumbres de la opinión la palabra de Pedro opone la firmeza y la unidad de la verdadera fe; a las mezquindades del sentimiento nacional concerniente al Mesías, opone la idea mesiánica en su forma absoluta y universal.
La idea del Mesías crecida en el terreno de la conciencia nacional de Israel, tiende a exceder ese límite en las visiones de los Profetas posteriores al Destierro; pero el sentido real de esas visiones llenas de misterios y enigmas, apenas fue adivinado por los mismos escritores inspirados. En cuanto a la opinión pública de los judíos, continuaba siendo exclusivamente nacionalista; no podía ver en Cristo sino a un gran profeta nacional (como Elías, Jeremías, Juan Bautista) o, a lo sumo, un dictador omnipotente, libertador y jefe del pueblo escogido, como David o Moisés. Esta era la opinión más exaltada que profesaba sobre Jesús el pueblo que le seguía; sabemos que los mismos elegidos, aun al fin de la vida terrestre del Maestro, compartieron los sentimientos populares. (Evang. Luc., XXIV, 19-21).
Sólo en la confesión de Pedro la idea mesiánica se des-liga de todo elemento nacionalista y por vez primera reviste su forma universal definitiva: "Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo". No se trata ya de un profeta o rey nacional; ya no es el Mesías un segundo Moisés o David, pues lleva en adelante el Nombre único de Aquel que, por ser Dios de Israel, no lo es menos de todas las naciones de la tierra.
Esta confesión de Pedro que trasciende al nacionalismo judío inauguró la Iglesia Universal de la Nueva Alianza. Y es ésta una razón más para que Pedro sea el fundamento de la Cristiandad y para que el Papado ( soberano poder jerárquico que, sólo él, ha mantenido siempre el carácter universal o internacional de la Iglesia), sea el heredero indiscutible de Pedro, el poseedor real de todos los privilegios que Cristo concedió al Príncipe de los Apóstoles.


***


Nota con la que culmina la Introducción de Soloviev a su obra "Rusia y la Iglesia Universal":

N.B. Como miembro de la verdadera y venerable Iglesia ortodoxa oriental o greco-rusa que no habla por sínodos anticanónicos ni por empleados del poder secular, sino por la voz de sus grandes Padres y Doctores, reconozco como juez supremo en materia de religión a aquel que fue reconocido como tal por San Ireneo, San Dionisio el Grande, San Atanasio el Grande, San Juan Crisóstomo, San Cirilo, San Flaviano, el Bienaventurado Teodoreto, San Máximo Confesor, San Teodoro Estudita, San Ignacio, etc., a saber, el apóstol Pedro, que vive en sus sucesores y que no oyó en vano las palabras del Señor: " Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Confirma a tus hermanos. Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos".
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NOTAS.
1) Así ha sido truncado el texto en cuestión en el mismo catecismo "ortodoxo" de Mons. Filareto, de Moscú.
2) Fórmula del papa San León el Grande y del concilio de Calcedonia.
3) ‘‘CoIlectio conciliorum’’ (Mansi), t. XI, col. 658.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Mons. Williamson: Discusiones doctrinales entre Roma-FSSPX

COMENTARIOS ELEISON 115 (19 de sept. del 2009): DISCUSIONES DIFÍCILES III

Dos objeciones al principio mismo de que la Fraternidad de San Pio X ingrese en las discusiones doctrinales que probablemente se suscitarán pronto con las autoridades de la Iglesia en Roma, ayudarán a enmarcar la naturaleza, objetivo y limitaciones de dichas discusiones. La primera objeción dice que la Doctrina Católica no está sujeta a discusión. La segunda dice que ningún católico debe atreverse a discutir con representantes del Papa, como si estuviera con él en pie de igualdad. Ambas objeciones aplican en circunstancias normales, pero las circunstancias actuales no son normales.

En lo que se refiere a la primera objeción, es claro que la doctrina Católica que no se cambia y no se puede cambiar no está sujeta a discusión. El problema es que el Vaticano II emprendió exactamente el cambio de dicha doctrina. Por ejemplo ¿puede, o debe un Estado católico tolerar la práctica pública de religiones falsas? La Tradición Católica dice que "puede", pero únicamente para evitar un mal mayor o lograr un bien mayor. El Vaticano II dice "debe", bajo toda circunstancia. Pero si Jesucristo es evidentemente el Verbo encarnado, nada más que el "puede" es verdad. Por el contrario, si el "debe" es verdad, entonces Jesucristo no es más necesariamente reconocido como Dios. El "puede" y el "debe" están tan distantes de sí como Jesucristo siendo Dios por naturaleza divina o por elección humana, es decir, entre que Jesús sea, o no sea, objetivamente, ¡Dios!

Sin embargo las autoridades Romanas de hoy en día claman que la doctrina del Vaticano II no representa ruptura alguna con el dogma Católico, sino su evolución continua. A no ser que - ¡Dios no lo permita! - la FSSPX también esté abandonando el dogma Católico, no pretende discutir con estas autoridades si Jesús es Dios, tampoco someter a discusión la doctrina Católica, por el contrario, espera persuadir a cualquier Romano que quiera escuchar que la doctrina del Vaticano II se opone gravemente a la Doctrina Católica. Con respecto a esto, aún cuando el éxito de la FSSPX resulte mínimo, ésta consideraría aún que era su deber dar testimonio de la Verdad.

Pero los Romanos pueden responder diciendo "Nosotros representamos al Papa. ¿Cómo es que se atreven a discutir con nosotros?" Esta es la segunda objeción, y para todos aquellos que piensan que la Roma Conciliar está en la Verdad, esta objeción parece válida. Pero es la Verdad la que hace a Roma y no Roma la que hace la Verdad. Nuestro Señor en repetidas ocasiones declara en el Evangelio de San Juan que su doctrina no es de él, sino de su Padre (Juan VII, 16). Y si Jesús no tiene la facultad de cambiar la Doctrina Católica, mucho menos está en el poder de su Vicario el cambiarla, es decir ¡en la capacidad del Papa! Si entonces el Papa, por el libre albedrío que Dios le dio, decide apartarse de la Doctrina Católica, hasta ese punto ha abandonado su estatus Papal, y únicamente hasta ese punto -sigue siendo Papa- él y/o sus representantes se colocan por debajo de quienquiera permanezca fiel a la Doctrina del divino Maestro.

Por lo tanto, cualquier católico que se adhiera a la Verdad adquiere el mismo estatus que el Papa habrá puesto de lado, en la medida en que se separe de la Verdad. Así como dijo el Mons. Lefebvre cuando estaba ante las autoridades Romanas que lo interrogaban por su desacuerdo con el papa Paulo VI, "¡Soy yo el que debería estar interrogándolos a ustedes!" El defender la Verdad de Dios Padre es el orgullo y la humildad, la vocación y la gloria de la pequeña FSSPX del Arzobispo. Si las discusiones con Roma significaran el más mínimo peligro de la FSSPX de ser infieles a esta vocación, es ahí cuando no deberían de haber discusiones.

Kyrie eleison.

Londres, Inglaterra

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Ninguna salvación fuera de la Iglesia Católica

Para aquellos que aún, desde la Tradición Católica creen que es posible la salvación fuera de la Iglesia, nada más contundente que el Magisterio para demostrar la verdad de fe que estamos obligados a creer.

Bula Cantate Domino.
Del Concilio Ecuménico de Florencia
14 de febrero del Año 1441 (fecha Florentina, 1442 actual)






La sacrosanta Iglesia Romana, fundada por la palabra del Señor y Salvador nuestro, firmemente cree, profesa y predica a un solo verdadero Dios omnipotente, inmutable y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, uno en esencia y trino en personas: el Padre ingénito, el Hijo engendrado del Padre, el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Que el Padre no es el Hijo o el Espíritu Santo; el Hijo no es el Padre o el Espíritu Santo; el Espíritu Santo no es el Padre o el Hijo; sino que el Padre es solamente Padre, y el Hijo solamente Hijo, y el Espíritu Santo solamente Espíritu Santo. Solo el Padre engendró de su sustancia al Hijo, el Hijo solo del Padre solo fue engendrado, el Espíritu Santo solo procede juntamente del Padre y del Hijo. Estas tres personas son un solo Dios, y no tres dioses; porque las tres tienen una sola sustancia, una sola esencia, una sola naturaleza, una sola divinidad, una sola inmensidad, una eternidad, y todo es uno, donde no obsta la oposición de relación.
Por razón de esta unidad, el Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo; el Hijo está todo en el Padre, todo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo está todo en el Padre, todo en el Hijo. Ninguno precede a otro en eternidad, o le excede en grandeza, o le sobrepuja en potestad. Eterno, en efecto, y sin comienzo es que el Hijo exista del Padre; y eterno y sin comienzo es que el Espíritu Santo proceda del Padre y del Hijo. El Padre, cuanto es o tiene, no lo tiene de otro, sino de si mismo; y es principio sin principio. El Hijo, cuanto es o tiene, lo tiene del Padre, y es principio de principio. El Espíritu Santo, cuanto es o tiene, lo tiene juntamente del Padre y del Hijo. Mas el Padre y el Hijo no son dos principios del Espíritu Santo, sino un solo principio: Como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo no son tres principios de la creación, sino un solo principio.
A cuantos, consiguientemente, sienten de modo diverso y contrario, los condena, reprueba y anatematiza, y proclama que son ajenos al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. De ahí condena a Sabelio, que confunde las personas y suprime totalmente la distinción real de las mismas. Condena a los arrianos, eunomianos y macedonianos, que dicen que sólo el Padre es Dios verdadero y ponen al Hijo y al Espíritu Santo en el orden de las criaturas. Condena también a cualesquiera otros que pongan grados o desigualdad en la Trinidad.
Firmísimamente cree, profesa y predica que el solo Dios verdadero, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el creador de todas las cosas, de las visibles y de las invisibles; el cual, en el momento que quiso, creó por su bondad todas las criaturas, lo mismo las espirituales que las corporales; buenas, ciertamente, por haber sido hechas por el sumo bien, pero mudables, porque fueron hechas de la nada; y afirma que no hay naturaleza alguna del mal, porque toda naturaleza, en cuanto es naturaleza, es buena. Profesa que uno solo y mismo Dios es autor del Antiguo y Nuevo Testamento, es decir, de la ley, de los profetas y del Evangelio, porque por inspiración del mismo Espíritu Santo han hablado los Santos de uno y otro Testamento. Los libros que ella recibe y venera, se contienen en los siguientes títulos [Siguen los libros del Canon; cf. 784; EB 32].
Además, anatematiza la insania de los maniqueos, que pusieron dos primeros principios, uno de lo visible, otro de lo invisible, y dijeron ser uno el Dios del Nuevo Testamento y otro el del Antiguo.
Firmemente cree, profesa y predica que una persona de la Trinidad, verdadero Dios, Hijo de Dios, engendrado del Padre, consustancial y coeterno con el Padre, en la plenitud del tiempo que dispuso la alteza inescrutable del divino consejo, por la salvación del género humano, tomó del seno inmaculado de María Virgen la verdadera e integra naturaleza del hombre y se la unió consigo en unidad de persona con tan intima unidad, que cuanto allí hay de Dios, no está separado del hombre; y cuanto hay de hombre, no está dividido de la divinidad; y es un solo y mismo indiviso, permaneciendo una y otra naturaleza en sus propiedades, Dios y hombre, Hijo de Dios e Hijo del hombre, igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad, inmortal y eterno por la naturaleza divina, pasible y temporal por la condición de la humanidad asumida.
Firmemente cree, profesa y predica que el Hijo de Dios en la humanidad que asumió de la Virgen nació verdaderamente, sufrió verdaderamente, murió y fue sepultado verdaderamente, resucitó verdaderamente de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre y ha de venir al fin de los siglos para juzgar a los vivos y a los muertos.
Anatematiza, empero, detesta y condena toda herejía que sienta lo contrario. Y en primer lugar, condena a Ebión, Cerinto, Marcián, Pablo de Samosata, Fotino, y cuantos de modo semejante blasfeman, quienes no pudiendo entender la unión personal de la humanidad con el Verbo, negaron que nuestro Señor Jesucristo sea verdadero Dios, confesándole por puro hombre que, por participación mayor de la gracia divina, que había recibido, por merecimiento de su vida más santa, se llamaría hombre divino. Anatematiza también a Maniqueo con sus secuaces, que con sus sueños de que el Hijo de Dios no había asumido cuerpo verdadero, sino fantástico, destruyeron completamente la verdad de la humanidad en Cristo; así como a Valentín, que afirma que el Hijo de Dios nada tomó de la Virgen Madre, sino que asumió un cuerpo celeste y pasó por el seno de la Virgen, como el agua fluye y corre por un acueducto. A Arrio también que, afirmando que el cuerpo tomado de la Virgen careció de alma, quiso que la divinidad ocupara el lugar del alma. También a Apolinar quien, entendiendo que, si se niega en Cristo el alma que informe al cuerpo, no hay en Él verdadera humanidad, puso sólo el alma sensitiva, pero la divinidad del Verbo hizo las veces de alma racional. Anatematiza también a Teodoro de Mopsuesta y a Nestorio, que afirman que la humanidad se unió al Hijo de Dios por gracia, y que por eso hay dos personas en Cristo, como confiesan haber dos naturalezas, por no ser capaces de entender que la unión de la humanidad con el Verbo fue hipostática, y por eso negaron que recibiera la subsistencia del Verbo. Porque, según esta blasfemia, el Verbo no se hizo carne, sino que el Verbo, por gracia, habitó en la carne; esto es, que el Hijo de Dios no se hizo hombre, sino que más bien el Hijo de Dios habitó en el hombre.
Anatematiza también, execra y condena al archimandrita Eutiques, quien, entendiendo que, según la blasfemia de Nestorio, quedaba excluida la verdad de la encarnación, y que era menester, por ende, de tal modo estuviera unida la humanidad al Verbo de Dios que hubiera una sola y la misma persona de la divinidad y de la humanidad, y no pudiendo entender cómo se dé la unidad de persona subsistiendo la pluralidad de naturalezas; como puso una sola persona de la divinidad y de la humanidad en Cristo, así afirmó que no hay más que una sola naturaleza, queriendo que antes de la unión hubiera dualidad de naturalezas, pero en la asunción pasó a una sola naturaleza, concediendo con máxima blasfemia e impiedad o que la humanidad se convirtió en la divinidad o la divinidad en la humanidad. Anatematiza también, execra y condena a Macario de Antioquía, y a todos los que a su semejanza sienten, quien, si bien sintió con verdad acerca de la dualidad de naturalezas y unidad de personas; erró, sin embargo, enormemente acerca de las operaciones de Cristo, diciendo que en Cristo fue una sola la operación y voluntad de una y otra naturaleza. A todos éstos con sus herejías, los anatematiza la sacrosanta Iglesia Romana, afirmando que en Cristo hay dos voluntades y dos operaciones.
Firmemente cree, profesa y enseña que nadie concebido de hombre y de mujer fue jamás librado del dominio del diablo sino por merecimiento del que es mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo Señor nuestro; quien, concebido sin pecado, nacido y muerto al borrar nuestros pecados, Él solo por su muerte derribó al enemigo del género humano y abrió la entrada del reino celeste, que el primer hombre por su propio pecado con toda su sucesión había perdido; y a quien de antemano todas las instituciones sagradas, sacrificios, sacramentos y ceremonias del Antiguo Testamento señalaron como al que un día había de venir.
Firmemente cree, profesa y enseña que las legalidades del Antiguo Testamento, o sea, de la Ley de Moisés, que se dividen en ceremonias, objetos sagrados, sacrificios y sacramentos, como quiera que fueron instituídas en gracia de significar algo por venir, aunque en aquella edad eran convenientes para el culto divino, cesaron una vez venido nuestro Señor Jesucristo, quien por ellas fue significado, v empezaron los sacramentos del Nuevo Testamento. Y que mortalmente peca quienquiera ponga en las observancias legales su esperanza después de la pasión, y se someta a ellas, como necesarias a la salvación, como si la fe de Cristo no pudiera salvarnos sin ellas. No niega, sin embargo, que desde la pasión de Cristo hasta la promulgación del Evangelio, no pudiesen guardarse, a condición, sin embargo, de que no se creyesen en modo alguno necesarias para la salvación; pero después de promulgado el Evangelio, afirma que, sin pérdida de la salvación eterna, no pueden guardarse. Denuncia consiguientemente como ajenos a la fe de Cristo a todos los que, después de aquel tiempo, observan la circuncisión y el sábado y guardan las demás prescripciones legales y que en modo alguno pueden ser partícipes de la salvación eterna, a no ser que un día se arrepientan de esos errores. Manda, pues, absolutamente a todos los que se glorían del nombre cristiano que han de cesar de la circuncisión en cualquier tiempo, antes o después del bautismo, porque ora se ponga en ella la esperanza, ora no, no puede en absoluto observarse sin pérdida de la salvación eterna. En cuanto a los niños advierte que, por razón del peligro de muerte, que con frecuencia puede acontecerles, como quiera que no puede socorrérseles con otro remedio que con el bautismo, por el que son librados del dominio del diablo y adoptados por hijos de Dios, no ha de diferirse el sagrado bautismo por espacio de cuarenta o de ochenta días o por otro tiempo según la observancia de algunos, sino que ha de conferírseles tan pronto como pueda hacerse cómodamente; de modo, sin embargo, que si el peligro de muerte es inminente han de ser bautizados sin dilación alguna, aun por un laico o mujer, si falta sacerdote, en la forma de la Iglesia, según más ampliamente se contiene en el decreto para los armenios [v. 696].
Firmemente cree, profesa y predica que toda criatura de Dios es buena y nada ha de rechazarse de cuanto se toma con la acción de gracias [1 Tim. 4, 4], porque según la palabra del Señor, no lo que entra en la boca mancha al hombre [Mt. 15, ll], y que aquella distinción de la Ley Mosaica entre manjares limpios e inmundos pertenece a un ceremonial que ha pasado y perdido su eficacia al surgir el Evangelio. Dice también que aquella prohibición de los Apóstoles, de abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre y de lo ahogado [Act. 15, 29], fue conveniente para aquel tiempo en que iba surgiendo la única Iglesia de entre judíos y gentiles que vivían antes con diversas ceremonias y costumbres, a fin de que junto con los judíos observaran también los gentiles algo en común y, a par que se daba ocasión para reunirse en un solo culto de Dios y en una sola fe, se quitara toda materia de disensión; porque a los judíos, por su antigua costumbre, la sangre y lo ahogado les parecían cosas abominables, y por la comida de lo inmolado podían pensar que los gentiles volverían a la idolatría. Mas cuando tanto se propagó la religión cristiana que ya no aparecía en ella ningún judío carnal, sino que todos, al pasar a la Iglesia, convenían en los mismos ritos y ceremonias del Evangelio, creyendo que todo es limpio para los limpios [Tit. 1, 15]; al cesar la causa de aquella prohibición apostólica, cesó también su efecto. Así, pues, proclama que no ha de condenarse especie alguna de alimento que la sociedad humana admita; ni ha de hacer nadie, varón o mujer, distinción alguna entre los animales, cualquiera que sea el género de muerte con que mueran, si bien para salud del cuerpo, para ejercicio de la virtud, por disciplina regular y eclesiástica, puedan y deban dejarse muchos que no están negados, porque, según el Apóstol, todo es licito, pero no todo es conveniente [1 Cor. 6, 12; 10, 22].
Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse participe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles [Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica.

La verdadera Gloria solo nace del dolor

Hola a todos, me topé con el excelente sitio El Cruzado, cuya visita recomiendo. Entre tantos artículos buenos, quiero recomendar uno que se titula "La verdadera Gloria solo nace del dolor", escrito por Plinio Corrêa de Oliveira , y que nos debe hacer meditar la diferencia entre los grupos de la verdadera tradición y los fariseos que, mostrando la Gloria de la Iglesia Pre-Conciliar, no hacen sino renovar el comportamiento de los fariseos... "sepulcros blanqueados..."



A lo lejos una multitud asiste “con el habitual entusiasmo, como es natural, a un desfile de los granaderos de la Reina en su uniforme de gala. Desde hace mucho, la táctica militar volvió inútiles uniformes como éstos, pantalones negros, chaqueta roja con cinturón y correas blancas, guantes blancos y un gran gorro de piel. Pero él se conserva para efectos morales: mantener la tradición del ejército y hacer sentir al pueblo el esplendor de la vida militar.
La gloria, en efecto, debe expresarse con símbolos. De ellos se sirve Dios para manifestar a los hombres Su propia grandeza. Y en ésto, como en lo demás, debemos imitar a Dios. Ahora, el uniforme de los granaderos, su marcha impecablemente acompasada y alineada, la ufanía con que el portaestandarte conduce el pendón nacional y el tambor mayor indica el rumbo de la marcha, el redoble de los tambores y el toque de los clarines, todo, en una palabra, expresa la belleza moral inherente a la vida militar: elevación de sentimientos, abnegación hasta la sangre, fuerza para emprender, arriesgar y vencer, disciplina, gravead, heroísmo.
Hay gloria, y verdadera gloria, brillando en todo este ambiente.
Pero, al final, ¿la gloria es sólo ésto? ¿Consiste en vestir uniformes anacrónicos, ejecutar maniobras que ya no tienen ninguna relación real con la batalla moderna, tocar tambores y clarines, y pisar firme en el suelo para adquirir para sí y dar a los otros la impresión de que es un héroe? ¿Consiste en avanzar valientemente en un campo sin obstáculos ni riesgos, como quien va al encuentro de un enemigo que no está presente?, ¿y ganar como premio los aplausos calurosos de la multitud? ¿Esto es la gloria? ¿O es teatro, representación, opereta?

Ratzinger bajo la lupa del Santo Oficio

El 28 de abril de 1969, el Papa Paulo VI anunció la fundación de la Comisión Teológica Internacional, un órgano destinado a ser paralelo a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe.




En aquella ocasión, la revista francesa Informations Catholiques Internationales (N° 336 – 15 de mayo de 1969, p. 9) informó sobre la noticia
y entregó la lista de los 30 teólogos elegidos para formar parte de dicha Comisión, con una breve reseña de cada uno de los integrantes.
Sobre Joseph Ratzinger dice:



Joseph Ratzinger: alemán, 45 años, teología dogmática, ecumenismo; antes
sospechoso [de herejía] por el Santo Oficio; miembro de la Comisión de Fe y
Ecumenismo; destacada labor en colaboración con Karl Rahner: “Primacía y
Episcopado”.






Otros teólogos miembros de la nueva Comisión Teológica que también estuvieron bajo sospecha por el Santo Oficio fueron Yves Congar, Henri de Lubac, Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar.