miércoles, 28 de diciembre de 2011

Cuba: persiguen a cristianos


Cuando Wojtyla/Juan Pablo II visitó Cuba y se entrevistó con el dictador Cubano Fidel Castro quedé perplejo. Aún no me había convertido al catolicismo, pero sabía que el comunismo era intrínsicamente malo. Yo era un modernista, iba a la parroquia modernista del barrio, era un fiel del Novus Ordo.
Fue como si de un día para el otro, todo lo que había leído sobre como los comunistas habían perseguido a los cristianos, como los habían asesinado, como habían intentado destruir a la Santa Iglesia se derrumbara. ¿Quien mentía? ¿La Iglesia de Antes o "El Papa Juan Pablo"?
Pero hoy, poco tiempo después de la pseudo beatificación del Papa de la Iglesia Conciliar sale a la luz que las Las persecuciones contra los cristiano no disminuyeron, al contrario se intensificaron. En la Isla, los católicos de la Iglesia Conciliar se encuentran perplejos ante el recrudecimiento de la represión del régimen de terror, muerte y sangre que los hermanos Castro Ruiz han extendido por tantas décadas. ¿Qué dirán los apologistas del Pontífice Polaco de la Iglesia del Novus Ordo? ¿Qué dirán los miembros de la Fraternidad San Pedro o de las incontables “congregaciones “ Ecclesia Dei que celebraron la “beatificación”?
Mientras tanto, aquellos cubanos que saludaron a Juan Pablo II y corrieron a su lado mientras este avanzaba al lado del Enemigo de la Iglesia Católica hoy pagan el precio de su engaño. Nosotros, los verdaderos católicos, solo podemos elevar nuestras oraciones por el fin del comunismo en la Isla y en Todo el mundo y esperar que los cubanos pronto puedan ser iluminados con la Fe de Cristo Jesús.

Nuevos escolios de Nicolás Gómez Dávila

Queridos amigos de Sursum Corda, quisiera comentarles que el Blog de nuestro amigo Leonardo, gran filósofo y teólogo a quien tuvimos la suerte de conocer hace ya algunos años ha incorporado nuevos escolios del gran Nicolás Gómez Dávila. Les dejo sólo algunas muestras del nuevo material y les recomiendo visitar este espacio para la cultura católica.

Los hombres decentes, en toda sociedad, son apenas un subproducto marginal

Las verdades mueren y resucita. Los errores nunca mueren

La magnificencia de la catedral gótica busca honrar a Dios; la pompa del párroco jesuita, atraer al público

domingo, 25 de diciembre de 2011

Cismas modernistas e Iglesias homosexuales

En la Historia de la Iglesia ocurrieron varios cismas. Un cisma es, literalmente, una ruptura con el Cuerpo Místico de Cristo y se origina por una separación de un grupo de fieles de la Iglesia Católica. El cisma y la herejía no son exactamente iguales, mientras que el primero implica solamente la ruptura con la Comunión de los Santos, la segunda implica una negación de una verdad de fe. Así, por ejemplo, tenemos noticia del Cisma de Novaciano, quien en cambio no cayó en la herejía como si lo hicieron los paulistas de los primeros siglos de la Iglesia. Los Donatistas en cambio, además de cismáticos fueron herejes porque negaban el dogma de la Fe.
Esta breve introducción tiene como objeto poner en relación histórica los modernos cismas respecto a los antiguos. ¿Quién puede acaso desconocer el Cisma de Oriente que aún tiene separada e imbuída en el error a la Iglesia Oriental de la Latina? ¿Quién puede desconocer que los novadores del Siglo XVI, con Lutero a la cabeza además de arrastrar a media Europa a la herejía lo hicieron al cisma, ya que destruyeron la antigua unidad cristiana?
Más, como dijo una vez mi querido amigo Leonardo “cismáticos y herejes eran los de antes”. ¡Que difícil es encontrar hoy en un hereje modernista la altura intelectual de un Calvino o un Lutero! NO, hoy en día no encontramos aquellas largas especulaciones teológicas, erróneas, sí,pero que exigían tanto al hereje como al apologista un verdadero debate, donde los últimos debían responder las tesis de los primeros. Hoy, los cismáticos y los herejes son simplemente modernistas, Su único argumento es la necesidad de conciliar la iglesia con el mundo. En Jn XVI: 18 Nuestro Señor nos dice que no nos debe importar el odio del mundo, porque el Mundo le odió a él primero al punto que lo mató, porque el mundo ama las tinieblas. En esta navidad, donde celebramos el misterio del Nacimiento del Verbo Encarnado que vino a dar Luz. Más, el Apostol Amado nos insiste en que el Mundo despreció la Luz.
Todo cisma nace del orgullo, del deseo de falsa libertad, de aquella libertad que San Agustín llamó “libertad para el error”. Entre estos grupos modernistas que tanto abundan hoy en dia, estas “Iglesias independientes” quisiera comentar sobre la “Iglesia Católica Apostolica Tradicional”, una comunidad que vegeta entre el veterocatolicismo y el anglicanismo, sin una doctrina definida, sin una posición cierta pero que hace gala de una cosa: ser una Iglesia inclusiva. Con este nombre quiere designar a una comunidad de homosexuales activos. Así, por ejemplo, el obispo de esta Iglesia “inclusiva” se dirige al sitio “Cristianos Gay” con las siguientes palabras:

Y yo siento que NUESTRO SEÑOR ama a todos por igual y me da tristeza que las grandes iglesias que promueven tanto el amor “” tengan una mente primitiva

El Señor no ama a todos por igual. A los condenados no los ama, no ama a los que mueren en pecado mortal, porque de haberlos amado les hubiera permitido redimirse. Reconocerse pecador es el primer paso para acceder al amor de Dios, empero, insistir en el pecado, admitirlo y sentirse orgulloso de ello no es sino, un pecado peor que el de los demás, porque se equipara al “Non serviam” de Satanás. ¿Pero si se trata de un “tradicional”? Nos dirá alguno, otro incluso dirá que celebran la Misa Latina o que las mujeres usan mantillas. Yo les pregunto ¿Acaso los episcopalianos en los Estados Unidos no hacen los mismo y sin embargo simulan ordenaciones femeninas y de homosexuales activos? ¿Acaso no ocurre eso mismo en la High Church Anglicana? ¿No es verdad que entre los luteranos se “celebran matrimonios homosexuales” utilizando rituales similares a los tridentinos? Si nuestro apego a la Tradición es meramente por los ritos, no somos católicos, somos “ritualistas”, como los anglocatólicos británicos del XIX. Si en cambio, creemos firmemente y sin duda en la Sana Doctrina, si seguimos a Cristo nin preguntar, sin dudar y sin temer, entonces somos verdaderos católicos, unidos al Cuerpo Místico de Cristo. Somos fieles y como declaró el Concilio de Florencia, solamente los fieles pueden aspirar a la Salvación.

Mensaje de Navidad de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia

Nuestros amigos de a Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia publicaron el siguiente mensaje de navidad que queremos compartir con todos los lectores de Sursum Corda.



¡Queridos lectores, fieles, benefactores y amigos!
Hemos llegado a otra Navidad más, con sentimientos de alegría, de alivio y de gratitud porque Cristo se ha hecho uno de nosotros. Pues Dios, no vive en una infinita lejanía dejando que la vida siga la ruta que le trazara de una vez y para siempre. En un determinado momento traspuso el umbral, la frontera. Dios, el infinito, el inaccesible y trascendente ingresa personalmente en la historia de los hombres a través de la Encarnación. Este es en el fondo el meollo del misterio de la Navidad. Y no se nos escapa el significado profundo y sobre todo el impacto con que este camino elegido por Dios, ha tocado la fibra humana.
San Lucas escribe en su Evangelio : "No teman, les dijo el Ángel a los humildes pastores, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David (Belén) les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (S. Lc. 2, 10-11). María, la Virgen anunciada por los profetas, acaba de dar a luz un niño: se llama Jesús que significa = el Salvador.
La profecía de Isaías se ha cumplido: "El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz. Sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz" (Isaías 9, 1).
Nació Jesucristo, Hijo de Dios que asumió nuestra condición humana, tomando cuerpo mortal en el seno virginal de María. El es ‘consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la Paz’ (Isaías 9, 5). Bajo estos títulos lo presenta el Profeta. Esto motiva nuestra alegría y nuestro gozo, que se fundamentan en el Señor. Por eso el cántico de esta Noche Buena no es otro que proclamar: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor" (S. Lc. 2, 14).
Alegría, gozo, paz, salvación. Pareciera que a medida que el tiempo pasa y la historia humana avanza, se va opacando el esplendor de este mensaje. Los mismos signos que anuncian una nueva Navidad, como el pesebre con su lenguaje directo de imágenes transmitiendo el histórico misterio del Dios hecho hombre, se ve reemplazado por otros signos e imágenes que manifiestan el proceso de una cultura menos cristiana. El arbolito, papá Noel, el trineo con sus renos, la estrella cometa, poco a poco son vaciados de su raíz y contenido cristiano y manifiestan una transformación cultural que después se traduce en fiestas más paganas que cristianas, más materialistas que espirituales, más bárbaras que humanas.
Por eso los cristianos y hombres de buena voluntad debemos empeñarnos en rescatar el sentido profundo de la Navidad, convertida muchas veces en una fiesta profana y casi pagana, cuando en realidad es una fiesta sagrada.
Pero todo esto perdería contenido y sentido si olvidáramos que la manifestación de la gloria de Dios con nosotros y el comienzo de nuestra salvación se manifestó en la humildad y austeridad de un pesebre, en un niño desvalido, como todo niño, envuelto en pañales.
Navidad nos habla de un amor que da vida, comparte los bienes de la creación con los más necesitados, descubre la presencia de Dios en cada prójimo, para brindarle el pan de la verdad y compartir los bienes de la creación.
Que esta Navidad, donde se manifiesta la gracia de Dios, a decir de San Pablo, nos enseñe "a rechazar la impiedad y las corrupciones del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación de la Gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús" .
Feliz Navidad le deseamos a todos los fieles, benefactores y amigos de nuestra Sociedad Religiosa.

Nigeria: 39 personas murieron en varios atentados contra templos católicos

Tomado de infobae.


La mayoría de las muertes se produjeron en una iglesia de Madalla, cerca de Abuya, la capital de Nigeria, donde se realizaban festejos de Navidad. Otros explosiones se registraron en Jas y Damaturu. El grupo islamista Boko Haram, que había realizado amenazas durante la semana previa, se atribuyó los ataques terroristas


El primero y más mortífero de los ataques se produjo cuando una potente explosión destrozó la Iglesia de Santa Teresa, emplazada en las afueras de la capital de Nigeria, Abuja, donde los servicios de emergencias informaron que rescataron "decenas de cadáveres" del interior del templo.

La iglesia fue sacudida por dos explosiones simultáneas, poco después de que comenzaran los servicios religiosos, que hicieron volar el tejado del templo, rompieron los cristales de múltiples edificios cercanos y vehículos.

El grupo islamista radical Boko Haram (término que en lengua de la etnia local hausa significa "la educación occidental es pecado") reivindicó los ataques, según la agencia de noticias DPA.

El presidente del país, Goodluck Jonathan, cristiano originario del sur, calificó el incidente de "desafortunado" y aseguró que los Boko Haram no durarán "para siempre".

El coordinador de la Agencia Nacional de Emergencias de Nigeria (NEMA), Slaku Luggard, confirmó la muerte de al menos 39 personas en el atentado, informó la agencia de noticias nigeriana NAN.

Toda la zona fue acordonada por la Policía, que además debió actuar para sofocar a miles de jóvenes que habían comenzado a bloquear la principal autopista que comunica Abuya con la zona norte del país, de mayoría musulmana.

Las fuerzas de seguridad dispararon al aire y utilizaron gas lacrimógeno para dispersar a los manifestantes.

Otras dos explosiones -también producidas durante el rezo de Navidad- se produjeron en las ciudad de Jos, en el centro del país, y Gadaka, en el noreste.

En la ciudad de Jos -donde hace un año varias explosiones causaron la muerte a 32 personas- al menos una persona murió hoy producto del ataque.

El tercer ataque, en Gadaka, causó heridas a varios residentes, mientras la policía de la localidad norteña de Damaturu informó de un nuevo ataque en el fallecieron tres agentes de seguridad y un atacante suicida.

La organización reivindicó varios atentados durante los últimos meses en una región remota del noreste del país africano.

El pasado 26 de agosto, el grupo asumió la autoría del ataque contra un edificio de la ONU en Abuja que acabó con la vida de una veintena de personas. Boko Haram exige la aplicación estricta de la sharía (ley islámica) en Nigeria.

El portavoz del Vaticano, el padre Federico Lombardi, condenó los atentados perpetrados y señaló que, "desgraciadamente, este caso es una nueva muestra de la crueldad y del odio ciego y absurdo que no muestra ningún respeto por la vida humana y busca provocar y alimentar más odio y confusión".

"Estamos con los sufrimientos de la Iglesia y de todo el pueblo nigeriano, puesto a prueba por la violencia terrorista en estos días que deberían ser de alegría y de paz", añadió.

Lombardi aseguró que desde el Vaticano rezan por las víctimas y señaló que "esta violencia sin sentido no puede socavar la voluntad de convivencia pacífica y diálogo en el país".

El año pasado murieron al menos 80 personas como consecuencia de los ataques perpetrados durante las festividades navideñas.

Con 150 millones de habitantes, Nigeria es el país más poblado del continente africano.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Reflexión navideña sobre el Evangelio Según Matero

Uno de los Evangelios favoritos es el de San Mateo. Tal vez porque fue el primero que leí cuando era muy niño y al que siempre vuelvo. EL Evangelio de Mateo, como todos sabemos está dirigido a los cristianos que provenían del judaísmo. En él, San Mateo, instrumento de Dios intenta demostrar que Jesucristo es el Mesías prometido a por medio del cumplimiento de las profecías. Sin embargo, quisiera detenerme un momento en la genealogía de Nuestro Señor.
En ella, el antiguo Publicano nos demuestra como se cumple lo profetizado, que el Mesías nacería del linaje de David, en la ciudad de Belén, en la tierra de Judá y de una virgen (2Sam.7:12-13), (Isaías7:14).
Luego de exponer la genealogía, el Evangelista continúa diciendo, que todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta. Y en todo su evangelio el autor sagrado recurre a las profecías, demostrando que Jesús es el Mesías esperado. Pero la genealogía de Mateo nos da algo más: en ella hay muchos pecadores: Rajab, Tamar, el mismo Rey David y Salomón. ¿Por qué? Una explicación posible es la intención de señalar que el origen judío del cual provenía no era motivo de orgullo, como el que sentiría el Hermano Mayor de la parábola del Hijo Pródigo, sino para recordar que él ha venido para llamar los pecadores, a los enfermos y elevarlos de su condición miserable a los de Hijos de Dios. En esta navidad, nosotros deberiamos meditar en esta situación. ¿Cuántas veces nos sentimos en ventaja frente a los otros? ¿Acaso no noh incha de orgullo saber que somos "tradicionalistas" como algunos gustan de llamarse a sí mismos? ¿Acaso no es cierto que entre nosortos hay quienes se creen puros, ora por su linaje, ora por la posición económica su familia, ora por el grado que alcanzaron en el sacerdocio dentro de las "congregaciones tradicionalistas? ¿Es acaso Cristo patrimonio exclusivo de ellos?
Que Nuestro Señor haya nacido humildemente en un pesebre, pobre entre los pobres es una señal de humildad que deberiamos tener. Y aquello que, sintiendose ricos se deleitan en su conocimiento, en su ciencia o en sus atavíos deberían imitar a los Magos de Oriente, quienes siendo gentiles viajaron largas ditancias para ver al Rey de los Judíos que acababa de nacer y con toda humildad se postraron ante el Rey de Reyes que eligió nacer, no en un palacio y rodeado de la casta sacerdotal,sino en la humildad de los pastores.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Rvdo. Benedict Hughes, CMRI: EL fracaso moral de la jerarquía de Vaticano II

Publicado por primera vez en el reinado de María, Edición # 136
Una grave omisión:
La jerarquía de conciliar ha fracasado totalmente para hacer cumplir las normas morales.

Todos recordamos la lección de catecismo sobre los tipos de pecado, hay pecados de omisión, así como los pecados de comisión. Un pecado de omisión es una falta de cumplimiento de una obligación, como asistir a la misa dominical alguna manera, a menudo dejamos de examinarnos a nosotros mismos en este tipo de pecados en nuestro examen de conciencia, pero las omisiones pueden ser muy graves.
Mientras que hay varios pecados de omisión, uno de los más graves es el cometido por personas con autoridad que no enseñar, corregir, o la guía de aquellos a su cargo. Los padres que no corrigen a sus hijos y les permitan desarrollar hábitos pecaminosos tendrán que rendir cuentas ante Dios por este descuido. Los maestros que no enseñan la verdad los hará rendir cuentas a Dios también. Pero, sin duda, la omisión más grave es el de los pastores que no para instruir adecuadamente y amonestar a guiar las almas a su cuidado.
Dios le habló acerca de este grave pecado, es decir que debe infundir miedo en los corazones de todos los que ejercen la autoridad: "Si cuando yo diga al impío:: De cierto morirás, te declaro no a él, ni hablar con él, para que puede convertirse de su mal camino, y en vivo, el impío morirá por su iniquidad, pero yo demandaré su sangre de tu mano "(Ezequiel 03:18). Así, vemos la gravedad de la obligación vinculante de las conciencias de aquellos a quienes se ha confiado la salvación de las almas inmortales.
St. Paul habló sobre esta responsabilidad de los pastores en su epístola a Timoteo: «Proclama la Palabra, insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, suplico, reprende con toda paciencia y doctrina" (II Timoteo 4:2). San Timoteo fue un obispo, y al mismo tiempo estas palabras se aplican a todos los que tienen cura de almas, que se aplican especialmente a los obispos. Esto nos lleva a la pregunta: ¿Cómo se han cumplido los obispos conciliares esta gran responsabilidad? A pesar de que a menudo lamentamos su enseñanza errónea en materia de doctrina, sus graves omisiones en la enseñanza de la moral cristiana hay una preocupación menor.
A pesar de los muchos ejemplos podrían citarse de su abdicación de esta acusación grave, me gustaría centrarme en una: la obligación de inculcar la modestia, sobre todo la decencia en el vestir. Si nos fijamos en los grandes papas del siglo 20, vemos un esfuerzo diligente para advertir e instruir a los fieles. El Papa Pío XI inauguró la "Cruzada contra las modas inmodesta, especialmente en escuelas dirigidas por religiosas", el 23 de agosto de 1928. La carta que contiene la orden fue enviada a todos los Ordinarios de Italia a través de la Sagrada Congregación de Religiosos, y se dio a conocer al mundo a través de la Acta Apostolicae Sedis, en 1930 (Vol. 22, pp 26-28).
Debido a la falta de esfuerzo serio para cumplir los requisitos de esta carta, y porque algunos decían que era dirigido sólo a los Ordinarios de Italia, el Papa el 12 de enero de 1930, dirigida a la Sagrada Congregación del Consejo para emitir una fuerte- escrito redactado en la modestia cristiana en el mundo entero, que requiere el cumplimiento de la carta de 1928. Este decreto 1930 dio directrices detalladas e impuso la obligación de luchar contra las modas indecentes a todas las personas en autoridad - los obispos, los párrocos, los padres, Superioras y maestros en las escuelas. Entre otras cosas, el decreto ordenó que las mujeres inmodestamente vestidas iban a ser "excluido de la comunión y de actuar como patrocinadores en los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, además, si el delito se extremos, puede incluso ser prohibido entrar en la iglesia. "
No tienen tiempo para formular observaciones sobre las numerosas ocasiones en las que el Papa Pío XI y Pío XII habló sobre este tema en las direcciones de los distintos grupos. Baste decir, que retomó el tema en varias ocasiones. ¿Y por qué? Porque había una necesidad de hacerlo. (Buenos pastores, como San Juan María Vianney, en varias ocasiones hablar sobre los mismos temas, siempre y cuando la necesidad persiste.) Estos pontífices no eran más que siguiendo el mandato de St. Paul a Timoteo. Pero, ¿qué es lo que vemos en la jerarquía de conciliar moderna? ¿Alguna vez has oído hablar de este tema que se predica? Más bien, se oye con frecuencia de los fieles católicos que se escandalizan por el atuendo atroces permitido en la iglesia y en la comunión. Todo vale.
En marcado contraste, recuerdo la historia que apareció en los periódicos de unos 15 ó 20 años. Un sacerdote que había tenido suficiente de la indecencia como en su iglesia publicó directrices sobre la base de la modestia de la enseñanza tradicional de la Iglesia. ¿Y cuál fue el resultado? Fue denunciado al obispo de la mujer que había sido ofendido y se retira de la parroquia. ¡Qué miedo de contabilidad serán dictadas por los pastores que promueven la indecencia en las iglesias por la tácita tolerancia de tales abusos, en su defecto a predicar en contra de ellos! Uno se acuerda de las palabras de Jacinta de Fátima: "Modas mucho ofender a Nuestro Señor. Las personas que sirven a Dios no debe seguir las modas "En otra ocasión dijo:" Los pecados que causan la mayoría de las almas al infierno son los pecados de la carne "Jacinta fue más que expresar lo que Nuestra Señora le había enseñado:".. Ciertas modas Se introducen ofenden gravemente a mi divino Hijo. "
La grave omisión de la jerarquía de conciliar para hacer cumplir las normas de la modestia, incluso un mínimo es una prueba más de que son mercenarios, no pastores. Que se llevará a cabo a una cuenta más estricta por Cristo en el juicio, que, como dice Ezequiel, "requerirá la sangre de los pecadores en sus manos." Que Dios tenga misericordia de este mundo, y puede que nos protegen de estos mercenarios, que liberar a las almas de sus cargos a los lobos.

La importancia de la cultura católica

En la sociedad hedonista y neopagana actual el católico que desee iniciar una vida intelectual está librado, literalmente al azar, no existen centros de formación académicos, ni instituciones católicas donde el centro de la educación sea la Tradición Católica. Los seminarios están destinados únicamente a los candidatos a las sagradas ordenes, pero aquellos laicos que desean ampliar sus conocimientos en filosofía, teología, história y política ¿A donde van? En parte, esta carencia es de larga data, comenzó en el Concilio de Trento cuando se erigieron los seminarios, antes no existían, los que deseaban acceder a las Sagradas Ordenes estudiaban en universidades o bien ingresaban a congregaciones de regulares.
Teniendo en cuenta esta carencia, algunos grupos de católicos decidieron desde hace algún tiempo crear espacios de difusión e investigación. Un ejemplo de ello es la iniciativa de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia, las "Jornadas de Cultura Católica" que el sábado 13 y domingo 14 se celebraron en la Ciudad de Vedia. Por segundo año consecutivo las jornadas trajeron una serie de problemáticas cada vez más actuales y más necesarias. Para acceder a un resumen de estas jornadas pueden hacer click aquí.
Lamentablemente, por el agravamiento de la enfermedad de mi padre me fué imposible asistir, aún cuando tenía una conferencia ya programada. Ruego a Dios el próximo año poder participar activamente de las III Jornadas de Cultura Católica que, Dios mediante, se celebrarán en Vedia.

jueves, 20 de octubre de 2011

Fiesta en la Capilla Nuestra Señora del Santo Rosario


Nuestros amigos de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia han publicado un hermoso artículo sobre la Capilla Nuestra Señora del Santo Rosario, cuyo sacerdote el Padre Brown es uno de nuestros queridos amigos en Estados Unidos. Desde aquí le enviamos nuestros saludos al Padre Brown y como siempre lo recordamos en nuestras oraciones a él y a todos sus fieles.

Supuesta carta de Monseñor Fellay a Monseñor Williamson

Hace unos pocos días recibí un correo electrónico de alguien a quien no conozco conteniendo un texto en inglés. Se trata de una supuesta carta que envió Monseñor Fellay a Monseñor Williamson, como esta carta fue republicada en varios blogs adjunto también aquí la traducción de este texto, y aque recibí varios e-mails preguntándome por el asunto.


Su Excelencia:

Me alegraría invitarle a la reunión de superiores de la FSSPX que tendrá lugar en Albano a principios de octubre, ya que la naturaleza y la composición de la reunión ha sido de alguna manera cambiado debido a los acontecimientos actuales. También me gustaría enviar un texto de Roma del que ellos desean una respuesta. Sin embargo, me veo obligado a poner condiciones a cada uno de estos puntos.

Primeramente, concerniente al texto, le pido un juramento escrito de que no comunicará a nadie ni el texto ni su contenido. Demasiadas veces en el pasado a usted le ha faltado discreción, así que estoy obligado a someterle a un procedimiento de esta clase, lo cual no me gusta.

En segundo lugar, en lo referente a la reunión en Albano, sólo puedo invitarle a asistir si usted deja de publicar los Comentarios Eleison. Ya se le ha dado la razón en repetidas veces así como se le ha ordenado que deje de publicarlos. Usted considera que por el beneficio de predicar y de la defensa de la Fe, no necesita atender a esto, con el pretexto de que nadie tiene el derecho de detener a un obispo de cumplir con su deber de predicar y de defender la Fe. Pero esa prédica y esa defensa de la Fe están dentro de circunstancias concretas que bien pueden requerir la intervención de los superiores. Además, ningún otro obispo de la FSSPX publica una carta circular y no por ello se consideran impedidos de expresarse.

Además, las consecuencias de su actitud son dañinas para la FSSPX: usted infunde desconfianza hacia las oficinas centrales de la FSSPX y hacia el Superior General. No puede refrenarse de comunicar estos sentimientos a aquellos a su alrededor. Ninguna revolución podría hacer mejor trabajo de minar la autoridad… y eso hace usted en nombre de una posible supuesta traición por parte del Superior General… Eso es muy serio.

Especialmente cuando un cierto número de indicaciones muestran que su actuar no se limita a la teoría:

  1. Usted recomendó a un sacerdote argentino del Novus Ordo que le pidió su consejo, que no se uniera a la FSSPX.
  2. Usted escribe a un seglar americano diciendo que la apostasía de la Iglesia principal está mucho más avanzada que la de la FSSPX. ¿Cómo puede usted escribir tales cosas, falsas e injustas, contra la Fraternidad de la cual todavía es un miembro?
  3. Existe en círculos anglosajones una red de infiltrados de la FSSPX que preparan una separación. Usted ha sido puesto al frente como la cabeza de este movimiento, usted es amigo de sus líderes y usted está jugando su juego.

¡Y usted habla de nosotros diciendo que tenemos doble discurso! En lo que se refiere a la unidad de la FSSPX, ¡usted es quien está poniéndola en mayor peligro, Su Excelencia! Siempre en nombre de la defensa de la Fe. En tan grave momento ahora que la tiene lugar la confrontación entre nosotros y la Santa Sede, cuyo resultado será decisivo para nuestro futuro y tendrá consecuencias para la Iglesia entera, yo le pido entonces -una vez más- permanecer en silencio hasta nuevas órdenes. Si usted se rehusara a atender esta directiva, significaría no ser invitado a la reunión de Albano y el principio de un procedimiento canónico para su expulsión de la FSSPX. Así pues, espero su respuesta.

Todo esto es muy triste y no tiene nada que ver con la confrontación apenas mencionada, sea lo que sea que usted pueda pensar. La pérdida de uno de sus obispos es una de las peores cosas que pudieran ocurrir a la FSSPX. Depende enteramente de usted detener esa tragedia. Crea, Su Excelencia, en mis fervientes oraciones al Sagrado Corazón de Jesús,

Mons. F.

Judíos contra el acuerdo de la Fraternidad y Roma

Noticia tomada de "El Universal de Caracas"

París. - Rabinos europeos y sobrevivientes del Holocausto en Estados Unidos pidieron al Vaticano que suspenda el diálogo de unidad con los católicos ultratradicionalistas hasta que se comprometa a renunciar a los miembros antisemitas en sus filas.

La Conferencia de Rabinos Europeos dijo que el obispo Richard Williamson, que se hizo famoso por negar públicamente el Holocausto, y el jefe del grupo disidente en Francia recientemente avivaron la vieja acusación de que los judíos mataron a Jesús, informó Reuters.

La Asociación Estadounidense de Sobrevivientes del Holocausto y sus Descendientes señaló que Williamson repitió la idea de culpa colectiva contra los judíos por la muerte de Jesús, a pesar de la reciente reafirmación del Papa Benedicto XVI de que la Iglesia rechaza esa acusación.

"Pedimos a la Iglesia Católica que suspenda las negociaciones con las tendencias católicas extremistas hasta que esté claro que estos grupos muestran un compromiso en la lucha contra el antisemitismo en sus filas", dijo el rabino Pinchas Goldschmidt, cuyo grupo representa a los rabinos jefes y los máximos jueces rabinos de Europa.

La Fraternidad San Pio X no es la única Iglesia Católica

Hace muy poco, en la entrada ¿Qué dice el preambulo doctrinal? uno de nuestros visitantes colocó un comentario que, a mi entender merece una respuesta pública. Lamentablemente el comentarista no dejó su nombre así que será como responderle a cualquier persona que sostenga esas posturas, que son muy comunes entre las filas de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X de algunos fieles y sacerdotes (algunos, no todos) que cometen una serie de errores graves, ora por ignorancia, ora por “fundamentalismo”, el mismo que nos achacan a quienes solo somos fieles a la Verdad y a los hechos. Cualquier visitante de este Blog sabe que siempre hemos respetado la obra de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y de Monseñor Marcel Lefebvre, también saben claramente cual es mi postura teológica y por consiguiente la del Blog que administro. No me declaro sedevacantista, sino católico romano, rechazo el nombre sedevacantista como rechazo el nombre tradicionalista porque somos simple y verdaderamente católicos… quienes no forman parte de la Iglesia Católica son aquellos que pertenecen a la Iglesia Conciliar del Vaticano II. Sin más quisiera citar las palabras de Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre:

Que la iglesia conciliar es una iglesia cismática, porque rompe con lo que
la Iglesia Católica que siempre fuera. Tiene sus nuevos dogmas, su nuevo sacerdocio, sus nuevas instituciones, su nuevo culto, todo condenado ya por la
Iglesia en muchos documentos oficiales y definitivos.

Esta Iglesia Conciliar es cismática, porque ha tomado como base para su actualización principios que se oponen a los de la Iglesia Católica , tales como un nuevo concepto de la Misa expresado en los números 5 del Prefacio (decreto) al Missale Romanum y 7 de su primer capítulo, los cuales confiere a la asamblea un rol sacerdotal que no puede ejercer; de igual manera el derecho natural — es decir,
divino — de cada persona y de cada grupo de personas a la libertad religiosa.

Este derecho a la libertad religiosa es blasfemo, porque atribuye a Dios propósitos que destruyen Su Majestad, Su Gloria, Su Reinado. Este derecho implica libertad de conciencia, libertad de pensamiento, y todas las libertades Masónicas.

La Iglesia que afirma tales errores es por completo cismática y hereje. Esta Iglesia Conciliar no es, por lo tanto, Católica. En la medida en que el Papa, los obispos, sacerdotes o fieles se adhieran a esta nueva Iglesia, se separan ellos mismo de la Iglesia Católica”.


Yo no nací en la Iglesia Católica, nací en la Iglesia Conciliar, pero por la Gracia de Dios conocí a la Tradición Católica, a la Iglesia verdadera y aprendí la verdadera doctrina de manos de la Fraternidad San Pío X, conocí a Monseñor Richard Williamson, con quien me he confesado centenares de veces, he pasado hermosos días en el Seminario de la Reja como visitante y jamás mi alma había sentido tanta paz como con la Misa Verdadera que allí se celebra.
Lamentablemente el anónimo comentarista cree que en la Fraternidad hay “desertores”, pero la Fraternidad no es ni siquiera una orden religiosa, sino simplemente una unión pía y su estatus canónico es sumamente irregular. Uno se asocia a una unión pía de la misma manera que se sale de ella, no hay votos que liguen a uno con una unión de ese tipo. Cualquiera que conozca un poco de derecho canónico lo sabe muy, pero muy bien. Por eso publiqué hace un tiempo esta entrada.
Que entre los detractores de la FSSPX y su actitud actual haya personas de mala fe, no me cabe dudas, ahora bien, creer como cree este inocente comentarista que todos los que denunciamos ciertas acciones del actual Superior General y elevamos oraciones para que sea remplazado por otro que esté más ocupado en defender la verdad que en buscar un acuerdo o compromiso con Roma no somos enemigos ni de la Iglesia ni de la Fraternidad.
Y aquí creo es que tenemos el gran error de este comentarista. Para él, la Fraternidad y la Iglesia son la misma cosa. La Iglesia subsiste en la FSSPX, los sedevacantistas son cismáticos, los del IBP son desertores y traidores… pero esto nos lleva a preguntarnos: ¿Lo será Monseñor Fellay cuando firme un acuerdo con Roma? ¿Qué será del IBP, el ISFN o la FSSP? ¿Qué se hará con todos esos litros de tinta gastado en atacar a estas congregaciones salidas del seno de la FSSPX?
La Fraternidad es parte de la resistencia católica contra la Iglesia Conciliar, pero no es la resistencia propiamente dicha. Toda la resistencia no se resume en la FSSPX por más que en las escuelas y en los seminarios algunos lo crean y otros, en sus blogs o en sus paginas webs gusten de anunciarlo con bombo y platillo. No. Como no podemos admitir el modernismo tampoco podemos admitir la mentira…
Es verdad que tenemos que rezar por los superiores de la Fraternidad, pero tambien es verdad que es menester señalar sus errores como lo hizo Monseñor Williamson y otros tantos que fueron expulsados por decir, simplemente que se estaba al borde del precipicio.
Elevemos nuestras oraciones por la FSSPX y por toda la tradición católica, y no sea cosa que este ejercito que es la Fraternidad termine como los valientes que cayeron en la batalla del Monte de Gilboa.

lunes, 10 de octubre de 2011

¿Que dice el preambulo doctrinal?


Nuestro amigo Marcelo nos envió por mail el artículo publicado en La Buhardilla de Jerónimo que aquí reproducimos.

El pasado 14 de septiembre fue presentado a Mons. Fellay, convocado a Roma para buscar una plena reconciliación, un “preámbulo doctrinal” como base para el acuerdo. El texto no ha sido publicado, al menos por tres razones: para permitir a los responsables de la FSSPX un examen más sereno, sin la presión de quienes verían, sin embargo, trampas y caballos de Troya incluso en el número de las comas; para preparar sobre él una meditada ilustración al Capítulo general de la Fraternidad; y finalmente… para permitir tal vez alguna limitad enmienda, sin que se sepa, donde un pasaje o un adjetivo pareciese realmente poco deseable para la FSSPX.

Adquiridas las debidas informaciones y aún queriendo respetar, por las mismas razones recién mencionadas, el vínculo de la reserva que protege el contenido del “preámbulo doctrinal”, no queremos privar a nuestros aficionados lectores de algún elemento de juicio adicional.

Puedo decir que, personalmente, no tendría problemas en firmar ese preámbulo. Pero yo no soy Superior de la FSSPX; por suerte, dirán muchos… Sin embargo, encuentro varias razones por las cuales el texto es una sorpresa positiva (digo sorpresa ya que Mons. Fellay, al dirigirse al encuentro, se esperaba una propuesta canónica-jurídica más que un texto doctrinal). Me atrevería a decir que la relativización del Concilio, que este preámbulo permite, representa una verdadera victoria para la Fraternidad, un punto extremadamente significativo, como (si no más) la solemne afirmación del motu proprio según el cual la liturgia antigua nunca fue abrogada. Pero victoria para Mons. Fellay no significa derrota para Roma: como ya había escrito, un acuerdo – y así también la demolición del “superdogma” conciliar –representa una solución win-win, donde ambas partes obtienen mucha ganancia.

El contenido del preámbulo, que a fin de cuentas es un documento muy sintético, se puede compendiar esencialmente en dos puntos. Comenzamos por el segundo porque es algo sencillo: para decirlo en pocas palabras, la FSSPX debe modificar los tonos y expresar lo que tenga para decir de un modo respetuoso y filial, así como colaborar lealmente con todas los otros miembros del Cuerpo místico. En lenguaje eclesial-teológico, esto se define “sentire cum Ecclesia”.

El primer punto del preámbulo, en cambio, el más importante, es la reproposición del contenido del canon 750, es decir, de la necesidad para un católico de aceptar la enseñanza magisterial según los grados de adhesión sancionados por aquel artículo y por la carta apostólica Ad tuendan fidem de Juan Pablo II. En síntesis, hay tres diversos niveles de vinculación de la enseñanza magisterial: como aclaraba una Nota explicativa del entonces Cardenal Ratzinger, en la función de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hay verdades que la Iglesia proclama divinamente reveladas y son, por lo tanto, irreformables y deben ser acogidas con “fe teologal”. Quien no cree en ellas, no es católico. Tales son los dogmas de fe, sobre los cuales, por otro lado, la FSSPX no tiene problema alguno (Mons. Fellay daba el ejemplo del dogma trinitario). Igual asentimiento de fe firme (e igual ausencia de problemas para la FSSPX) concierne a aquellas doctrinas sobre la fe o la moral no fundadas directamente sobre la Escritura, pero enseñadas por la Iglesia infaliblemente, porque así son proclamadas o reafirmadas siempre por el Magisterio. Ejemplos de este último tipo (que se leen precisamente en la Nota explicativa) son la imposibilidad de la ordenación femenina, la prohibición de la eutanasia, la canonización de los santos.

Requieren, en cambio, un “religioso obsequio de voluntad y entendimiento” aquellas enseñanzas del Magisterio del Pontífice o del Colegio de los Obispos que no se presentan como definitivas (tal vez porque contradicen precedentes enseñanzas: piénsese – el ejemplo es nuestro – en la prohibición de préstamo con intereses). La Nota de la Congregación para la Doctrina de la Fe se abstiene prudentemente de dar ejemplos de este tipo, tal vez porque sería como disminuir las enseñanzas que fuesen señaladas en esta categoría. El hecho es que las enseñanzas más controvertidas del Concilio, como también el Magisterio sucesivo que ha repetido aquellas enseñanzas, no podrían asumir un nivel de vinculación superior a éste, visto que el Concilio ha declarado no querer definir ninguna nueva “verdad” y que el hecho mismo de ser proposiciones, si no en “ruptura”, al menos en “reforma” respecto al Magisterio anterior, las priva necesariamente de todo carácter definitivo.

En la práctica, se pide a la Fraternidad suscribir la profesión de fe a la que está sujeto todo católico; parece algo muy factible. Pero alguno podría temer que aquella obligación de “religioso obsequio de voluntad y entendimiento”, si es aplicado a ciertas enseñanzas conciliares, pueda dificultar, o bien anular (con ciertas condiciones, es posible disentir – pero no en forma excesiva- de las enseñanzas no definitivas), el derecho de crítica al Concilio. Y aquí está la magnífica novedad.

Como informa el comunicado oficial de la Santa Sede, el Preámbulo deja “a una discusión legítima, el estudio y la explicación teológica de expresiones o formulaciones particulares presentes en los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio sucesivo”. Nótese que el objeto de esta discusión, que es expresamente reconocida como “legítima”, no son sólo las interpretaciones de los documentos, sino el texto mismo de estos últimos: las “expresiones o formulaciones” usadas en los documentos conciliares.

Por lo tanto, estamos mucho más allá de la mera hermenéutica: se vuelve lícito criticar las palabras mismas (y no sólo el significado o la interpretación de aquellas palabras) que los Padres conciliares eligieron para componer los documentos. Si las palabras usadas en el preámbulo y luego en el comunicado oficial tienen un sentido, hay aquí una revolución copernicana en el acercamiento al Concilio: es decir, el cambio desde un mero plano exegético a uno sustancial (este es un punto que me parece ausente en el por otro lado bello análisis de don Morselli publicado en esta blog). En el discurso del 15 de agosto, Mons. Fellay decía que, para Roma, el Concilio es un tabú y que por eso se limita a criticar la envoltura externa, es decir, la interpretación. Ahora, en cambio, será lícito afrontar también el núcleo. Lo que implica además que aquellos pasajes textuales controvertidos, en cuanto libremente discutibles, no requieren ni siquiera aquel grado mínimo de adhesión que consiste en el “religioso obsequio”.

En sentido análogo se expresa también el padre Barthe, experto conocedor de asuntos eclesiales, en este iluminador artículo que os exhorto a leer, como también el vaticanista de Le Figaro.

Recordareis cómo, en los pasados meses, los ponderosos ensayos de un Gherardini o de un De Mattei han recibido apresuradas condenas (en lugar de profundizadas y meditadas críticas), basándose en la apriorística acusación de ponerse contra el Papa, que del Concilio ha criticado sólo la hermenéutica de la ruptura y no los textos en sí mismos, que alguno (pienso en el P. Cavalcoli o en Introvigne) quisieran “dogmatizar” al punto de considerarlos definitivos. Y bien, como a menudo sucede cuando se es más papistas que el Papa: Gherardini – De Mattei 1 / Equipo de los neocon 0.

Es un gran éxito para Mons. Fellay, para la Iglesia y para el Papa Benedicto, que se preocupa muchísimo por dos cosas: la curación de una dolorosa ruptura eclesial y el redimensionamiento del “tótem Concilio”, del cual ya en otros tiempos llegó a decir (Alocución a los obispos de Chile del 13 de julio de 1988):

“La verdad es que el mismo Concilio no ha definido ningún dogma y ha querido de modo consciente expresarse en un rango más modesto, meramente como Concilio pastoral; sin embargo, mu­chos lo interpretan como si fuera casi el superdogma que quita importancia a todo lo demás. […] No se tolera la crítica a las medidas del tiempo postconciliar; pero donde están en juego las antiguas reglas, o las grandes verdades de la fe –por ejemplo, la virginidad corporal de María, la resurrección corporal de Jesús, la inmortalidad del alma, etc.–, o bien no se reacciona en absoluto, o bien se hace sólo de forma extremadamente atenuada”.

Reflexiones sobre el Preambulo


Las negociaciones entre Roma y la FSSPX están encaminadas desde hace bastante. Roma, como publicamos recientemente entregó un preámbulo doctrinal que debe ser aceptado por la FSSPX y sobre cuyas bases se formará el acuerdo entre la mayor congregación tradicionalista y la Roma Neomodernista y Neoprotestante del Concilio Vaticano II. En base a estas negociaciones, el Vaticano ha permitido a la FSSPX que realice correcciones en el texto original del que aún no tenemos grandes noticias más allá de los rumores que han trascendido a algunos Blogs y sitios webs tradicionalistas.
Según el Padre Niklaus Pfluger, uno de los que compone el grupo de sacerdotes que analizan el texto que enviara Roma aseguró que estas correcciones tienen como único objeto el eliminar las ambigüedades que existen en el texto. De la misma manera insiste en que la Fraternidad no comprometerá a la Tradición como si lo hicieron otros grupos tradicionalistas en el pasado. En efecto, si algo pretende la FSSPX es evitar correr la misma suerte que el Instituto Buen Pastor o el San Felipe Neri: una tolerancia momentánea y una paulatina agonía, persecución y rechazo en las diócesis y sobre todo, el aceptar el Novus Ordo Missae como liturgia ordinaria. Pero esto nos lleva nuevamente al viejo problema ¿Por qué estamos luchando? ¿Es una cuestión litúrgica o es, como todo lo indica una cuestión doctrinal? ¿Qué tipo de acuerdo uede realizar la FSSPX con Roma sin comprometer la Fe y la Tradición? ¿Puede acaso la Fraternidad “convertir” a Roma de un plumazo? No, creemos que no. Aquí en Sursum Corda estamos convencidos que Roma dará a la FSSPX lo que esta quiera, porque en su doctrina modernista y universalista, el tradicionalismo de la Fraternidad puede coexistir con el movimiento neocatecumenal, ya que para los modernistas del Vaticano II la fe es un sentimiento subjetivo y personal.
Roma al confirmar la reunión de Asís y la beatificación de Juan Pablo II ha dejado en claro cual es su postura… la Fraternidad recibiendo el preámbulo también declaró cual era la suya: negociar. Una cosa podemos decir: la FSSPX no puede ser acusada de no haber intentado buscar una “salida negociada” con Roma. Además como afirma Padre Niklaus Pfluger Roma estaría en clara decadencia: crsis de vocaciones, disenso doctrinal, caos litúrgico… frente a esto se levanta la FSSPX en la cual las vocaciones abundan, pero también Roma es consciente que solamente tiene vocaciones entre las congregaciones y grupos “tradicionalistas”: la Opus, la San Pedro… marginadas y agonizantes en su estructura, principalmente por los ataques de los obispos diocesanos de la Iglesia Conciliar, sólo allí hay vocaciones, pocas, pero están, pocas pero permaneces como un reflejo lejano de la Verdad que en ellas se preserva, lejano sobre todo porque abandonaron la doctrina en busca de un “acuerdo”… recemos para que la Fraternidad no caiga en esta trampa, y menos, empujada por su Superior, quien parece ansioso, desde que Ratzinger es Papa de la Iglesia Conciliar, en firmar cualquier acuerdo.
Nosotros insistimos: No podemos.

Negociaciones FSSPX y Roma: la ausencia de Monseñor Williamson




Estimados amigos,
Hace unos días, nuestros hermanos de Holy Rosary Chapel publicaron el siguiente articulo y foto en la cual se destaca la ausencia de Monseñor Richard Williamson.

Autoridades de la FSSPX presentes en la reunión Albano

El 7 de octubre de 2011, se realizó una reunión de todos los responsables de la Sociedad de San Pío X en Albano, Italia, durante la cual el Superior General, SE Mons. Bernard Fellay, presentó el contenido del preámbulo doctrinal, que le entregó por el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el Vaticano, durante la reunión del pasado 14 de septiembre. Durante el día de hoy, los veintiocho a cargo de la Sociedad de San Pío X, presentes en la reunión -rectores de seminarios, superiores de distrito- manifestaron una profunda unidad en la voluntad de mantener la fe en su integridad y su plenitud, fieles a la lección que el arzobispo Marcel Lefebvre, quien como San Pablo dijo "Tradidi quod et accepi - he transmitido lo que recibí" (I Cor 15:3).

Luego de esta reunión de trabajo, el estudio del preámbulo doctrinal -cuyo contenido sigue siendo confidencial- se llevará a cabo y analizar más a nivel del Consejo General de la Sociedad de San Pío X, por el Superior General y sus dos ayudantes, PP. Niklaus Pfluger y Alain Nely, lo que les permitirá presentar una respuesta a la propuesta de Roma en un tiempo razonable.

sábado, 1 de octubre de 2011

La confesión por teléfono

Caso: Un cierto sacerdote llamado Pablo puso en juego todo tipo de artificios que le asegurarían la entrada a la casa de un francmasón, cuya esposa, María, yacía gravemente enferma, pero todo fue en vano. Estaba a punto de desesperar cuando descubrió que la casa tenía línea telefónica. Con la asistencia de un siervo de la casa, Pablo fue capaz de comunicarse con la mujer enferma, y, habiendo escuchado su “confesión” por teléfono, le dio la absolución condicional.

Ahora surge la pregunta: ¿actuó prudentemente Pablo? Tenemos que responder con una negativa, y por las razones que expondremos adelante.

Solución: Antes que nada, el penitente debe estar realmente presente ante el confesor, pues una persona ausente nunca puede recibir absolución. Esto lo sabemos, en primer lugar, a partir de la condenación hecha por el papa Clemente VIII de la siguiente proposición: “Licet per litteras seu inernuntium confessario absente absolutionem obtinere.” Y el papa Paulo V, aprobando la acción de Clemente, declaró que la condenación se extendería a ambos miembros de la proposición, incluso si se consideran separadamente. En segundo lugar, sabemos esto a partir del Concilio de Trento, el cual, hablando de la naturaleza del sacramento de la penitencia, dijo: “Christum ita instituisse hoc sacramentum, ut poenitentes voluerit auto hoc tribunal tamquam reos sisti, et per sacerdotum sententiam a peccatis liberari.” Estas palabras piden ni más ni menos que la presencia de un criminal ante el juez.

El penitente, entonces, debe estar presente ante el confesor. Pero ¿cómo?, ¿moral o físicamente? Los teólogos son nuestras guías en esta cuestión, y en esto son guías seguros, ya que todos están de acuerdo en exigir una presencia moral. ¿Qué, pues, es la presencia moral? Estos mismos teólogos nos dicen, si bien no diremos que definitiva o satisfactoriamente, que las personas se encuentran presentes moralmente la una respecto a la otra cuando pueden hablar con una voz ordinaria (voce communi), aunque sea en un tono más alto. También hallamos que algunos extienden esta presencia a veinte pasos. El límite, sin embargo, lo alcanzan aquellos teólogos que sostienen que la presencia moral requerida se obtiene si el confesor ve, o percibe por cualquier otro sentido, al penitente, y esto de manera natural o humana. Concluimos, pues, que la presencia requerida para una absolución válida se obtiene solo cuando el confesor puede percibir al penitente po.

Tan indefinida como sea esta noción de la presencia moral, la aplicaremos ahora al caso presente. Desde el comienzo, podemos decir que si se alcanza esta presencia, es solo con la ayuda del teléfono. Por ningún otro medio puede decirse que María, quien yace enferma en su casa, esté presente, sea física o moralmente, ante Pablo. Nuestra pregunta, entonces, solo está interesada con esta circunstancia de la comunicación. Con toda seguridad podemos decir que esta comunicación no elimina la distancia, ni hace que estén presentes los que, de facto, están a distancia, pues cuando mucho es solo un medio eficaz de comunicación entre personas ausentes. Esto no es nueva doctrina, pues si pedimos la opinión general de personas prudentes sobre este asunto, recibiremos el mismo veredicto: el teléfono no crea la presencia, sino que solo es un instrumento de comunicación con una persona ausente. Por el mero hecho, pues, de que dos personas estén en comunicación, no se sigue.

Como tememos que esta noción de la presencia moral sigue estando demasiado indefinida o demasiado abstracta, tomaremos ahora un ejemplo concreto, como lo es el escuchar Misa. Para cumplir nuestra obligación de escuchar Misa, debemos estar al menos presentes moralmente, de manera que podamos ser contados entre los números de los que asisten al ofrecimiento del Santo Sacrificio. ¿Podría lograrse esto por el teléfono? ¿Es probable que alguien admita que una persona puede escuchar Misa por teléfono? Seguramente que no. ¿Y por qué? Porque el teléfono no crea la presencia moral. Con todo, san Alfonso dice: “Praesentia pro absolutione majorem propinquitatem requirit quam pro audienda missa.” Con este ejemplo ante nosotros, podemos razonablemente sostener que la presencia moral, requerida por los teólogos, exige, si se nos permite la expresión, una cercanía local, y nosotros asimismo argüímos que se cambiaría el significado de las palabras al afi Nuestra próxima tarea será descubrir la mente de Jescucristo en lo conciernente a este asunto: la presencia requerida para la absolución válida. Nuestro Señor y Salvador Jesucristo instituyó siete medios de la gracia, llamados sacramentos. Estos siete sacramentos, vendría bien que observáramos, son entidades separadas instituidas, todas y cada una de ellas, para un propósito diferente. Un sacramento es una señal, una señal eficaz de la gracia. Una señal se compone de dos elementos: uno real o sensible, llamado materia, y el otro verbal, llamado forma. De los siete sacramentos, dos fueron instituidos in specie, esto es, Cristo no solo dio a la Iglesia la idea a simbolizar, sino que también dio la materia y la forma que constituyen el símbolo. Los otros cinco, Cristo los instituyó in genere, es decir, que dio a la Iglesia la idea a simbolizar, pero le dio libertad de escoger los instrumentos apropiados para significar la idea. El sacrameno de la penite

El Concilio de Trento nos dice que la Iglesia no puede cambiar, o mejor dicho, no puede hacer nada respecto a la sustancia de los sacramentos, esto es, la idea que Cristo tuvo al instituirlos. Si, entonces, nuestra noción de la presencia moral está incluida en la idea de Cristo, que es la sustancia del sacramento, la Iglesia no puede cambiar ni una sola jota o tilde. Si, por otra parte, está contenida en el símbolo, la Iglesia puede, a discresión suya y de acuerdo a las necesidades de los tiempos, cambiarla. Pero, de facto, hasta este momento no la ha modificado en ningún punto. Entonces, lo que debemos hacer es descubrir la mente de Cristo, su idea en este asunto.

Mas sobre esto nada hallamos en las enseñanzas de Cristo, y, por otra parte, la Iglesia ni una palabra al respecto dice en su magisterio. Debemos recurrir a los teólogos y a la práctica de la Iglesia para obtener una solución. Todos los teólogos enseñan que Cristo instituyó la penitencia para la remisión de todos los pecados cometidos después del bautismo; esa fue su idea. Pero lo que nos interesa especialmente es el símbolo o rito, en cuya determinación — admitimos — a la Iglesia se le dio cierta flexibilidad; nos interesa ese símbolo adecuado, el que claramente representa la idea de Cristo y que está compuesto de dos elementos, que los teólogos, por conveniencia, han llamado analógicamente materia y forma. Como ya hemos dicho, cada uno de los sacramentos tiene un símbolo o rito en el que pueden distinguirse estos dos elementos. Por tanto, esa misma relación — reconocerán todos — debe existir entre la materia y la forma de cadas.

Los teólogos siempre han enseñado que el penitente debe presentarse ante el confesor, como un criminal ante el juez. Siempre han exigido, para la validez de la absolución, que el penitente esté presente ante el confesor de manera que las palabras de la forma, pronunciadas de manera ordinaria, caigan sobre el penitente de igual manera. Esto la Iglesia siempre ha exigido, y, como vemos a partir de su práctica, siempre ha obtenido. Esto, entonces, es la idea de Cristo, que exige esta presencia para la validez de la absolución. Mas esta presencia no se obtiene, obviamente, por el teléfono, como admiten todos los teólogos, y ninguna necesidad, sin importar cuán grave, puede suplirla, aunque algunos teólogos, por un extraño razonar, llegan a esta conclusión.

El caso de estos últimos teólogos no está totalmente sin remedio, pero tendrían alguna probabilidad en su favor si la voz humana fuera oída por el teléfono, pues entonces, habría una leve probabilidad de que el teléfono creara la presencia moral. En esta cuestión, debemos recurrir a la ciencia. ¿Qué dice ella? Su veredicto es que no escuchamos la voz humana, sino solo una reproducción material, o mejor dicho, un efecto material de la voz. Tras una larga lucha, quizá logremos que admita que tal vez sí se escucha la voz humana, pero se necesita más que eso para producir una leve probabilidad de presencia moral, pues una leve probabilidad es una verdadera probabilidad, y, consecuentemente, exige un buen y sólido motivo. Se llama leve probabilidad no porque tiene su fundamento en un motivo leve, sino porque es de un grado menor que la verdadera probabilidad. Sostenemos, entonces, que no se tiene una leve probabilidad en este caso, y aun así se necesita una leve.

Por estas razones, concluimos que la presencia, necesaria para la validez de la absolución, no se obtiene por el medio de comunicación llamado teléfono.

Lutero, el perfecto hereje


Luego de que Ratzinger/Benedicto XVI elogiara nuevamente al heresiarca Martín Lutero, el amigo Marcelo, visitante de este Blog nos remitió un par de artículos muy interesantes sobre la cuestión; es así que publicamos el texto de Jose Iraburu "Lutero, el perfecto hereje".


El próximo 31 de octubre se cumplirá un nuevo aniversario de las 95 tesis clavadas en 1517 por Lutero en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. Son varias las publicaciones recientes sobre Lutero, en las que se le muestra como enamorado de la Biblia y difusor de la misma en el pueblo, reformador de una Iglesia romana corrompida en su tiempo, etc. Parece, pues, oportuno hacer algunas verificaciones.
No fue reformador de costumbres, sino de doctrinas. La tesis de que la decadencia moral de la Iglesia, bajo los Papas renacentistas, había llegado a un extremo intolerable, y que Lutero encabezó a los «protestantes» contra esta situación, exigiendo una «reforma», es falsa, y ningún historiador actual es capaz de sostenerla. Entre otras razones, porque el mismo Lutero desecha esa interpretación de su obra en numerosas declaraciones explícitas: «Yo no impugno las malas costumbres, sino las doctrinas impías».
Lutero combatió con todas sus fuerzas la doctrina de la Iglesia Católica. Para empezar, arrasó con la Biblia, ya que dejándola a merced del libre examen, cambió la infalible y única Palabra divina por una variedad innumerable y contradictoria de falibles palabras humanas. Se llevó por delante la sucesión apostólica, el sacerdocio ministerial, los obispos y sacerdotes, la doctrina de Padres y Concilios. Eliminó la Eucaristía, en cuanto sacrificio de la redención. Destruyó la devoción y el culto a la Santísima Virgen y a los santos, los votos y la vida religiosa, la función benéfica de la ley eclesiástica.
Dejó en uno y medio los siete sacramentos. Afirmó, partiendo de la corrupción total del hombre por el pecado original, que «la razón es la grandísima puta del diablo, una puta comida por la sarna y la lepra». Y por la misma causa, y con igual apasionamiento, negó la libertad del hombre, estimando que «lo más seguro y religioso» sería que el mismo término «libre arbitrio» desapareciera del lenguaje. Como lógica consecuencia, negó también la necesidad de las buenas obras para la salvación. En fin, con sus «respuestas correctas», según escribe un autor de hoy, destruyó prácticamente todo el cristianismo, destrozando de paso la cristiandad.
Fue el mayor insultador del Reino: «Toda la Iglesia del Papa es una Iglesia de putas y hermafroditas», y que el mismo Papa es «un loco furioso, un falsificador de la historia, un mentiroso, un blasfemo», un cerdo, un burro y todos los actos pontificios están «sellados con la mierda del diablo, y escritos con los pedos del asno-papa». Podrían llenarse innumerables páginas con frases semejantes o peores. Los teólogos católicos del tiempo de Lutero rechazaron sus tesis, ganándose de su parte los calificativos previsibles. La Facultad de París es «la sinagoga condenada del diablo, la más abominable ramera intelectual que ha vivido bajo el sol». Y los teólogos de Lovaina son «asnos groseros, puercos malditos, panzas de blasfemias, cochinos epicúreos, herejes e idólatras, caldo maldito del infierno». Y añadía: «Soy yo quien lo afirmo, yo, el doctor Martín Lutero, hablando en nombre del Espíritu Santo[...] No admito que mi doctrina pueda juzgarla nadie, ni aun los ángeles. Quien no escuche mi doctrina no puede salvarse».
Con ocasión del levantamiento de los campesinos, que exigían, primero por las buenas y luego por las malas, lo que estimaban que eran sus derechos, escribe Lutero una durísima invectiva: «Al sedicioso hay que abatirlo, estrangularlo y matarlo privada o públicamente, pues nada hay más venenoso, perjudicial y diabólico que un promotor de sediciones». Muy suave fue, en cambio, con los poderosos príncipes alemanes, a fin de ganar su favor. Los resultados de la predicación de Lutero fueron devastadores en la moral del pueblo, y él mismo lo reconoce: «Desde que la tiranía del Papa ha terminado para nosotros, todos desprecian la doctrina pura y saludable. No tenemos ya aspecto de hombres, sino de verdaderos brutos». De sus seguidores afirmaba que «son siete veces peores que antes».
A Zwinglio le escribe espantado: «Le asusta a uno ver cómo donde en un tiempo todo era tranquilidad, ahora hay dondequiera sectas y facciones [...] Me veo obligado a confesarlo: mi doctrina ha producido muchos escándalos. Sí; no lo puedo negar; estas cosas frecuentemente me aterran». Y aún preveía desastres mayores. Un día le confió a su amigo Melanchton: «¿Cuántos maestros distintos surgirán en el siglo próximo? La confusión llegará al colmo». Así fue. Y así ha sido en progresión acelerada, hasta llegar a la gran apostasía actual de las antiguas naciones católicas.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Las puertas del infierno no prevalecerán


Fue para mi una gran alegría que nuestros amigos de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia republicar el artículo Falsos obispos, ningún sacerdote, ninguna Misa.
A nuestros amigos de Vedia, alguien les escribió el siguiente comentario:

Anónimo dijo... No hay obispos, no hay sacerdotes, no hay misa; en definitiva no hay Iglesia... salvo uds claro, los cuatro gatos locos que se dieron cuenta de todo y tienen comunicacion directa con el Espiritu Santo. Por ende las Promesas de Cristo a Pedro y sus sucesores fueron mentiras y cada cual esta en su derecho de hacer su "iglesita" propia, fuera de la cual no hay salvacion...


En forma de respuesta, la SRSLRF publicó el siguiente artículo de Rama P. Coomaraswamy cuya lectura recomiendo, ya que aclara varios aspectos y tira la mayoría de las objeciones de aquellos que utilizan como argumento "Dios no puede dejar huerfana su Iglesia". Es verdad, Dios prometió estar con su Iglesia hasta el fin de los tiempos y por ello existe la Resistencia Católica, con sus sacerdotes y sus obispos, ellos constituyen la Verdadera Iglesia de Cristo, que se opone a la Iglesia del Concilio Vaticano II, modernista, neo-protestante y por lo tanto, no católica.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Los marranos


Tomado de Santa Teresita del Niño Jesús.


Los marranos
Uno de los graves problemas que sufre la Iglesia Católica son los falsos católicos, que destruyen los cimientos de la Iglesia de Jesucristo.
Principalmente en la edad media, el judío era odiado por sus costumbres perversas, por la usura exagerada, por los crímenes rituales que realizaban en la clandestinidad; pero sobre todo eran odiados por sus burlas, profanaciones y sacrilegios a las cosas santas. Todo esto en una sociedad cristianísima era un verdadero crimen.


Los judíos aman la usura


(1)“Ya era mucho que Felipe Augusto les concediese en 1206 cobrar el 43 por 100; pero sabemos que rara vez se contentaban con eso, sino que exigían el 52, el 86 por 100; y lo más sorprendente y escandaloso es que un estatuto de Francia les permitía el 170, mientras Ottocar de Bohemia les daba omnímoda libertad de prestar al interés que quisiesen… A la terrible odiosidad que engendraban tan exorbitantes usuras en los pobres esquilmados, añadíase de cuando en cuando el rumor de crímenes espantosos perpetrados por aquellos mismos judíos…”

“Con más fundamento se les acusaba otras veces de mofarse de la religión cristiana, de profanar sacrílegamente las hostias consagradas, de asesinar el Jueves Santo a algún niño cristiano, en sustitución del cordero pascual, o de crucificarlo el Viernes Santo en burla y escarnio de la muerte de Cristo.
Envueltos siempre en una niebla de misterio, con fama bien probada de usureros y aun de sacrílegos y criminales…” (2)
Por estas circunstancias, entre otras no menos importantes y sumamente delicadas, los judíos vivían por ley separados de los cristianos y se debían distinguir en su vestimenta, para evitar que pervirtieran a los bien intencionados; claramente lo señala la Historia de la Iglesia:
“Desde el siglo XII, los judíos debían habitar separados de los cristianos en un barrio de los suburbios, que se decía en España judería y en otras naciones ghetto. Para que la distinción fuera más clara y consiguientemente se pudiesen evitar con más facilidad el trato mutuo y los noviazgos entre personas de una y otra religión, se les obligaba, máxime desde el Concilio IV de Letrán, a llevar en el traje un distintivo, consistente en un gorro puntiagudo y una franja amarilla o roja cosida al vestido. Prohibíaseles el cohabitar con mujeres cristianas en calidad de mancebas (el matrimonio era nulo) o como criadas o vender esclavos cristianos y el forzar a nadie a la circuncisión. No podían desempeñar cargos oficiales, si bien esta ley fue violada frecuentemente por voluntad de los mismos reyes. Lo mismo se diga de la prohibición que tenían los cristianos de consultar a los médicos o cirujanos judíos, a no ser en caso de necesidad. El culto judaico no podía celebrarse en público, ni era lícito construir nuevas sinagogas donde no las hubiese, pero sí restaurar las existentes. (Los Sumos Pontífices) Gregorio IX y Honorio IV mandaron recoger los libros del Talmud, por el odio que respira y las horrendas calumnias que contiene contra Cristo y el cristianismo.” (3)
Todo esto hacía imposible el desarrollo del pueblo judío en el mundo cristiano de los siglos XII, XIII y XIV; por su perfidia eran odiados los judíos, sujetos a toda clase de ataques al ser conocidas sus maquinaciones contra Dios, contra la Iglesia Católica y contra los hombres.
Era imposible el desarrollo del pueblo judío en una sociedad completamente cristiana, la solución era: o abandonar el judaísmo o esconderlo a todas luces.
Por lo cual se dieron las falsas conversiones a la religión católica, no por cuestiones de fe, sino por ser el medio más a propósito para desarrollarse: esconderse detrás de un nombre católico.
Ahora bien, el judío no es un hombre normal, ha nacido y se ha desarrollado en el odio, en el desprecio hacia los no judíos. La mente y la ideología judía tienen un odio a muerte al cristianismo, odio a muerte.
Analicemos algunas de sus sagradas enseñanzas del Talmud:


· “Los judíos nunca deben cesar de exterminar a los Goim debe dejar nunca en paz…” “A los cristianos se les debe matar sin misericordia” (4)
· “Los judíos no deben escatimar ningún esfuerzo en combatir a los tiranos que los mantienen en este Cuarto Cautiverio a fin de ser libres. Deben combatir a los cristianos con astucia y nada debe hacer para evitar que les suceda algún mal: sus enfermos no deben ser atendidos, no se debe ayudar a las mujeres cristianas en el momento del parto, ni tampoco deber ser salvados cuando estén en peligro de muerte” (5)
· “La vida de un Goim y todos sus poderes físicos pertenecen a un judío” (6)
· “Se les debe matar aún a los mejores Goim” (7)
Con este tipo de “sagradas enseñanzas” judías, aprendidas desde la más tierna edad, se forman hombres llenos de odio a los goim es decir a los cristianos y por esta razón aman la usura, el dar muerte a un católico, el envenenar pueblos enteros, el tratar a los no judíos como bestias… ¿Por qué? “A los cristianos se les debe matar sin misericordia” “sagrada” enseñanza del Talmud
A este elemento debemos sumarle la opresión que justamente padecieron en los siglos XII, XIII y XIV principalmente; eran marcados de por vida, señalados en su ropa, en sus domicilios, en sus trabajos; sumado esto y sus “sagradas enseñanzas”, guardaban un odio demoniaco.
Es así como al convertirse al cristianismo es solo en la apariencia, pero no solo eso, desean vengarse y satisfacer su odio que profesan desde su más tierna edad, vengarse haciendo el mayor daño a la Iglesia.
Una vez convertidos falsamente a la fe católica, “abjuraban” del judaísmo, cambiaban sus nombres judíos por nombres católicos, y de esta manera con el pasar de los años pudieron enriquecerse, hacer mucho daño a la Iglesia; incluso muchos de éstos falsos conversos se hicieron sacerdotes católicos, obispos, cardenales, con el fin de ocupar la silla de San Pedro y así destruir más fácilmente la Iglesia Católica, su principal enemigo.
Claramente lo explica el libro, Complot contra la Iglesia:

· “La quinta columna está formada por descendientes de judíos que se convirtieron al cristianismo en siglos anteriores. Ellos practicaban en público y en forma aparentemente fervorosa la religión de Cristo mientras, en secreto, conservaban su fe judaica, llevando a cabo ocultamente los ritos y ceremonias judías y organizándose en comunidades y sinagogas secretas que han funcionado en la clandestinidad durante varios siglos.” (8)
· “La labor de estos judíos, introducidos como quinta columna en el seno de la Iglesia de Cristo, se facilitaba con la fingida conversión al cristianismo de ellos o de sus antepasados, los cuales se quitaban los nombres y apellidos judíos y los sustituían por cristianísimos nombres, adornados por el apellido de los padrinos de bautismo…” (9)
· “La red de judíos clandestinos existente en la Europa medieval transmitía en secreto la fe judaica de padres a hijos, no obstante que aparentaran todos una vida cristiana en público y llenaran sus casas de crucifijos y de imágenes de santos. Por regla general observaban ostentosamente el culto cristiano y aparecían como los más fervorosos devotos para no despertar sospechas.” (10)
· “Pero lo que más escándalo provocó fue el hecho de que estos judíos clandestinos introdujeran a sus hijos en el clero ordinario y en los conventos, con tan buen resultado que muchos llegaron a escalar las dignidades de canónigo, obispo, arzobispo y hasta la de cardenal.” (11)

A estos falsos conversos, católicos en apariencia y judíos en la clandestinidad se les denomina con el nombre de: “marranos”, que a primera vista se ve como un nombre despectivo dado por los cristianos, pero los mismos judíos ortodoxos, los que ni en la apariencia se convirtieron recriminan a sus propios hermanos, falsamente convertidos al cristianismo y ellos mismos los llaman con el nombre de: marranos.
El siguiente texto está tomado del libro: La familia Carvajal, que es un estudio histórico sobre los judíos y la Inquisición de la Nueva España en el siglo XVI, basado en documentos originales y en su mayor parte inéditos, que se conservan en el Archivo General de la Nación de la ciudad de México.

“Mientras ese día llegaba, para escapar de la persecución del Santo Oficio, disimulaban, mostrándose serviles para con los encumbrados y sin piedad para con sus inferiores.
Luis y Baltazar –Carvajal– se daban a conocer como judíos con sus correligionarios, hablaban de su creencia religiosa, criticaban a los ‘marranos’ (los judíos daban el nombre de marranos a aquellos de sus correligionarios que no cumplían con los preceptos de la ley de Moisés, y por lo tanto comían manjares prohibidos. Eran judíos convertidos a la religión católica, o que aparentaban estarlo) que por temor o conveniencia no cumplían con la ley de Moisés…” (12)


Este delicado problema de los marranos, es la explicación del problema de la Iglesia católica en el año 2011, no es una casualidad el modernismo, la falsa misa, los escándalos a todas luces; ellos han favorecido grandemente la incontinencia en el clero… la demolición de la Iglesia. ES EL TRIUNFO TAN DESEADO POR LA SINAGOGA DE SATANAS, ES EL FRUTO DE TODOS LOS SACERDOTES, OBISPOS, CARDENALES Y PAPAS MARRANOS EN LA IGLESIA CATÓLICA, AUSPICIADOS POR SATANÁS. 

“No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera; porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, casi general de los fieles, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el cual se opondrá a Dios, y se alzará contra todo lo que se dice Dios, o se adora, hasta llegar a poner su asiento en el templo de Dios, dando a entender que es Dios…” (13)

Lo más grave, los mismos marranos los encontramos escondidos entre los verdaderos sacerdotes que celebran la santa misa de siempre, en las congregaciones de sacerdotes tradicionalistas; minimizando, silenciando y despreciando el problema de los marranos. Proyectando el problema judío-marranos como una falsa apreciación, sin un fundamento sólido, producto de lecturas no autorizadas por la Iglesia, producto de lavados cerebrales; haciendo que las comunidades olviden el grave peligro que representa un solo marrano, máxime si es sacerdote, obispo o superior.
¡Ponga mucho cuidado en este tema! Los sacerdotes tradicionalistas marranos son muy astutos; han desacreditado irónicamente, sarcásticamente, burlonamente el problema de los apellidos marranos en sus mismas filas, le han dado carpetazo a la investigación de los arboles genealógicos de cada seminarista y de cada sacerdote; están formando a los sacerdotes sin fundarlos en el grave problema judíos-marranos, por el contrario: desprecian ese tema, se burlan abiertamente como si se tratara de una mentira, de una psicosis, de un trama juvenil.
Y si un sacerdote ¡EXIGE! la investigación y la expulsión de los marranos lo tratan de traidor, insolente, desobediente y hasta de judío por no acatar las órdenes, que por mejor decir: la prepotencia y la falta de ciencia de su superior. ¿Qué pensar de estos superiores…? Con mucha pena y dolor lo digo, pero se trata de un marrano o de un tonto que lo están utilizando… 
No es falta de respeto, es llamarle a las cosas por su nombre, claramente lo dice el Papa San Pío X en su encíclica Pascendi: “se trata de la Religión Católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio; prolongarlo sería un crimen. Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y de mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad.” (14)
¿Qué pasaría si Usted se confesara con un sacerdote marrano?, ¿Con que conciencia celebra la Santa misa un sacerdote marrano? ¿Qué pensar de la autoridad que los protege, los defiende y se opone resueltamente a la investigación y a la expulsión de los sacerdotes marranos de su congregación?...



Que Dios y María Santísima los bendiga.


Pbro. Hernán Arturo Vergara Monroy
(1) Historia de la Iglesia Católica, Llorca, Villoslada, Laboa; BAC, 1959, Tomo II, Parte II, Cap. XIV, pg. 738.
(2) Historia de la Iglesia Católica, Llorca, Villoslada, Laboa; BAC, 1959, Tomo II, Parte II, Cap. XIV, pg. 739.
(3) Historia de la Iglesia Católica, Llorca, Villoslada, Laboa; BAC, 1959, Tomo II, Parte II, Cap. XIV, pg. 737.
(4) Aboda Zarah (26b) Talmud
(5) Zohar (1, 160) Talmud
(6) A Rohl. Die Polem., p.20
(7) Aboda Zarah (26b) Talmud
(8) Complot contra la Iglesia, Maurice Pinay. Tomo II, Página 173
(9) Complot contra la Iglesia, Maurice Pinay. Tomo II, Página 174
(10) Complot contra la Iglesia, Maurice Pinay. Tomo II, Página 175
(11) Complot contra la Iglesia, Maurice Pinay. Tomo II, Página 175
(12) La Familia Carvajal, Alfonso Toro. Tomo I, cap. 11 “los viandantes” pág. 175
(13) II Epístola de San Pablo a los tesalonicenses, II-3
(14) Papa San Pío X, Encíclica: Pascendi. 8 de septiembre de 1907

Análisis de la crítica marxista de la religión

Hace muy poco recibí un e-mail con el texto que aquí presentamos. Fue escrito por Antonio Orozco Delclós, luego de buscar en Internet encontré que había sido publicado en este sitio que, si bien es ultramodernista, a veces tiene alguna información útil, como este articulo.



Análisis de la crítica marxista de la religión
La crítica sociológica, psicológica y dialéctica


Que el marxismo se disuelve es evidente, por más que los viejos intelectuales marxistas de Occidente se nieguen a cualquier autocrítica y guarden sepulcral silencio. No obstante, quizá hayan de pasar décadas antes de poder decir: «Marx ha muerto».

Porque Marx es portador no sólo de un mensaje frustrado, sino de una mentalidad compartida en buena parte por el «capitalismo salvaje» y por cualquier materialismo militante. Marx recogió y recubrió con aspecto científico –aunque muy poco resistente a la crítica- la retórica del ateísmo de siempre. Por ello me ha parecido útil sacar de nuevo a la luz unos pocos folios que escribí hace bastantes años (*) después de estudiar la crítica marxista de la religión. No quise escribir más - aunque por aquel entonces el marxismo parecía, incluso a muchos cristianos, el tren de la historia que no debía perderse -, por una razón que conocen mis amigos: el error me aburre. Hoy en los programas de Historia de Filosofía de Bachillerato, en España, uno de los siete u ocho autores de obligado estudio es Karl Marx. En algunas comunidades –no todas-, no aparece ningún autor cristiano. No está de más pues, una aproximación crítica a la crítica marxista de la religión. Expondré, breve y sencillamente:


En coherencia con los postulados rigurosamente materialistas de Karl Marx, su sistema ideológico rechaza necesariamente cualquier valor que trascienda la dimensión espacio temporal en que ha de situarse el ser humano. Pero -más allá de Feuerbach- Marx no considera la religión como un mero «error teórico», sino como tremenda «enajenación» del hombre, consecuencia de la situación de miseria en que se encuentra y que le hace buscar en un «más allá fantástico la esperanza del remedio de sus males» (por supuesto, no serían otros que los de orden material y, en el fondo, económicos).

«La religión -dice Marx en su Filosofía del Derecho- es el suspiro de la criatura oprimida, la conciencia de un mundo sin corazón, así como ella misma es el espíritu de una situación sin espíritu. Es el opio del pueblo; es decir, algo así como una droga, una evasión de la realidad, un refugio del sentimiento que, por otra parte, según Marx, impide al hombre lanzarse a la conquista del bien temporal de la sociedad, mediante la lucha con las fuerzas opresoras que no serían otras que las del capitalismo. La lucha a muerte con el capitalismo para instaurar la soñada sociedad comunista («último fin» marxista) es el motor de la praxis marxista, su fuerza de arrastre, su mensaje mesiánico.

La religión en el entorno del joven Marx

Pero antes de proceder a una crítica a la crítica marxista de la religión, quizá no sea superfluo referirnos a la vivencia de Karl Marx tuvo de la religión en su infancia y juventud.

Marx nace en una familia de rancio abolengo judío (su abuelo había sido rabino en Tréveris), convertida al luteranismo más que por convicción por la fuerza de las circunstancias. Las discriminaciones y persecuciones de las leyes antisemitas que tenían lugar en la Europa de entonces, hicieron que su padre -de buena posición social, abogado y miembro del tribunal de apelación de Tréveris- se alejara de la sinagoga y acabara por alistarse a una religión vinculada al poder civil. No es de maravillar que la religión se presente a los ojos del joven Marx como un expediente social y fuerza opresora. Cuando Marx era ya públicamente ateo y revolucionario comunista, quiso casarse y tuvo que hacerlo «por la iglesia», debido esta vez a las presiones familiares de la novia. Se le negará más tarde una cátedra en la universidad de Bonn por su profesión de ateísmo.

El escaso vigor metafísico de Marx le impedía analizar con justeza su propia situación y entorno y vio siempre la religión como indisoluble del trono, de la monarquía, del Estado; es decir, unida a sus enemigos. Si él, se encuentra al lado de acá, pone la religión al lado de allá, en la acera de enfrente. De modo que si Marx es comunista y su enemigo el capitalismo, la religión habrá de ser por fuerza capitalista; si él se considera progresista, la. religión será reaccionaria. Como veremos, sus críticas a la religión proceden de simplificaciones casi inauditas. Ya en su tesis de doctorado sobre la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro, presenta la religión como alienación del hombre y una filosofía -la suya- que no se esconde para decirlo: asume la profesión de Prometeo; «en una palabra ¡tengo odio a todos los dioses!». Y Marx, en su filosofía, será fiel a este principio tan poco filosófico que es la visceralidad, el sentimiento; la voluntad, en definitiva, pasará por encima de la razón y le impondrá a ésta postulados que no resisten ni la crítica del sentido común ni la de una filosofía rigurosamente fundada en la realidad de las cosas y de la historia.

Se hallan en Marx tres argumentos fundamentales con los que pretende haber arruinado los cimientos racionales del fenómeno religioso, calificados respectivamente de «crítica psicológica», «crítica sociológica», y «crítica dialéctica».

LA CRÍTICA SOCIOLÓGICA

Examinemos en primer lugar la crítica más eficaz en las reuniones públicas -la más débil también a la reflexión- que consiste en determinar el papel social de la religión. Ya Feuerbach había sostenido que la idea de Dios es una proyección fantástica que el hombre hace de su propia esencia, esto es, una alienación mental del individuo humano por la cual atribuiría a un ilusorio Ser supremo lo que de «divino» e «infinito» tiene en sí mismo. Marx refrenda, pero también corrige la explicación de Feuerbach a quien reprocha el referir la religión al individuo, cuando en rigor sería un «producto social», reflejo del estado de una sociedad y no de un individuo (como acontecía en Feuerbach).

Según Marx, la religión al prometer el paraíso en la otra vida y predicar la paciencia y la resignación en este mundo, aparta al hombre del esfuerzo por mejorar su suerte en la tierra. Por eso, dice, «la verdadera felicidad del pueblo exige la supresión de la religión en cuanto felicidad ilusoria del pueblo»; «ilusoria» por cuanto no cambiaría nada la situación del hombre. De ahí que se tilde al creyente de desertor de esta tierra y a la religión de «reaccionaria», «conservadora», «opuesta al progreso de la humanidad».

Una vez puestas tales bases, Marx se lanza a desprestigiar toda religión, aunque sus afirmaciones tengan que chocar frontalmente con los datos históricos más verificables. «Los principios sociales del cristianismo -afirma en La sagrada familia, con toda gratuidad- han justificado la esclavitud antigua, glorificando la servidumbre medieval, y cuando llega la ocasión, actualmente, saben justificar el proletariado, aunque con un aire aparentemente contrito. Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de una clase dominante y de una clase dominada... Los principios sociales del cristianismo trasladan al cielo la compensación de todas las infamias, y de este modo justifican la perpetuación de estas infamias sobre la Tierra... como justo castigo del pecado original... (como) tribulaciones impuestas por el Señor. Los principios sociales del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de sí mismo, la humillación, la sumisión, la humildad: es decir, las cualidades de la canalla. El proletariado que se niega a dejarse tratar como canalla -continúa Marx- necesita todo su coraje, de la propia estimación, de su orgullo, y de su gusto por la independencia más que de su pan. Los principios sociales del cristianismo son cautelosos; el proletariado es revolucionario (K. Marx, La Sainte Famille, trad. Molitor, Oeuv. phil. Costes, t. lll, pp. 84-85).

Cuando se leen párrafos como éste, uno se pregunta si vale la pena seguir ocupándose del marxismo. Sin embargo se siente obligado a ello cuando piensa que el «duende» marxiano sigue subyugando a tantos que todo lo someten a crítica excepto los dogmas materialistas y anticristianos. Aún, ahora, después de la irreversible disolución del marxismo, quedan en el aire acusaciones semejantes (Nietzsche, si cabe, las aumentó). Ninguna afirmación de las que acabamos de transcribir es sostenible si no es la de que el cristianismo predica la humildad –que, por cierto, en cristiano, se define como «andar en verdad»- y la prudencia. Al cristianismo le debemos precisamente la condena de la esclavitud y la progresiva liberación de los esclavos en Occidente. Es en el cristianismo -y no en el marxismo- donde se ha-profundizado en el concepto de libertad personal, individual, de la persona concreta de carne y hueso; y se ha reconocido el valor de la persona (singular) frente a los materialismos -también el marxista- que la presentan como un mero producto de la materia, no más que como un ilustre simio sometido a las necesidades de la especie. En ningún documento cristiano se encontrará la afirmación de que deban existir clases dominadas y dominantes ni justificación alguna de las infamias. Lo que enseña el cristianismo es que el hecho de sobrellevarlas sin odio, por amor a Dios y al prójimo, hallará recompensa en el cielo. El cristianismo enseña que el Señor tolera las infamias que se infieren a los buenos, porque en su omnipotencia sabrá sacar de ellas bienes para éstos; ni las quiere Dios ni manda permanecer con los brazos cruzados: lo que sí hace es prohibir aquellos medios intrínsecamente malos y que, por consiguiente, no pueden justificarse aunque se pusieran para conseguir un buen excelente. El cristianismo exige la valentía de dar la vida -si fuera menester- confesando la verdadera fe. El cristiano no desprecia más que el pecado; ni se desprecia a sí mismo ni puede despreciar a pecador alguno...

Pero a Marx no le parece importar la verdad, sino su verdad. O tal vez no se ha preocupado de mirar un poco más allá de una perspectiva doméstica o «provinciana». Marx se desentiende de si la religión se justifica racionalmente o no, o de la posibilidad de que haya alguna religión revelada por el mismo Dios. Marx ha decretado que Dios no existe; por lo tanto ha de buscarlas raíces del universalísimo fenómeno religioso en las únicas condiciones que reconoce, esto es, en las condiciones materiales de existencia y, más concretamente; en las condiciones económicas.

Lo primero que cabe objetar a Marx es, por consiguiente, que su argumentación tiene un mal comienzo: el de presuponer -a priori, sin previa indagación- que Dios no existe, sin atender tampoco a los argumentos en favor de la existencia de Dios tal como han sido desarrollados por los más destacados pensadores a lo largo de más de veinte siglos (como veremos más adelante, Marx aludirá a ellos, pero desfigurándolos previamente).

En segundo lugar, cabría señalar que el criterio que guía a Marx en su crítica a la religión es el de la utilidad social. En rigor, Marx no se pregunta si hay Dios, sino si es útil o perjudicial que los hombres crean en Dios; y responde con la segunda alternativa: Marx comete pues varios errores: reduce la religión a un fenómeno social y afirma que es perjudicial para la sociedad.

Pero aun tomando como criterio de certeza el de la utilidad, no es legítimo negársela a la religión y mucho menos a la religión católica. Cualquier historiador imparcial sabe del enorme influjo del cristianismo en el orden de los más preciados valores que hoy son estimados en la civilización occidental. Sin embargo, insisto, la cuestión primera no es si la religión es útil o no, sino más bien si es verdad o no que hay Dios personal al que el hombre deba corresponder con amorosa adoración. Al estar bien probado que esto es así queda además claro que la religión no puede reducirse a una forma social, puesto que, ante todo, impone una relación personal entre el hombre y Dios. Reconocerse criatura –en dependencia esencial al Creador-, no es humillación alienante, de esclavo que renuncia a su dignidad de persona, sino reconocimiento agradecido de una dignidad incomparable, muy superior a la que tendría si se tratara solamente de un simio evolucionado. El cristiano sabe, además, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, de modo que su trato con el Creador no es el de un siervo, sino el de un hijo amadísimo, abierto a una «amistad» entrañable con el Amor infinito que es Él. Esta relación de filiación gozosísima, le permite comprender, con una profundidad insospechada para el incrédulo, que es en verdad y con fundamento inquebrantable hermano de todos los hombres, hijos de un mismo Padre. Así, toda persona merece un respeto que se diría infinito, aunque se trate de un enemigo, incluso si se llama Karl Marx. Éste, por lo demás, es el único fundamento capaz de crear la conciencia de una verdadera fraternidad universal (la existencia de un Padre común), manifestada en el empeño por la consecución de un orden social en el que impere no sólo la estricta justicia, sino lo que va más allá de todo lo estrictamente debido: el amor «con obras y de verdad». Un cristiano puede dejar incumplidas las exigencias de su fe, pero este hecho no autoriza a negar la «utilidad» de la verdadera religión, su espíritu potenciador del progreso hacia formas sociales cada vez más justas y dignas de la persona. Aun desde este parcial punto de vista, debiera entenderse que si se pretende un justo orden social, lejos de combatir la religión, el mejor camino comienza con la invitación a los cristianos a ser cada día más consecuentes con su fe.

Sólo puede acusarse a la religión de «reaccionaria» cuando se pretende que el progreso social no puede lograrse más que por la revolución violenta y bajo la forma del comunismo materialista. El cristianismo - frente al comunismo- defiende la propiedad privada por muy sólidas razones que se fundan precisamente en algo que desconoce el materialismo dialéctico: la dignidad de cada persona humana en singular (no ya del «hombre genérico») y su derecho a disponer en propiedad (no como un préstamo del Estado o de la comunidad política) algo más que su cepillo de dientes: aquellos bienes convenientes para llevar -con los suyos-, una vida conforme a la dignidad que le es propia.

La Iglesia no es «conservadora» ni «progresista»; trasciende estas categorías, porque su fin esencial es sobrenatural: la salvación eterna de los hombres, sin desentenderse, al contrario, de su modo de existir en el mundo. Cumpliendo fielmente su fin hará indirectamente la más eficaz labor en el orden social, despertará la responsabilidad de los fieles con vistas al servicio que han de prestar -desde muy diversas opciones temporales- a sus hermanos del mundo entero.

LA CRÍTICA PSICOLÓGICA

Los «clásicos» del marxismo (Marx, Engels, Lenin) han buscado también el modo de desprestigiar la religión basándose en argumentos de tipo psicológico. Pretenden haber hallado el origen de la idea de Dios en determinados condicionamientos sociales. Engels se explica de la siguiente manera:

«Toda religión no es más que el reflejo fantástico en el cerebro de los hombres de las potencias externas que dominan su existencia cotidiana, reflejo en el que las potencias terrestres adoptan la forma de potencia supraterrestres. Al comienzo de la historia son primeramente las potencias de la naturaleza las que están sujetas a ese reflejo y las que, al continuarse el desarrollo, adquieren en los diferentes pueblos las personificaciones más diversas y variadas..: Pero ocurre que, enseguida, junto a las potencias naturales, entran en acción asimismo las potencias sociales, potencias que se alzan frente a los hombres y que les son igualmente extrañas y, al principio, igualmente inexplicables, dominándoles con la misma apariencia de necesidad natural que las fuerzas de la naturaleza.,. En una fase más avanzada de la evolución, el conjunto de los atributos naturales y sociales de los numerosos dioses se deposita en un solo Dios todopoderoso y que no es en sí una vez más, otra cosa que el reflejo del hombre abstracto. Así es como nació el monoteísmo que, en la historia, fue el último producto de la filosofía griega vulgar y ya en su ocaso y que halló su encarnación, ya de antes preparada, en el Dios nacional exclusivo de los judíos, Yavé. Bajo esta forma cómoda -continúa Engels-, manejable y susceptible de adaptarse a todo, la religión puede subsistir como forma inmediata, es decir, sentimental, de la actitud de los hombres respecto a las potencias extrañas, naturales y sociales que les dominan, mientras los hombres están bajo la dominación de estas potencias» (Engels, en Anti Dühring, pp. 355-356) .

Engels incurre en el error extendido en su tiempo, de admitir sin crítica la hipótesis que establece el politeísmo como anterior o previo al monoteísmo. Una hipótesis que nunca ha sido probada, antes bien parece definitivamente desmentida por las investigaciones iniciadas por el etnólogo y lingüista Wilhelm Schmidt (1864-1954) que han puesto de manifiesto la existencia de un monoteísmo primordial en el conocimiento y veneración de un Ser supremo, fácil de hallar en numerosos pueblos primitivos. Pero la crítica radical que merece la hipótesis sostenida por Engels la haremos un poco más adelante. Veamos antes los matices y las intenciones que cobra el argumento en los textos marxistas.

Cuando la mente humana cae en la trampa del materialismo, se ciega para toda realidad de rango superior a la materia y todo habrá de explicarlo a partir de realidades materiales, aun lo irreductible a ellas, como la mente, que el marxismo considera como una mera secreción del cerebro. Toda realidad superior habrá de ser negada a priori, pero al mismo tiempo se pretende presentar esa negación como «científica», aunque para ello haya que forzar las experiencias más claras e inmediatas. Es claro que el conocimiento más o menos razonado -según los tiempos y los pueblos- de la existencia de un Ser supremo, de una ley natural, de una dignidad inherente a la persona humana, etcétera, son cosas todas ellas sin sentido en una concepción materialista del universo (y por lo tanto, en el marxismo). La religión entonces -sobre todo si contiene la plenitud de la Verdad- se presenta como principal enemigo. La religión, por el mero hecho de afirmar el respeto debido a la persona en sí -y, en consecuencia, por ejemplo, la defensa de la vida del inocente por encima de la utilidad social, la defensa del derecho a la propiedad privada y la condenación del odio negador de tal dignidad- habrá de ser necesariamente combatida; habrá que luchar ante todo por barrer de la conciencia de los hombres la idea de Dios, de la fraternidad universal (sustituyéndola por la idea de una camaradería vinculante tan sólo con los miembros del Partido), la idea de un más allá de la historia temporal y la vida eterna. Todas estas cosas deben ser negadas -no hay alternativa- si se quiere poner en marcha una revolución que significa lucha de clases -odio a muerte a ciertos hombres-; obediencia incondicional al Partido que, para ser eficaz en la práctica -la utilidad es el único criterio de verdad y bondad-, ha de tener en su poder la posibilidad de disponer de la vida de las personas. Puesto que éste es el camino obligado y proclamado en el marxismo, es también obligado combatir la religión. Esta obligación no es accidental sino sustancial a esa doctrina, aunque bastantes creyentes -ingenuamente- estuvieron persuadidos de que se podía aprovechar «lo positivo» del marxismo y unirse a él para conseguir una sociedad más justa. Ahora bien, la doctrina y la praxis marxista, lo que ha conseguido –también cuando se ha unido a cristianos- ha sido la progresiva desaparición del sentido religioso; ha favorecido siempre la lucha contra la religión; ha introducido donde no la había la lucha de clases, empobreciendo a todos (salvo unos pocos de la clase marxista dominante), impidiendo el desarrollo de los pueblos, anulando el sentido de responsabilidad personal (consecuencia inevitable del colectivismo), eliminando el sentido positivo del trabajo (tratado también como «alineación), en fin, arrasando los valores más preciados de la cultura occidental: el valor de la verdad y –solidario- el valor de la libertad. La caída del muro de Berlín en 1989, ha sido la gran revelación al mundo de lo que es capaz de arrasar un régimen marxista de ochenta años de duración.

Para que el materialismo dialéctico tuviera aceptación, también entre los intelectuales, ha debido presentarse con un ropaje científico. Le era necesario hallar alguna explicación de la constante histórica de la religión en la inmensa mayoría de los hombres de todos los tiempos. La razón había de hallarse en los mismos axiomas marxistas. La «luminosa idea» marxista concibió la identificación de la raíz del sentido religioso con la raíz de la miseria material, económica, que se debería sobre todo al capitalismo. Por eso dice Marx: «Luchar contra la religión es, en consecuencia, luchar indirectamente contra el mundo del cual la religión es arma espiritual» (en Crítica a la filosofía de Derecho de Hegel). Una vez más, Marx vincula intrínsecamente la religión al capitalismo, como aliados incondicionales. Marx no tiene en cuenta que la verdadera religión predica el desprendimiento –que es libertad y señorío- de las cosas de la tierra y que, por otro lado, hay bastantes capitalistas ateos y, por consiguiente, materialistas. Pero Marx nos dice que «la miseria religiosa es, al mismo tiempo, expresión de la miseria real y de la protesta contra esta miseria» (Ibid.). «Expresión» (de la miseria real), porque -según Marx- el hombre que se encuentra en una situación dependiente hipostasía instintivamente el poder material del que depende bajo la forma de divinidad trascendente, y «protesta». Así, el hombre que es desgraciado en esta tierra proyecta su sed de felicidad al otro mundo, y se esfuerza en atenuar su sufrimiento presente imaginándose una felicidad futura. Esta es la interpretación marxista que permite aseverar que una vez suprimida la miseria quedaría suprimido todo poder superior al hombre y su «reflejo fantástico» se desvanecería por sí mismo: el hombre sería para sí mismo, Dios. Engels añade con optimismo: «Este proceso está ya tan adelantado que puede considerarse como terminado» (en Anti-Dühring, p. 380). Pero los datos, como es bien sabido, son tercos.

Cosa curiosa es que el marxismo creyendo que infaliblemente la religión desaparecerá por sí sola al cumplirse las condiciones económico-sociales de la sociedad comunista, hasta el punto de esfumarse del planeta la misma idea de Dios, a pesar de ello, se presenta como activo combatiente contra la religión, tanto en la teoría como en la práctica. En la teoría, puesto que -según Marx- «la crítica de la religión es virtualmente la crítica del valle de lágrimas del que la religión es aureola... La crítica de la religión, por tanto, hace que el hombre piense, actúe, cree su realidad, como un hombre desengañado, dueño de su razón, con el fin de que se mueva a su alrededor, alrededor de sí mismo, su verdadero sol» (en Crítica a la Filosofía del Derecho).

La actitud ante la religión en el mundo marxista es inequívoca, inalterable en la teoría y de hecho inalterada: «El marxismo es el materialismo, dice Lenin. Por este mismo título, es implacablemente hostil a la religión, como lo era el materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII o el materialismo de Feuerbach... Pero el materialismo dialéctico va más lejos que los enciclopedistas o que Feuerbach... Debemos combatir la religión. Esto es el abecé de todo materialismo; por tanto, del marxismo. Pero el marxismo va más lejos. Dice: es necesario saber luchar contra la religión, y para esto es necesario explicar, en el sentido materialista, las fuentes de la fe y de la religión de las masas». La actitud está clara, la intención también; y los métodos, para el que conozca la moral marxista son muy previsibles.

Lenin insiste en hacer crítica de la religión apoyándose en razones de tipo psicológico: «La religión es un aspecto de la opresión espiritual que siempre y en cualquier parte pesa sobre las masas agobiadas por el trabajo perpetuo en provecho de los demás, por la miseria y la soledad. La fe en una vida mejor en el más allá nace asimismo de la impotencia de las clases explotadas en lucha contra los explotadores y tan inevitablemente como -de la impotencia del salvaje en lucha contra la naturaleza, nace la creencia en las divinidades, en los diablos, en los milagros, etc. Olvidar que la opresión religiosa de la humanidad sólo es reflejo de la opresión económica en el seno de la sociedad sería dar prueba de mediocridad burguesa» (Lenin, De la religión). Podría replicarse: ¿y qué prueba esa calificación -mediocridad burguesa- sobre la verdad o falsedad del discurso precedente?

En resumen, según el marxismo, la idea de Dios es la proyección en un ser fantástico de las fuerzas físicas y sociales que dominan al hombre, de modo que la idea desaparecerá en el momento en que se llegue a un dominio tal de la naturaleza - la ensoñada sociedad comunista - que ya sea inútil la idea de Dios.

La primera observación que cabe hacer a esta hipótesis indemostrable es que el origen psicológico de una idea no permite emitir el menor juicio sobre su objetividad, es decir, sobre su correspondencia a la realidad que pretende representar. El origen y la objetividad de una idea constituyen dos problemas diferentes y deben tratarse por separado. Cuando en la mente surge una idea, poco importa saber cómo se formó para calificarla de verdadera o falsa. Sólo hay una especie de ideas cuyo origen tiene valor de comprobación; son las ideas puramente empíricas, es decir, las que se obtienen directamente de la experiencia sensible. Al reflexionar sobre lo que se ha percibido, la experiencia es simultáneamente fuente y garantía de la autenticidad de la idea. En los demás casos no hay relación necesaria entre su génesis y su verdad. Por tanto, el origen de la idea de Dios -Ser que no se encuentra en el ámbito de nuestra experiencia sensible- no es un dato relevante en vistas a probar su objetividad. De hecho se sabe que la idea de Dios se halla en hombres de todo tiempo, de toda cultura, de toda condición social, económica, etc. A unos les llega por tradición, a otros por intuición, a otros, por vía de rigurosa demostración racional. Cierto que puede influir en la génesis de la idea de Dios el sentimiento de dependencia y también el miedo. En rigor todo «lo que es» puede ser punto de partida para concluir en la existencia del Creador de todas las cosas. También, por supuesto, la experiencia del amor y de la bondad, el espectáculo de la naturaleza; también la materia, con su evidente insuficiencia para fundar toda la realidad conocida. Pero lo decisivo, insistimos, no es escudriñar las raíces vitales de la idea de Dios, sino averiguar si esta idea puede y debe ser admitida en el orden de la razón y servir al juicio afirmativo «Dios es».

Por otra parte cabe subrayar -como hace Ocáriz- que «es universalmente experimentable que la religión no es sólo ni principalmente un "consuelo" ante las miserias terrenas; hasta el punto que, por fidelidad a la religión, millones de hombres han aceptado libremente muchas "miserias", incluida la muerte, que se habrían ahorrado con sólo renunciar a la religión» (Ocáriz, F, Marxismo, ed. Palabra, p. 58) . Y tampoco faltan abundantes ejemplos de «víctimas de la opresión capitalista» que lejos de buscar refugio en la religión como consuelo de sus desdichas, se alejan de ella tristemente. El marxismo, con Marx, violenta las experiencias más claras con tal de que cuadren en sus postulados materialistas y revolucionarios.

Finalmente, baste referirnos al hecho, históricamente comprobable, de que el cristiano tiene su origen en una Persona, Jesucristo, que probó con milagros sin cuento que verdaderamente era el Hijo de Dios. Con su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección ha venido a ser fundamento inconmovible de la fe en el único Dios.

Digamos en descargo de Marx que no conoció de hecho más que superficialmente el fenómeno religioso, a través de las deformaciones que presentaba la sociedad luterana de la Alemania del siglo XIX.

Hegel se consideró a sí mismo el momento culminante de la Filosofía, su acabamiento. En Hegel, Dios era más un mito que otra cosa; lo que él llamaba Absoluto era algo en continuo devenir, que contenía en sí el ser y la nada, la eternidad y el tiempo. El Absoluto de Hegel no tenía nada que ver con el Dios cristiano –a pesar de algunas apariencias- y ya es lugar común que el «secreto» del sistema hegeliano es el ateísmo. Marx cometió la enorme equivocación de pensar que haciendo la crítica de la religión lutero-hegeliana criticaba la religión en sí. Desconocía toda la cultura religiosa anterior a Hegel y su ignorancia del tema explica la puerilidad de sus argumentaciones antirreligiosas. «Descubrir que el Dios de Hegel es una proyección fantástica del ser humano, no es en absoluto una crítica al verdadero Dios, al que puede llegar la razón humana bien empleada, precisamente a partir de la realidad del mundo, y conocido más perfectamente por la fe sobrenatural» (Ocáriz, F., El marxismo, p. 56).

Sus alusiones a los argumentos tradicionales demostrativos de la existencia de Dios, muestran que ni siquiera roza el fondo de la cuestión, al mismo tiempo que manifiesta la ignorancia y errores científicos difundidos en su tiempo. Marx piensa, por ejemplo, que «un duro golpe ha sido dado a la creación por la geognosia, es decir, por la ciencia que ha presentado la formación de la tierra, el devenir de la tierra como un fenómeno de generación espontánea. La generación espontánea es –dice - la única refutación práctica de la teoría de la creación». Si esto fuera así, podríamos estar bien tranquilos los creyentes. Marx no sabía seguramente que insignes pensadores cristianos habían considerado, muchos siglos atrás, la posibilidad de que la hipótesis de la generación espontánea -creencia antigua de la India, Babilonia y Egipto- fuera cierta. Y sin embargo, no vieron en ella una dificultad para admitir y demostrar la existencia de Dios, pues bien hubiera podido ser que la generación espontánea fuera un querer divino.

Marx, Engels, y en general los que no han estudiado el tema, piensan que las pruebas tradicionales de la existencia de Dios se basan en la presunta necesidad de explicar el comienzo del universo; que el punto de partida de la demostración está en el «comienzo» del universo, como si el dilema fuera: «¿ha sido creado el mundo por Dios o existe desde la eternidad?». Sin embargo, Tomás de Aquino, el que –en la línea de la mejor tradición de los clásicos- ha mostrado con mayor rigor los caminos para llegar a la demostración racional de la existencia de Dios, no tuvo inconveniente en afirmar que racionalmente no se puede demostrar que el mundo no sea eterno. Para Santo Tomás, sabemos que el universo no es eterno sólo por la fe, no por la filosofía racional. Sin embargo, el santo de Aquino, demuestra rigurosamente la existencia de Dios partiendo de la insuficiencia actual del mundo para justificar su propia existencia, prescindiendo del tema del comienzo. Es decir, la prueba remonta directamente a las causas que actualmente se requieren -no a las que en el comienzo fueron requeridas- para fundar su existencia. Porque no ya el comienzo del universo, sino el comienzo y la conservación de cada uno de los entes, por insignificante que sea, postulan la existencia de una Causa primera, trascendente al mundo, omnipotente, creadora y conservadora de todas las cosas que de algún modo son.

El marxismo, se declara antimetafísico; huye, en consecuencia, del uso de la razón para continuar con un discurso riguroso la experiencia sensible, se ciega a sí mismo para comprender tales cosas, y al tiempo se desautoriza para una crítica válida de lo que acríticamente -a priori- ha querido negar.


LA CRÍTICA DIALÉCTICA A LA RELIGIÓN

Finalmente, veamos una tercera vía que recorre el marxismo para concluir en la negación de Dios y de la religión; se ha denominado «crítica dialéctica», quizá la más necesaria para el marxista desde el punto de vista lógico, dados los presupuestos ideológicos de los que parte en la construcción de su sistema.

El marxismo cree que la religión debe ser suprimida atendiendo a la naturaleza misma de la religión, que viene calificada de «alienación». Palabra ambigua, ciertamente, en los diversos textos y contextos marxistas, pero, para lo que hace al caso, quiere significar lo opuesto a autonomía, libertad, independencia. Se presume que el hombre religioso renuncia al dominio de los propios actos y pone en manos de un ser «otro», ajeno, extraño, el dominio absoluto de la propia vida. En otras palabras, la «alienación religiosa» consiste -según Marx- en poner en Dios -un ser «fantástico y extraño» forjado por el hombre- el fundamento y la razón de la propia vida. De esta manera -entiende el marxismo- el hombre pierde su independencia, porque «un ser no se considera independiente más que cuando es su propio amo y no es su propio amo más que cuando a sí mismo debe su existencia. Un hombre que vive por la gracia de otro se considera dependiente [nada más cierto y obvio, podríamos añadir]. Pero yo vivo -continúa el marxista- completamente por la gracia de otro cuando no solamente le debo el sostenimiento de mi vida sino que, además, es él quien ha creado mi vida, quien es la fuente de mi vida y mi vida tiene necesariamente una razón fuera de ella ya que no es mi propia creación». A todo esto añade Engels: «La religión es el acto por el cual el hombre se vacía a sí mismo; por esencia, la religión vacía al hombre y a la naturaleza de todo su contenido, transfiere este contenido al fantasma de un Dios en el más allá...». Esta es la afirmación más grave del marxismo, la que presenta mayor alcance; es la crítica a la esencia misma de la religión, presentada como negadora de la esencia humana. La negación de Dios es, en el marxismo condición necesaria de la afirmación del hombre [coincidencia plena con el existencialismo de J. P. Sartre].

Una vez más vemos hasta qué punto llega la oposición marxismo-cristianismo. El marxismo se presenta como un «humanismo» (en el fondo, como una mística de salvación), con un sí incondicional al hombre. Es preciso recordar ahora que el «hombre» que cuenta en el mundo marxista no es el hombre singular, sino «el hombre genérico», es decir, en fin de cuentas, ese ente tan difícil de señalar con el dedo que es la «colectividad», a la que el hombre singular ha de someter y sacrificar su vida hasta el holocusto. El marxismo -no se olvide-- no viene a afirmarme a mí al otro, ni a éste ni a aquel «proletario» en concreto, sino, en rigor, a una abstracción, al hombre en general (que poco tiene que ver con el de carne y hueso), puesto que el hombre soñado por el marxismo es un hombre sin alma (sin alma inmortal y estrictamente espiritual y por lo tanto portadora de valores eternos, de derechos inalienables).

En su crítica dialéctica, Marx y Engels son deudores de los materialistas de su época. «La cuestión de saber si hay o no un Dios -había escrito A. Lévy, traduciendo él pensamiento de Feuerbach-, la oposición entre el deísmo y el ateísmo, pertenecen al siglo XVIII y XVII no al XIX». Se niega por tanto el mismo planteamiento de la cuestión; se rechaza la misma pregunta. Marx asegurará, por su parte, que, en efecto, en el soñado mundo comunista las condiciones (socio-económicas) serán tales que ni siquiera se planteará la cuestión de la existencia de Dios. De ahí, seguramente, el poco interés que tuvieron él y los materialistas de su tiempo, en examinar las pruebas que han ido surgiendo a lo largo de la historia sobre la existencia de Dios. No las pudieron entender porque no les prestaron atención alguna; no las tomaron en serio.

«Niego a Dios -continuaba A. Lévy- quiere decir para mí: niego la negación del hombre; a la posición fantástica, ilusoria del hombre, sustituye la posición sensible, real, cuya consecuencia obligada es la posición política y social del hombre. La cuestión de la existencia o de la no-existencia de Dios es precisamente en mí la cuestión de la no-existencia o de la existencia del hombre». También el contemporáneo de Marx -sociólogo francés- P. J. Proudhon, se expresa en términos semejantes: «yo digo: el primer deber del hombre inteligente y libre consiste en expulsar constantemente de su espíritu y de su conciencia la idea de Dios. Ya que Dios, si existe, es esencialmente hostil a nuestra naturaleza... Alcanzaremos la ciencia a pesar suyo; la sociedad, a pesar suyo: cada progreso nuestro es una victoria en la que aplastamos a la divinidad».

Marx concluirá que la fe en Dios priva al hombre de la conciencia de su grandeza y le esclaviza; que la liberación exige la muerte de Dios. Dios o el hombre, he aquí el dilema que pone también el existencialismo ateo; hay que escoger entre los dos. «El ateísmo -dice Marx- es la negación de Dios y, mediante esta negación de Dios, plantea la existencia del hombre». Y así Marx ya puede decir que el hombre es para sí mismo «el verdadero sol», y hacerse eco de la tremenda afirmación de Feuerbach: «homo homini Deus», el hombre es Dios para el hombre; el hombre es el Ser supremo.

No es difícil descubrir la debilidad de la más «profunda» de las críticas marxistas a la religión. El ateísmo marxista ha sido construido sobre la base de considerar resuelto el problema de entrada. El marxismo cree que no hay Dios. El cristiano, en cambio, puede encontrarse poseyendo la fe como un don, pero luego se preguntará: ¿es posible demostrar racionalmente la existencia de Dios? Y comprobará que sí. El marxismo, en cambio, partirá de que «Dios no existe» y, cuando pretenda convencer a los demás de la hipótesis construirá una caricatura de la religión y dirá: eso que veis ahí no puede ser verdad. Toda la fuerza psicológica del argumento dialéctico está en presentar un falso dilema: o Dios o el hombre, sobre la base de una caricatura de Dios en la que resulta de todo punto irreconocible: un Dios hostil, negador del hombre, nunca afirmado, al menos en la tradición judeo-cristiana. Es evidente que si Dios existe el hombre depende enteramente de Dios y le debe su vida entera. El marxismo supone que la condición creatural atenta a la dignidad, libertad y autonomía humanas; son origen de inevitable alienación o enajenamiento.

Mucho cabría oponer a esa crítica que se nos ofrece de la religión. En primer lugar cabría decir que ningún hombre de fe cristiana se siente enajenado cuando se dirige a Dios. Vivir en Dios y para Dios no es vivir «fuera de sí», en o para un ser extraño que trata de anularme. Dios es justamente el Ser que me permite ser, que me hace ser, que crea y conserva –por tanto ¡defiende!- mi personalidad y mi libertad; es el Ser que me es más cercano, el que me es «más íntimo a mí que yo mismo». Huir de él sería -entonces sí- huir de mí mismo, puesto que si Dios no es yo, es en efecto fundamento y «fuente» de mi ser. Y si Él me ha creado, Él es el primer interesado -el primero, antes que yo mismo- en mi realización, en que yo alcance la plenitud de mis posibilidades humanas, el primer defensor de mis derechos irrenunciables ante los demás. Todas estas certezas están incluidas en la noción de hombre como criatura de Dios. La Sagrada Escritura se goza afirmando el respeto con que Dios trata a la criatura: «cum magna reverencia disponis nos» (Sab., 12, 18), Dios nos gobierna con un respeto infinito. Cierto que Dios ha de «juzgar» a todos los hombres, premiar a los buenos, castigar a los malos. Pero no sería «justo» juzgar a Dios como si no tuviera derecho a ser Él mismo infinitamente «justo», cuando se está hablando en el contexto, de instaurar en la tierra la « justicia» social. Lo que sucede, sin embargo, es que en el «sistema» marxista la virtud no tiene cabida. En consecuencia tampoco se contempla la justicia como necesaria virtud perfectiva de la persona singular, sino como bandera.

El gran dilema marxista –Dios o yo- sólo tendría sentido en la absurda hipótesis del «homo homini Deus», que el hombre hubiera de ser Dios para el hombre. Pero si al margen del «hombre genérico» o clectivo, atendemos al hombre singular y concreto, ¿a qué hombre divinizamos? ¿A César, a Hitler, a Stalin...? ¿a todos? El problema se embrolla solo, nos encontraríamos en una pluralidad inconmensurable de dioses. Serían demasiados. Afortunadamente sólo cabe -por definición- un «Ser supremo». ¿Quién va a ser el sujeto de esa soberanía? Es fácil decir «el proletariado». Pero ¿quién es el «proletariado»?, ¿tiene nombre y apellidos?, ¿tiene conciencia?, ¿tiene sabiduría infinita?, ¿tiene el arte de la justicia perfecta? Muchos otros interrogantes --infinitos interrogantes- se abrirían en tal hipótesis.

Por lo demás, si el hombre no es criatura de Dios, ¿de quién es criatura? El marxismo responde: el hombre se crea a sí mismo mediante el trabajo. Pero ahí hay un círculo vicioso evidente. Nadie da lo que no tiene. Un «ser» que todavía «no es» no puede «darse el ser». Sólo cabe acudir a una serie indefinida de padres hasta llegar al simio o cosa parecida. Este sería el fundamento de la «dignidad» humana. Frente a la dignidad de los hijos de Dios se pretende alzar la dignidad de los hijos de la materia. Pero ¿a qué puede obligar tal dignidad? El respeto que puede merecer la persona humana no es mucho mayor que el respeto que merece un simio, en el supuesto materialista. La única función del simio es servir a la especie; carece de valor y dignidad singulares; sólo puede valer en función de la especie. Exactamente es lo que ha acontecido y acontece en el mundo comunista. La persona singular, en rigor, no cuenta; por ello puede ser torturada, eliminada o enclaustrada en un hospital psiquiátrico para disidentes, por inocente que sea, en beneficio del «hombre genérico», es decir, de la colectividad que, en la sociedad comunista, no tendría otra misión que satisfacer sus necesidades materiales (vivir, pues, como perfectos burgueses) y perpetuarse en la historia. Eso es todo, en la soñada sociedad comunista. No convence el comunista cuando habla de «dignidad» para decretar que Dios no debe existir. Como tampoco ha de concedérsele el derecho de invocar la «libertad», cuando profesa una fe ciega en el «materialismo dialéctico», que incluye la fe en el determinismo universal, es decir, la negación de la libertad tanto en el sentido llano como en el filosófico de la palabra.

En resumen, las interpretaciones que el marxismo nos ofrece de la religión -esta es la ventaja y la debilidad de las mismas- permiten soslayar el valor de las pruebas de la existencia de Dios, es decir, de los argumentos y testimonios aducidos por los creyentes, a los cuales el marxismo desacredita por adelantado y, por así decir, le anula definiéndole peyorativamente como «reaccionario». Lenin se expresa de este modo: «Religión, iglesias modernas, organizaciones religiosas de todas clases, el marxismo las considera como órganos de la reacción burguesa al servicio de la explotación y del embrutecimiento de la clase obrera... Cualquier defensa, aun la más refinada, la de mejor intención, toda justificación de la idea de Dios, se reduce a justificar la reacción. Es significativo lo que dice Roger Verneaux, después de estudiar las críticas a la religión formuladas por el marxismo: «Observemos solamente que en ningún sitio se ve en los escritores ateos el más mínimo estudio sobre el sentido del Evangelio ni la menor crítica del testimonio (del verdadero testimonio cristiano). Como consecuencia, estimamos que las bases de nuestra fe no están ni mucho menos quebrantadas, puesto que ni siquiera han sido atacadas» (R. Verneaux Lecciones sobre ateismo contemporáneo, Gredos, Madrid, 1971, p. 106).

Epílogo

El marxismo –tributario de Hegel, su «Izquierda hegeliana»- se ha presentado con las atribuciones de un mesianismo profético. Éste ha sido uno de sus grandes errores y causa de su disolución como ideología omnicomprensiva. Hegel creyó que su sistema filosófico era tan perfecto que con él había llegado el fin de la Historia. Su prestigio era inmenso; fue un genio de la época romántica. «A veces se reunían trescientas personas venidas de toda Alemania para escuchar sus improvisadas respuestas. Sus discípulos le preguntaban: «¿Maestro, y después de usted, qué?». «Después de mí –sentenció el maestro- ¡la locura!». En Hegel la modernidad llegó a su cumbre, pero a la vez comenzó su crisis. El hegelismo como tal, pronto se disolvió. Sucede que la historia no está escrita, nunca estará realmente escrita, cerrada, porque existe un factor de novedad imprevisible: la libertad, con el que no puede contar ningún determinismo, sea idealista de la Derecha, sea de la Izquierda (materialista) hegeliana, como Karl Marx. La vida sigue y la verdad como la libertad no se dejan apresar por sistema alguno, por ninguna ideología. La libertad y la verdad –estrechamente solidarias- no son una producción del hombre sino el gran don del Creador y -más tarde o más temprano-, la mente humana se da cuenta de que todo lo valioso que posee o puede poseer tiene su origen en un don que no puede haberse dado a sí mismo. Por lo mismo se ha dicho que el hombre no es que «tenga» religión, sino que «es» religión. Y siendo así, sucede como cuando se aplasta con el pie una cámara de aire o se aprieta un globo con la mano: la cubierta puede ceder en un punto más o menos grueso, pero la cámara se ensancha por otro lado. Se puede aplastar la religión en la Unión Soviética. Parece que se ha terminado, no se oye su clamor. Se cae el muro y el sentido religioso resurge de forma insospechada. Europa se descristianiza (aunque vive a expensas de los valores cristianos), y a la vez países de África, de América, de Asía, de Oceanía, manifiestan una vitalidad religiosa inesperada. Un Papa achacoso, cuya voz apenas es audible con un gran megafonía, cuyo pulso tiembla de Parkinson y con la cadera machacada, es el líder mundial con mayor capacidad de convocatoria entre la gente joven...