jueves, 11 de agosto de 2011

Una corrección interesante

Hoy mientras trataba de ponerme al día con algunos de los blogs tradis que me gusta visitar de tanto en tanto encontré este artículo, breve e inteligente en "La honda de David", sitio amigo de la FSSPX y ciertamente apologista de Monseñor Lefebvre.


El P. José María Iraburu y sus conceptos sobre los filo-lefebvrianos y otros lefebvrianos
Llego tarde para comentar este panfleto que nos lega el P. José María Iraburu en un lugar de la web de cuyo nombre no quiero acordarme.Sólo comentar lo siguiente: su argumentación -la que parece a todas luces extempóranea- se centra en que por encima de consideraciones subjetivas, se imponía a Mons. Lefebvre el respeto de la voluntad del Papa (en ese entonces Juan Pablo II) mediante el cumplimiento de las normas canónicas. El no hacerlo implicaba, según el autor del panfleto, incurrir en "cisma".Lo que olvida el P. Iraburu es que es el mismo Código de Derecho Canónico (y no hablamos del de 1917 sino del vigente a la fecha de las consagraciones episcopales) es el que prevé por un lado el delito de cisma separado del de la usurpación de cargos eclesiásticos (amén de que en todo delito debe de haber un dolo del resultado que en este caso descontamos haya sido el de separarse de la obediencia al Papa), y por otro, las causales de justificación que hacen que la pena no deba aplicarse o deba aplicarse una menor. Se suele hablar mucho (y con mucha imprecisión) del "estado de necesidad" pero se olvida que en las circunstancias que comentamos también se reunían el miedo grave (el abondono de los fieles de la Tradición: recuerden la preocupación de Cristo por la "multitud": Mc 6, 30) y el evitar un grave perjuicio (la disolución de todas las obras de la Tradición elogiadas por el visitador del Papa): cánon 1324.5.En cuanto al "estado de necesidad" se sostiene la tesis de la necesidad de los sacramentos por el fiel tradicional. Esto es de capital importancia: si había derecho -sea por la Bula de S. Pio V, sea por no haberse nunca técnicamente abrogado la misa tradicional (recientemente reconocido por el Vaticano en "Summorum Pontificum")- a recibir la Misa en dicho rito, había concomitantemente deber de procurárselo a aquellos fieles que lo requerían. Ahora bien, esa necesidad queda satisfecha a través de sacerdotes fieles a la Tradición (así fue desde 1976) y los sacerdotes fieles a la Tradición nos vienen de los Obispos. Hasta el día de hoy, la Iglesia carece de un Obispo fiel a la Tradición que cumpla esa función en forma regular (y cuando decimos "fiel a la Tradición" decimos fiel al rito antiguo y a la doctrina de siempre).Es por eso que concluí hace tiempo ya que el estado de necesidad cesa cuando sea reconocido uno o más Obispos de la Tradición. Luego, eso no quiere decir que la crisis en la Iglesia vaya a finalizar, al contrario podría agravarse, porque -y ahí le damos la razón parcialmente al malhadado autor- la finalidad de la FSSPX es primeramente salvar a la Tradición y con ello ayudar a salvar a la Iglesia. Salvada la Tradición, los Sacramentos en su forma tradicional podrían ser administrados regularmente y no, como ocurre actualmente, en base al pedido de los fieles por una "causa justa": cánon 1335.Y, puesto que se pretende juzgar la conciencia de Monseñor Lefebvre o su mala información, cabe resaltar que aunque hubiese juzgado mal en su apreciación de la existencia de las causas de justificación antes aludidas, la creencia subjetiva de encontrarse frente a ellas implicaba que la pena a recaer debía ser menor a la impuesta: cánon 1323. 7 y cánon 1323. 4 o 5.Finalmente, recordarle al P. Iraburu que en las sanciones de excomunión no está comprometida la infalibilidad (sí, ya pasó con San Atanasio...) y sugerirle, no sea que se le seque el cerebro, la lectura en las Escrituras del pasaje de la curación de Jesús "violando el Sabbath" (Lucas 14, 1-6) y de paso, los pasajes escatológicos.

San Buenaventura


San Buenaventura (1218-1274)

por Juan Meseguer, o.f.m.

San Buenaventura –Juan de Fidanza– nació en Bañorea (Bagnoreggio), pequeña ciudad italiana en las cercanías de Viterbo. Un hecho milagroso ilumina su niñez como prenuncio de lo que sería su vida. Estando gravemente enfermo, su atribulada madre lo encomendó y consagró a San Francisco de Asís, por cuya intercesión y méritos recuperó la salud. Llegado a los umbrales de la juventud se afilió a la Orden fundada por su bienhechor, atraído, según el mismo Santo confiesa, por el hermoso maridaje que entre la sencillez evangélica y la ciencia veía resplandecer en la Orden franciscana. En las aulas de la universidad de París, a la sazón lumbrera del saber, escuchó las lecciones de los mejores maestros de la época a la vez que atendía con ardoroso empeño a su formación espiritual en la escuela del Pobrecillo de Asís. Sus bellas cualidades de mente y corazón, perfeccionadas por la gracia, le atrajeron la simpatía y admiración de sus maestros y condiscípulos. Alejandro de Hales decía que parecía no haber pecado Adán en Buenaventura. Durante un decenio enseñó en París con aplauso unánime. Y, cuando apenas contaba treinta y seis años, la Orden, reunida en Roma en Capítulo, le eligió por su ministro general el 2 de febrero de 1257.

A lo largo de dieciocho años viajará incansable a través de Francia e Italia, llegando a Alemania por el norte, y por el sur a España; celebrará Capítulos generales y provinciales y proveerá con clarividencia a las necesidades de la Orden, para entonces extendida por todo el mundo antiguo conocido, en cuanto a la legislación y a los estudios, y sobre todo en cuanto a la observancia de la regla, para la que señaló el justo término medio, equidistante del rigorismo intransigente y de la relajación condenable. Sus normas de gobierno son en lo substancial válidas aún hoy, después de siete siglos. Con toda razón puede llamársele en cierto sentido el segundo fundador de la Orden de Francisco de Asís, del que escribió, a petición de los frailes, una biografía, modelo en el género por la serenidad crítica, amor filial y arte literario que la hermosean.

Predicaba con frecuencia impulsado de su celo por el bien de las almas. Papas y reyes, como San Luis, rey de Francia, universidades, corporaciones eclesiásticas y especialmente comunidades religiosas de ambos sexos eran sus auditorios. Los papas le distinguieron con su aprecio, consultándole en cuestiones graves del gobierno de la Iglesia. Gregorio X (1271-76), que por consejo del Santo había sido elevado al sumo pontificado, nombróle cardenal, le consagró obispo él mismo y le retuvo a su lado para preparar el segundo concilio ecuménico de Lyón, en el que el Seráfico Doctor dirigió los debates y por su mano se realizó la unión de los griegos disidentes a la Iglesia de Roma. Fue el remate glorioso de una vida consagrada al bien de la Iglesia y de su Orden. Pocos días después, el 15 de julio de 1274, entregaba a Dios su bendita alma en medio de la consternación y tristeza del concilio, que se había dejado ganar por el irresistible encanto de su personalidad y por la santidad de su vida. El Papa mandó –caso único en la historia– que todos los sacerdotes del mundo dijeran una misa por su alma.

* * *

Si fue ingente la acción de San Buenaventura como hombre de gobierno, viendo los once gruesos volúmenes in folio de sus obras, hay que convenir que no fue inferior la que desarrolló en el aspecto científico. En los años de docencia en la universidad parisiense escribió comentarios a la Biblia y a las Sentencias de Pedro Lombardo. De la época de su gobierno nos quedan obras teológicas, apologías en que defiende la perfección evangélica y las Ordenes mendicantes de los ataques de sus adversarios, muchos centenares de sermones y opúsculos místicos; algunos, como el Itinerario del alma a Dios, son joyas inapreciables de la mística de todos los tiempos. En sus obras hallamos la síntesis definitiva del agustinismo medieval y la idea de Cristo, centro de la creación, y además la síntesis más completa de la mística cristiana. Todo ello presentado con claridad y precisión escolásticas, a la par que en un estilo armonioso y elegante como de maestro, no sólo en las ideas, sino también en el decir. Sobre todas las otras cualidades de que están sus escritos adornados resalta una peculiar fuerza divina que el papa Sixto IV descubre en sus obras que arrastra y enfervoriza a las almas. Es la unción espiritual que rezuman todas sus páginas. Y no podía ser de otra manera, ya que la ciencia bonaventuriana no es frío ejercicio de la inteligencia, sino sabiduría, sabor de la ciencia sagrada vivida y practicada. Es, pues, muy comprensible el influjo inmenso del magisterio del santo doctor en la posteridad. Ideas y estímulos han bebido a caño libre en sus páginas maestros de la espiritualidad y almas sedientas de perfección. También en nuestra patria han sido editados repetidamente sus opúsculos auténticos y aun los espurios, pero inspirados en su espíritu o compuestos con retazos de sus obras.

En medio de actividad tan desbordante el ministro general de la Orden seráfica fue ascendiendo por las vías de la santidad hasta su cumbre más cimera. No es solamente un teólogo que puede dar razón adecuada de los fenómenos místicos merced a los profundos conocimientos que de la ciencia sagrada posee. Es parejamente un varón experimentado, que ha vivido, por lo menos, algunos de los fenómenos que analiza. Se juntan, por tanto, en su persona ciencia y experiencia. Mas no vaya a creerse que, antes de pisar las alturas de la unión mística, no tuviera el Doctor Seráfico que mantener recias luchas consigo mismo y con sus torcidas inclinaciones. Nada más aleccionador que la Carta que contiene veinticinco memoriales de perfección, breve código ascético, de valor inestimable por lo que de autobiográfico encierra. Leyéndola se columbran los esfuerzos que hizo para desligar su corazón de todo afecto desordenado de las criaturas y lograr una extremada exquisitez de conciencia y se entrevén sus progresos en el ejercicio de las virtudes. Entre sus virtudes preferidas están la humildad y la pobreza, la oración, la mortificación y la paciencia. Una ingenua leyenda, no comprobada, nos le muestra lavando la vajilla conventual en el preciso momento que llegan con las insignias cardenalicias los enviados del Papa. Si el hecho no es real, simboliza exactamente la humildad del Santo en medio de los mayores éxitos y honores. En el desempeño de su cargo brillaron su prudencia, su humilde llaneza y amor de padre en atender a sus súbditos de cualquier categoría que fuesen. La piedad bonaventuriana es marcadamente cristocéntrica y mariana. Puso todo su empeño en imitar a Cristo, camino del alma. La Pasión sacratísima era el objeto preferido de sus meditaciones y amores seráficos. Todos los días dedicaba un obsequio especial a la Virgen Santísima y en honor suyo ordenó a sus religiosos que predicasen al pueblo la piadosa costumbre de saludarla con el rezo del Ángelus. Tenerle devoción equivalía para el Santo a imitarla en su pureza y humildad.

El papa Sixto IV le canonizó el año 1482. En 1588 le proclamó doctor de la Iglesia Sixto V, asignándole el título de Doctor Seráfico. El sapientísimo León XIII le declaró príncipe de la mística. Y Pío XII exhortaba recientemente a los cultivadores de las ciencias eclesiásticas con palabras de San Buenaventura a unir el estudio con la práctica y la unción espiritual.

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Grandiosa fue la actividad del Santo de Bañorea como sacerdote, como prelado y como sabio. Pero ni la ciencia ni la acción secaron su espíritu. Espoleado de abrasante amor a Dios y al prójimo, vivió una intensa vida interior, savia que empapaba toda su actividad de efluvios sobrenaturales. Secreto resorte de todo dinamismo sobrenaturalmente fecundo ha sido siempre una robusta vida interior. Es la lección perenne que el Santo nos brinda con las enseñanzas de su magisterio y el ejemplo de su vida. Es el camino que con gesto amable y persuasivo señala a las almas que no quieran dejarse arrastrar por este mundo ahíto de técnica, de adelantos, de prisas y velocidades supersónicas, amenazado, en cambio, de un espantoso vacío interior.

Juan Meseguer, O.F.M., San Buenaventura,
en Año Cristiano, Tomo III,
Madrid, Ed. Católica (BAC 185), 1959, pp. 121-125

lunes, 1 de agosto de 2011

Ratzinger: Jesús de Nazareth

Hace un tiempo recibí un e-mail donde se me pasaba un link con las herejías que aparecían en el libro Jesús de Nazareth II de Ratzinger, Pontífice de la Iglesia Conciliar. Decidí entonces esperar un poco antes de republicar el texto, sobre todo porque el autor del Blog "Amor de la verdad" tuvo algunos problemas con (como siempre pasa que uno publica algo de...) los hermanos Dimond.
Sinceramente no leí esta segunda parte, sino solo la primera y no puedo negar que Ratzinger tiene una pluma interesante y un razonamiento que merece se le de atención. He decidido, más allá de las posibles críticas que reciba de los Dimond y sus seguidores decidí colocar aquí el enlace a la traducción del texto en vez de realizar una selección del artículo. Remito a la fuente para aquellos que quieran tener más información, no sin antes reproducir la introducción del autor del Blog:



"Desde luego cuando se consideran los textos de Benedicto XVI, sobre todo los que exlican los textos bíblicos en un sentido nuevo y nunca usado en la Tradición de la Iglesia, y diría más, contradictorio a veces con lo que lisamente se lee en ellos; si se consideran los textos del Magisterio solemne de la Iglesia, o los del Magisterior ordinario y universal enfrentados a sus (de BXVI) propios textos; si se considera lo que parece un verdadero ataque a la integridad de los escritos del Nuevo Testamento, y algunas otras cosas que no es preciso repetir aquí (que aparecen desmenuzadas en el artículo) la conclusión obvia es preguntarnos si nos encontramos ante un libro católico y si quien lo ha escrito posee la fe católica.

Yo creo que la posición de Benedicto XVI tal como la explica en su libro es absolutamente demoledora y disolvente de la fe del católico de a pie. Considérese solamente cómo afectará al católico medio el texto relativo y ya usado anteriormente, pero que repie BXVI en el libro, en la “Declaración Conjunta” con los luteranos sobre la salvación que trae la “sóla Fe” sin ninguna relación a las obras de la fe. Pongámonos en el caso del que es captado por la sectas evangélicas y se le intenta convencer de sus “excelencias”. El texto de Benedicto XVI podría ser usado para sus fines y es un magnífico aliado del propagandista evangélico no católico.


También considérese a dónde puede llevar la aplicación de la exégesis del método “histórico-crítico” que BXVI confiesa profesar, en el católico aficionado a cuestiones bíblicas.


Repito, a mi me parece este libro demoledor y disolvente de la fe y costumbres del católico medio. Y, desde luego, mucho más en el que no está armado con una suficiente instrucción religiosa.


También advertiría del carácter algo ambiguo y confuso o por lo menos muy académico, que se observa en los textos de Benedicto XVI. Este carácter impide el rechazo neto de sus ideas porque dejan abierto el sentido a una interpretación que pudiera ser menos ofensiva a los oídos católicos. Pero esto le añade más peligrosidad para con el que se enfrenta a la lectura de este libro.

Este es el prólogo que puede reproducirse donde estimen oportuno dejando el artículo en una simple referencia con el enlace aportado aquí cuya traducción es del autor de este blog Amor de la Verdad.

Nota: El editor del blog se mantiene al margen de las conclusiones finales del autor del artículo Br. Peter Dimmond. Pero juzga que hay que respetar el artículo en asu integridad y dejar a la prudencia del lector su valoración."

Sobre los íconos


Recibí por mail este artículo, muy interesante sobre los íconos, muy propio de la tradición oriental, incluso (lo aclaro porque siempre alguien lo ignora) de los orientales en comunión con la Iglesia Romana.


Los iconos no pueden compararse con otras obras de arte en el sentido habitual de esta palabra. Los iconos no son cuadros. Los cuadros, con sus rasgos y colorido, hablan de los hombres y de los acontecimientos de la realidad concreta. A partir del Renacimiento, la vida y la naturaleza se expresan en cuadros con imágenes en tres dimensiones, imágenes que narran el mundo de los hombres, de los animales, de la naturaleza y de las cosas. E, incluso, si el tema se toma de la mitología, se traduce en la lengua de las imágenes terrestres.
La pintura de los expresionistas y el arte abstracto están llamados, en cambio, a expresar las emociones del pintor, emociones que cambian y transforman las proporciones de los acontecimientos y de las cosas y las relaciones del color entre unos y otras, deforman las cosas hasta que no se reconocen o bien prescinden del todo de sus imágenes. Pero también en este caso los distintos experimentos del colorido y el modelado no llevan a los espectadores a otro mundo, a otro espacio y época, a diferentes valores.
Esta misión en la historia de la cultura humana le ha tocado en suerte a los iconos. Estos no representan, sino que constituyen propiamente otro mundo. Y lo hacen con medios de representación especiales, encontrados en el transcurso de muchos siglos.
También el color de los iconos desempeña un papel significativo: el de un lenguaje simbólico que debe expresar, no el color de las cosas, sino su luminosidad y la de los rostros humanos, iluminadas por una luz cuya fuente se encuentra fuera de nuestro mundo físico. Los espacios dorados de los iconos encarnan esta luz no terrestre, y el fondo dorado simboliza el espacio que “no es de este mundo”. En los iconos no hay sombras, porque en el reino de Dios todo está lleno de luz.
Los iconos tampoco pueden examinarse como si fueran cuadros. En ellos no sólo no se encuentra el espacio habitual, sino que tampoco existen acontecimientos vinculados con las relaciones naturales de causa y efecto. El icono es una ventana abierta a un mundo de otra naturaleza, pero esta ventana se abre sólo para quienes poseen una visión espiritual.
Para poder aproximarse a la comprensión de los iconos es preciso verlos con los ojos del creyente, para el cual Dios es una realidad indudable. Una realidad omnipresente que subyace detrás de todo acontecimiento, un invisible espectador y juez de cuya mirada ya no puede esconderse en ninguna parte.
Los cánones y métodos de creación de los iconos se han formado en el transcurso de muchos siglos, incluso antes de que se interesaran por ellos en la antigua Rus (como la conocían sus habitantes). Las tradiciones de la iconografía llegaron a la antigua Rus al mismo tiempo en que se aceptó el cristianismo de Bizancio a finales del siglo X.
El arte bizantino de aquella época tenía carácter religioso y estaba sometido a cánones severos. La regulación de la iconografía era resultado de largas discusiones y luchas, unidas a la iconoclasia. Una de las más importantes causas de la iconoclasia se encontraba en la presión ideológica y militar que ejercían los musulmanes sobre el imperio bizantino. En el Islam, la prohibición de venerar ídolos (entre los que los musulmanes incluían también la cruz y los iconos) llegó a ser absoluta.
En el año 730, el emperador bizantino León III prohibió el culto de los iconos. Antes de ser emperador, había trabajado mucho en las provincias orientales del Imperio y se encontraba bajo la influencia de los obispos de Asia Menor, los cuales, influidos a su vez por el Islam, pretendían purificar la religión cristiana de todo elemento material, sensual y no espiritual. Muchos iconos, mosaicos y frescos fueron destruidos. Pero la veneración de los iconos no se detuvo, más bien continuaba aunque sus seguidores eran cruelmente perseguidos.
El culto de los iconos fue readmitido de forma temporal en el año 787 en el VII Concilio Ecuménico, y definitivamente en 843.
Uno de los defensores autorizados de la veneración de los iconos fue uno de los más grandes teólogos y políticos: Juan Damasceno (675-alrededor de 750), cuyos argumentos ejercieron influencia en las decisiones del VII Concilio Ecuménico. Juan Damasceno enseñaba que la prohibición del Antiguo Testamento acerca de hacer imágenes de Dios tenía un carácter temporal: “En la entigüedad, nadie hacía imágenes de Dios. Pero ahora, después de que Dios se ha manifestado en la carne y ha vivido en medio de los hombres, hacemos imágenes del Dios visible. No hago la imagen de la Divinidad invisible: hago la imagen del cuerpo de Dios que he visto...”. Juan Damasceno escribió que Dios había venido para los hombres en su Hijo Jesúcristo, que entra en el mundo de los hombres y acepta el cuerpo humano: “porque teníamos necesidad de lo que es semejante a nosotros”.
Lo visible no transmite la esencia del Dios inconcebible. Pero, igual que el cuerpo tiene su sombra, también cada original tiene su copia: “el icono es recuerdo”. Y como la Sagrada Escritura es una representación verbal, una imagen de la historia sagrada, también los iconos son representación suya, pero no verbal, sino hecha con los toques del pincel y con los colores.
Por eso el icono -imagen- no es una copia de lo que se representa, sino el símbolo con cuya ayuda podemos alcanzar la comprensión de lo Divino. El icono desempeña el papel de mistico mediador entre el mundo terrestre y el celeste. Así se ha delimitado el sentido de la iconografía.
El VII Concilio Ecuménico exige a los pintores de iconos, durante el proceso de pintura de la imagen, que sigan estrictamente los cánones de la iconografía, los cuales regulan tanto el carácter como el modo de representación de las escenas religiosas y las personas de los santos. Se explica así el hecho de que los iconos son portadores y conservadores de la tradición eclesial. Por ello, la infracción del canon iconográfico y la deformación de la tradición se consideran herejías.