domingo, 12 de agosto de 2012

Nuestros Actos. Una obra católica

Desde hace tiempo que muchos católicos dejamos de esperar ver algo potable en las carteleras teatrales, sea en el llamado "off" o en teatro comercial, lo que allí se muestra suele ser, como mínimo un insulto a la inteligencia, cuando no a la fe.

No recuerdo, de hecho, cuándo fue la última vez que se vió en Buenos Aires una obra con contenido católico. Hace muy poco, de hecho, salió una "comedia" que tocaba el tema de la homosexualidad y en el cual (cuándo no) aparecía un sacerdote homosexual. La única manera en la que es posible mencionar a Dios o a la Iglesia en el teatro porteño parece ser la blasfemia, la burla, el insulto. ¿Es posible tener algo por sagrado de ésta manera? EL teatro, un arte noble que debe hablarnos del alma, que debe transmitir el mensaje de Dios se convierte así en una farsa, en una parodia y encuentra, en la comedia, el género que más se le ajusta. En efecto ¿Cómo podríamos esperar que un tema serio, como el alma, como la salvación, se encuentre entre los bodrios que se publicitan cada semana? ¿Acaso un alma destinada a la risa fácil se esforzará en escribir, o tan siquiera plantear algo remotamente relacionado con la Fe? De ninguna manera... insisto: la comedia se vuelve una burla, una burla profana que pisotea nuestra fe y nuestra tradición y ante lo que, nosotros, los católicos no hacemos absolutamente nada.

En contra de todas estas tendencias modernas se exhibe la obra de Miguel Ángel Cannone titulada "Nuestros Actos", en el Auditorio Losada (Corrientes 1552) todos los jueves a las 20 horas. Para mayor información, por Alternativa Teatral es posible conseguir las entradas generales a $70 y hay un descuento para estudiantes y jubilados ($35) como un 2x1. Un precio increíblemente bajo para un Drama de calidad impresionante.

Quisiera hacer una breve comentario sobre la misma y explicar por qué razones se trata de LA ÚNICA OBRA TEATRAL QUE TOCA EL TEMA DE LA FE COMO SE DEBE.

El argumento es complejo. La obra comienza en 1943, el país está convulsionado con el triunfo del golpe de estado que llevó al poder al General Ramirez. En una casa suntuosa tres hermanos hijos de un médico de clase media alta y de la hija de un hombre proveniente de la riqueza ganadera se enfrentan a sus realidades y a la del país. Con ellos convive una mucama, personaje bisagra que, estando en ese mundo no es del ese mundo. La obra se inicia con la llegada de los dos hermanos mayores luego del entierro de la madre que acaba de morir. El mayor de los hermanos vivos (hay otro, Marcos, que murió hace tiempo) de nombre Gabriel pertenece a la armada y está pronto a casarse, quiere vender la casa, Santiago, un fanático religioso se aferra al hogar familiar con la esperanza que allí esté la salvación de sus almas... el más pequeño, Andrés, garabatea poemas.

Lejos de tratarse de la típica familia disfuncional, "Nuestros Actos" muestra un drama terrible: el de una familia destruida y en extinción, se ve el surgimiento del peronismo y su avance, se ve a una aristocracia fosilizada incapaz de poder actuar. Pero sobre todo (y lo que más interesa a Sursum Corda) se ve un grave problema religioso: la relación con Dios.

Gabriel es un ateo, no cree en Dios y le odia profundamente. Al alejarse de Dios su vida se vacía y cae en la locura que lo lleva a la destrucción de todo y de todos, especialmente de sí mismo. Gabriel nos recuerda a aquel hombre que Garrigou-Lagrange describe, el que odia a Dios y que por lo tanto se odia a sí mismo. Su odio al Creador es también un odio a todo lo sagrado, incluso al amor. Cuándo habla de su novia la ve como un objetivo necesario en su vida, no tiene por ella ningún sentimiento. Como diría San Agustín retomando a San Juan, quien desconoce a Dios no puede amar, ni siquiera a sí mismo. Como no cree que Dios lo redima ni lo ame, se lanza a la verdadera muerte de la que nos habla Nuestro Señor: la desesperanza.

Andrés, el mas pequeño de los hermanos no es un ateo, está asustado y confundido porque, como le dice en uno de los cuadros Santiago, busca mal. Su búsqueda pretende ser interior, pero sólo se encuentra con temores y obscuridad. Si Andrés buscara en su corazón podría encontrar la verdadera poesía, el canto del Verbo por el que todo fue hecho y quien nos redime. Andrés, teme encontrar a aquel que lo ha creado y que lo ama y por lo tanto es vulnerable y débil, por lo que sucumbe ante el incesto y se aferra a él pensando que es la clave de su salvación, uniendo así su destino a la Maldad de Gabriel, quien dice "Yo sólo puedo ser testigo de mi odio".

Finalmente (y no por casualidad) quisiera comentar sobre Santiago. Se trata de un católico de comunión frecuente, lleva una vida piadosa, es cierto, pero esa vida piadosa carece de profundidad. Vive la fe, pero su fe es infantil y está marcada por la beaterías a las que, lamentablemente, muchos son adeptos (incluso en nuestro actual tradicionalismo). Pero la Fe de Santiago no es honesta. Dice amar a Dios, pero nos preguntamos si lo que realmente ama no es así mismo. ¿Que lo lleva a una vida devota? ¿El amor a Dios o bien el temor a perder su alma? El infierno es una obsesión para él, la salvación de su alma y la de sus hermanos le obsesiona más que la contemplación de Dios. Su amor y su fe es egoísta y su egoísmo será causa del terrible desenlace.

"Nuestros Actos" es una obra intensa, nos deja sin aliento y con un terrible sentimiento de angustia. El público sale en silencio, reflexionando y meditando todo lo que ha visto.

"Nuestros actos" no es sólo el reflejo de una época crítica para nuestra historia nacional, no sólo denuncia a un gobierno que se dice nacionalista y pacta con la conservadora (y cismática) Inglaterra, no sólo nos muesta lso negocios entre el gobierno argentino y las corporaciones internacionales que se expanden, asegurando el nacimiento del Nuevo Orden Mundial, no sólo toca el tema de la Guerra que desangra a Europa o la hipocresía del comunismo que se decía defensor de la libertad... no, nos muestra lo que ocurre cuando nos alejamos de Dios, cuando rechazamos la Gracia que Dios nos entrega para que seamos salvos. El hombre sin Dios, dice San Agustín, sólo es un ser para la muerte y el pecado. Un ser para la verdadera muerte, la muerte del alma, aquella que si llamamos se niega a venir. Sin Dios sólo nos queda un camino, el camino que eligió Gabriel: la locura, la violencia y la muerte.