lunes, 5 de agosto de 2013

Reflexión dominical de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia

El Padre Mauricio Zárate, de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia, ha distribuido la siguiente reflexión dominical.
¡Buena lectura!


Queridos Fieles y Amigos en Cristo y María
En el Evangelio que terminamos de leer sobre el milagro que nuestro Señor Jesucristo realiza sobre el sordomudo, nos da la oportunidad de considerar el valor de los preciados dones que se nos han dado con las facultades del oído y el habla.
Normalmente no valoramos estos dones de poder escuchar y hablar y no le damos importancia. Y menos pensamos es porque Dios nos lo ha dado. Todo lo que Dios nos ha dado, ha sido siempre con un propósito y objetivo bien definido; y este objetivo no es otro más que nuestra felicidad verdadera que solo la encontraremos junto a El en la vida eterna del Cielo. Aprendemos en las primeras lecciones de nuestro catecismo, ¿porque nos ha creado Dios? “Para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida y gozar de la felicidad eterna en la otra.” Por lo tanto, todo lo que Dios nos ha dado en esta vida, se nos ha dado para ayudarnos en cumplir estas obligaciones de conocer, amar y servirlo.
La audición, es un don precioso, nos ayuda a escuchar al resto de la creación. Somos capaces de escuchar la Palabra de Dios cuando se nos predica por voz de Sus sacerdotes. Somos capaces de escuchar el hermoso canto de las aves, la música de las grandes voces humanas e instrumentales, etc.
Sin embargo, con frecuencia preferimos escuchar las cosas malignas: Rumores, mentiras, injurias, difamaciones, chistes inmodestos e impuros, canciones etc. decidimos no escuchar las cosas de Dios o todo lo que nos puede hacer recordarlo. Nuestro preciado don de la audición es usado para distraernos de la realidad espiritual que nos rodea.
En lugar de permanecer pasivos y en silencio para poder escuchar la voz de Dios que nos habla a través de nuestra conciencia y en la belleza de los sonidos que nos ha dado, decidimos, en la mayoría de las veces, llenar nuestros oídos con músicas, películas y demás cosas que nos alejan de Dios, porque dicen los santos: "que a Dios se loe escucha en el silencio".
Muchas veces usamos los dones de Dios y nos olvidamos de El. Le damos la espalda y utilizamos estos dones para ofenderlo.
Todo lo que hemos dicho de este don de la audición, lo podemos igualmente decir del don del habla. Tal vez podemos agregar a este último, como dice Jesucristo Sr. Ntro, no es lo que entra en la boca del hombre lo que le hace mal sino lo que sale de esta: “ y lo que sale de la boca procede del Corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del Corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre; pero comer sin lavarse las manos, eso no contamina al hombre. (San Mateo 15, 18-20)
Los oídos curiosos que siempre están en busca de algún chisme nunca se guardan las cosas para si mismos. Parece que se aniquilan por el deseo de divulgarlas luego lo que han escuchado, se dice que la “curiosidad es la hermana de la indiscreción”, si solo pudíeramos lograr guardar para nosotros mismos todo el mal escuchado; pero no, lo alimentamos,nutrimos y si podemos le echamos sal y pimienta antes de trasmitirlo a los demás, haciendo con esto ocasión de pecado para quienes nos escuchan.
Ya es tiempo de que tomemos responsabilidad de las cosas que escuchamos y hablamos. Usemos estos dones siempre con responsabilidad, teniendo en mente que Dios nos esta viendo y escuchando, para ver que uso hacemos de estos. Dios nos ha dado estos dones para que lo conozcamos, amemos y le sirvamos. Debemos estar dispuestos a escuchar la voz de Dios, especialmente cuando habla con nosotros en la Iglesia y en voz de nuestra conciencia. Debemos usar nuestra voz para alabar a Dios y proclamar a nuestro prójimo las maravillas de Dios y así también ellos lo conozcan y lo alaben como debe ser conocido y alabado, amado y servido como se le debe servir.
Pidamos a la Virgen María la gracia en este Domingo XI después de Pentecostés, la gracia de que pueda decirse de nosotros, aquello que dijeron las gentes decían de Jesucristo: "Todo lo ha hecho bien"

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