sábado, 31 de octubre de 2015

La Primera Carta de San Pablo a los Corintios

La Primera Carta de San Pablo a los Corintios
Reflexiones de un sacerdote católico de Rito Oriental




La primera comunidad cristiana de Corinto, no se destacó ni por su paz interior o su armonía, ni por el comportamiento ejemplar de sus miembros. Las dos cartas de San Pablo a los Corintios, que tenemos en el Nuevo Testamento, escritas a mediados de los años cincuenta del siglo primero, están llenas, no sólo con enseñanzas doctrinales y éticas, o con respuestas a preguntas y problemas concretos, sino también con reprimendas y castigos del autor, así como con numerosas defensas de su propia autoridad apostólica. Estas cartas demuestran claramente el hecho de que los primeros cristianos no eran todos santos, y que la Iglesia primitiva no experimentó menos dificultades de los que la Iglesia experimenta hoy en día o en cualquier otro momento de su historia en el mundo.

Después de un breve saludo y la palabra de gratitud a Dios por la gracia dada a los Corintios, la primera carta comienza con un llamado de San Pablo a la unidad en la Iglesia. Existían profundos desacuerdos y disensiones entre los miembros de la comunidad, y el apóstol exhorta a todos a estar totalmente unidos en Cristo crucificado, por el poder del Espíritu Santo, en quien no puede haber divisiones (1-3). A continuación defiende su apostolado en general, y su paternidad con respecto a la iglesia de Corinto, en particular, los cuales estaban siendo atacados por algunos miembros de la Iglesia (4). A continuación, se aborda el problema de la inmoralidad sexual entre los miembros de la comunidad y al hecho de que iban a tribunales ante jueces paganos (5-6). Después de esto viene el consejo de San Pablo sobre el matrimonio cristiano y su asesoramiento en relación con la ingesta de alimentos ofrecidos a los ídolos (7-8). A continuación, una vez más, defiende su apostolado, haciendo hincapié en el hecho de que siempre se ha sustentado materialmente y no ha cargado a nadie.

Las divisiones y los problemas en la comunidad de Corinto se expresan más concretamente en las reuniones eucarísticas de la Iglesia. Hubo falta de respeto general y un abuso para con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y la práctica se había desarrollado en que cada grupo tenía su comida aparte. Estas divisiones se debieron en gran parte al hecho de que parte de la comunidad tenía ciertos dones espirituales, por ejemplo, los de alabar a Dios en lenguas desconocidas, y los consideraban como signos de superioridad sobre los demás. También hubo problemas causados por las mujeres en la Iglesia, que usaban la nueva libertad en Cristo para la ruptura y el desorden.

En su carta San Pablo pide respeto y discernimiento para con la Sagrada Eucaristía como el centro de la realización de la unidad de la Iglesia, que viene de Cristo mismo. Se advierte en contra de las divisiones en la Iglesia a causa de los diferentes dones espirituales, instando a la unidad absoluta de la Iglesia como el cuerpo de Cristo, que tiene muchos miembros, y muchos dones para la edificación de todos. Él insiste en la absoluta primacía y la superioridad del amor sobre todas las virtudes y dones, sin el cual todo se hace vacío y se destruye. Él llama a la moderación a los que tenían el don de Dios de alabar en lenguas extrañas, un don que obviamente presentaba un problema más grave, y pide que se ejerzan todos los dones y más en particular el de la enseñanza simple y directa de la Palabra de Dios en la Iglesia. Pablo hace un llamamiento a las mujeres para que cuiden la manera de vestir y el comportamiento propios de cristianos. Y, por último, insiste en que “todos deben hacer las cosas decentemente y con orden” (10-14).

La primera carta a los Corintios termina con un largo discurso sobre el significado de la resurrección de los muertos en Cristo que es el centro de la fe cristiana y la predicación. El apóstol concluye con un pedido de dinero para los pobres, y prometiendo una visita, una vez más insiste en la necesidad absoluta de la fuerza de la fe, humilde y sobre todo del amor.

viernes, 30 de octubre de 2015

Los mártires de Erzurum

Uno de los episodios más olvidados de la historia del cristianismo son las llamadas "masacres hamdianas". Se trató del cruento martirio sufrido por los armenios entre 1894 y 1896 en el Imperio Otomano, bajo las políticas de Abdul Hamid II (en la imagen), quien adoptó el panislamismo como ideología de estado.

Tal como hoy ocurre, se destruyeron Iglesias, íconos, se quemaron las Sagradas Escrituras, los sacerdotes fueron crucificados, las mujeres violadas hasta morir y los niños masacrados.

Ante este inmenso ataque, un grupo de armenios decidió revelarse en lo que se conoció como la Insurreccción de Sasun, en 1894. Apoyados por los kurdos, el ejército imperial turco fue acorralando a los combatientes cristianos y destruyendo las poblaciones civiles a su paso. No quedaba Iglesia en pié al paso del brutal ejército otomano, que con furia atroz profanaba la vida tanto como a las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo. El 15 de agosto, las tropas armenias se rindieron, aunque Mosse Kerko continuó combatiendo hasta el día 22 de agosto, cuando todo su ejército fue masacrado. Entre el 10 de agosto y el 18 de septiembre los armenios fueron perseguidos y asesinados en toda la región de Sasun. Las fuentes históricas fiables dan cuenta de que los asesinos musulmanes llevaban combustible e incendiaron viviendas con familias dentro.

Los armenios volvieron a rebelarse y en Zeitun, en 1985 hasta 1986, en una zona mucho mejor ubicada que Sasun, iniciaron una fuerte resistencia armada contra el Imperio Otomano. Mil quinientos armenios se movilizaron contra más de cincuenta y cinco mil soldados y mercenarios turcos. Resistieron con valor y entereza y consiguieron que el gobierno del criminal Abdul Hamid aceptara un armisticio garantizado por las potencias occidentales, lo que ocurrió el 12 de febrero de 1896.

Pero mientras estos cristianos resistían y combatían, en otra región, llamada Van, los turcos desataron toda su furia asesina: el 30 de octubre de 1895, tres mil quinientos armenios se refugiaron en la Catedral de Urfa, y los musulmanes la incendiaron. AL mismo tiempo, en todo el Imperio Otomano, las persecuciones se multiplicaron y Abdul Hamid dió carta blanca a los kurdos para el asesinato y el pillaje de todo cristiano (armenio, griego o asirio) que pudiera ser localizado.

Estas masacres superaron el ámbito de Anatolia y se extendieron por todo el Imperio Otomano. Al igual que ocurriría durante el genocidio Armenio, las persecusiones comunistas contra los cristianos en la Unión Soviética, u hoy en día en los países islámicos, occidente no hizo absolutamente nada.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Cristo Rey

Festividad de Cristo Rey





CARTA ENCÍCLICA
QUAS PRIMAS
DEL SUMO PONTÍFICE
PÍO XI
SOBRE LA FIESTA DE CRISTO REY



En la primera encíclica, que al comenzar nuestro Pontificado enviamos a todos los obispos del orbe católico, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano.

Y en ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

La «paz de Cristo en el reino de Cristo»

1. Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.

2. Entre tanto, no dejó de infundirnos sólida, esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos que hasta entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver a sus deberes de obediencia.

Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey Supremo?

«Año Santo»

3. Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el conocer bien ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas —aun, de éstas, las de mares los más remotos—, ora el crecido número de regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey.

Además, cuantos —en tan grandes multitudes— durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma guiados por sus obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de Jesucristo?

4. Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe en el majestuoso templo de San Pedro!

Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.

5. Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del concilio de Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel sagrado concilio definió y proclamó como dogma de fe católica la consustancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.

Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de Jesucristo, nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a nuestro deber apostólico si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en común, por muchos cardenales, obispos y fieles católicos, ponemos digno fin a este Año Jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo nos complace, que deseamos, venerables hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más variados frutos.

I. LA REALEZA DE CRISTO


6. Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres porque, con su supereminente caridad(1) y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie —entre todos los nacidos— ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús. Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino(2); porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

a) En el Antiguo Testamento

7. Que Cristo es Rey, lo dicen a cada paso las Sagradas Escrituras.

Así, le llaman el dominador que ha de nacer de la estirpe de Jacob(3); el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra(4). El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de su reino es cetro de rectitud(5). Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extrema del orbe de la tierra(6).

8. A este testimonio se añaden otros, aún más copiosos, de los profetas, y principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre(7). Lo mismo que Isaías vaticinan los demás profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey y será sabio y juzgará en la tierra(8). Así Daniel, al anunciar que el Dios del cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido..., permanecerá eternamente(9); y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y diole éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: la potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada, y su reino es indestructible(10). Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas(11), ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

b) En el Nuevo Testamento

9. Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada.

En este punto, y pasando por alto el mensaje del arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin(12), es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza, pues ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora al responder al gobernador romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey(13) y públicamente confirmó que es Rey(14), y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra(15). Con las cuales palabras, ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los reyes de la tierra(16), y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan(17). Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas(18), menester es que reine Cristo hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos(19).

c) En la Liturgia

10. De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los reyes.

Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabra expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.

d) Fundada en la unión hipostática

11. Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza(20). Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

e) Y en la redención

12. Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista, adquirido a costa de la redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin tacha(21). No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande(22); hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo(23).



II. CARÁCTER DE LA REALEZA DE CRISTO

a) Triple potestad

13. Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado. Los testimonios, aducidos de las Sagradas Escrituras, acerca del imperio universal de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer(24). Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad(25). El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo(26). En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio. Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

b) Campo de la realeza de Cristo

a) En Lo espiritual

14. Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalrnente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efeeto, en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimisrno, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración, le rodeaba, El rehusó tal títuto de honor huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo. Este reino se nos muestra en los evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la fe y el bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos no sólo que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofreciéndose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados del mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

b) En lo temporal

15. Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confiríó un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales(27). Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano(28).

c) En los individuos y en la sociedad

16. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos(29).

El es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos(30). No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria. Lo que al comenzar nuestro pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, no es menos oportuno y necesario en los presentes tiempos, a saber: «Desterrados Dios y Jesucristo —lamentábamos— de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad privada de todo apoyo y fundamento sólido»(31).

17. En cambio, si los hombres, pública y privadamente, reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia. La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres(32).

18. Y si los príncípes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores. De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

19. En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen, sino a servir; que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera.

¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejaran gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente —diremos con las mismas palabras de nuestro predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los obispos del orbe católico—, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre(33).

III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY

20. Ahora bien: para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de nuestro Salvador, para lo cual nada será más dtcaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.

Las fiestas de la Iglesia

Porque para instruir al pueblo en las cosas de la fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio.

Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas —digámoslo así— hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, a los corazones, al hombre entero. Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.

En el momento oportuno

21. Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor devoción algún misterio de la fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los mártires fuesen otras tantas exhortaciones al martirio(34). Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los santos confesores, vírgenes y viudas sirvieron maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos. Sobre todo, las festividades instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblco cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos, no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.

22. En este punto debemos admirar los designios de la divina Providencia, la cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad. Asimismo, las festividades incluidas en el año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la fiesta del Corpus Christi, y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor. Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.

Contra el moderno laicismo

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperío de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones falsas y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

La fiesta de Cristo Rey

25. Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.

Continúa una tradición

26. ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano durante el Año Santo de 1900.

27. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos; y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en común, del augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.

Coronada en el Año Santo

28. Ahora bien: para realizar nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo, que toca a su fin, nos ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que Dios, habiendo benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a la consideración de los bienes celestiales que sobrepasan el sentido, les ha devuelto el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles nuevos estímulos para emular mejores carismas. Ora, pues, atendamos a tantas súplicas como los han sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del Año Santo, en verdad que sobran motivos para convencernos de que por fin ha llegado el día, tan vehementemente deseado, en que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo como Rey de todo el género humano.

29. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente admirable en sus santos, ha sido gloriosamente magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor de los altares. Asimismo, en este año, por medio de una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los triunfos que han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente, en este año, con la celebración del centenario del concilio de Nicea, hemos conmemorado la vindicación del dogma de la consustancialidad del Verbo encarnado con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del mismo Cristo sobre todos los pueblos.

Condición litúrgica de la fiesta

30. Por tanto, con nuestra autoridad apostólica, instituimos la fiesta de nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que nuestro predecesor, de santa memoria, Pío X, mandó recitar anualmente.

Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha consagración se haga en nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los siglos, más amplio testimonio de nuestra gratitud —con lo cual interpretamos la de todos los católicos— por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.

31. No es menester, venerables hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de nuestro Señor el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo. La razón por la cual hemos querido establecer esta festividad en día de domingo es para que no tan sólo el clero honre a Cristo Rey con la celebración de la misa y el rezo del oficio divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de aquel que triunfa en todos los santos y elegidos. Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, venerables hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.

Con los mejores frutos

32. Antes de terminar esta carta, nos place, venerables hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey.

a) Para la Iglesia

En efecto: tríbutando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige —por derecho propio e imposible de renuncíar— plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.

b) Para la sociedad civil

33. La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectítud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

34. Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los efectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios(35), deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

35. Haga el Señor, venerables hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad, y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

Estos deseos que Nos formulamos para la fiesta de la Navidad de nuestro Señor Jesucristo, sean para vosotros, venerables hermanos, prueba de nuestro paternal afecto; y recibid la bendición apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo corazón, a vosotros, venerables hermanos, y a todo vuestro clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre de 1925, año cuarto de nuestro pontificado.

Notas

1. Ef 3,19.

2. Dan 7,13-14.

3. Núm 24,19.

4. Sal 2.

5. Sal 44.

6. Sal 71.

7. Is 9,6-7.

8. Jer 23,5.

9. Dan 2,44.

10. Dan 7 13-14.

11. Zac 9,9.

12. Lc 1,32-33.

13. Mt 25,31-40.

14. Jn 18,37.

15. Mt 28,18.

16. Ap 1,5.

17. Ibíd., 19,16.

18. Heb 1,1.

19. 1 Cor 15,25.

20. In Luc. 10.

21. 1 Pt 1,18-19.

22. 1 Cor 6,20.

23. Ibíd., 6,15.

24. Conc. Trid., ses.6 c.21.

25. Jn 14,15; 15,10.

26. Jn 5,22.

27. Himno Crudelis Herodes, en el of. de Epif.

28. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

29. Hech 4,12.

30. S. Agustín, Ep. ad Macedonium c.3

31. Enc. Ubi arcano.

32. 1 Cor 7,23.

33. Enc. Annum sacrum, 25 mayo 1899.

34. Sermón 47: De sanctis.

35. Rom 6,13.

domingo, 25 de octubre de 2015

Las blasfemias de Bergoglio

Nota importante, remitimos a nuestros lectores al artículo 56 años de la Iglesia del Anticristo, como comentario general, a fin de evitar malas interpretaciones sobre la posición de Sursum Corda y del mismo autor de este artículo, quien firma como Miles Christi.
Dada la extensión del artículo, el lector deberá hacer click en "continuar leyendo", para tener el artículo completo.



Las blasfemias de Francisco claman venganza al Cielo
Miles Christi - 15/08/2015
Pope holds hammer & sickle                                                                            Francisco recibiendo el crucifijo marxista de manos del presidente boliviano Evo Morales
Estos últimos tiempos han sido prolíficos de acontecimientos en el Vaticano. Tan abundantes han sido que resulta imposible dar cuenta de todos, incluso limitándonos  a repasar los más relevantes. Es por eso que dirigiremos la mirada a un número muy restringido, pero suficientemente elocuentes de la línea subversiva adoptada por Francisco desde su llegada a la Casa Santa Marta. Comenzaremos por su gira sudamericana : 24 000 km y 22 discursos durante 8 días en el mes de julio.  
El grito de los revolucionarios, eco del « grito de Jesús » en la Ultima Cena
Durante su homilía[1] en Quito, Ecuador, Francisco trazó un extraño paralelo entre la última Cena y la independencia de los países americanos respecto a España :
« Me imagino ese susurro de Jesús en la última Cena como un grito en esta misa que celebramos en el Parque Bicentenario. Imaginémoslos juntos. El Bicentenario de aquel Grito de Independencia de Hispanoamérica. Ése fue un grito, nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, ‘‘sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno’’. Quisiera que hoy los dos gritos concorden bajo el hermoso desafío de la evangelización. […] Y la evangelización puede ser vehículo de unidad de aspiraciones, sensibilidades, ilusiones y hasta de ciertas utopías. Claro que sí. »
Poner las santas palabras de Nuestro Señor con ocasión de la institución de la Eucaristía y del sacerdocio de la Nueva Alianza junto a los gritos de revuelta de los amotinados sudamericanos contra la corona española, inspirados por los ideales revolucionarios de 1789, no puede ser calificado sino de blasfematorio, ya que es poner a Cristo al servicio de la Revolución, es colocar la redención del pecado y la salvación eterna al nivel de una falsa emancipación política de inspiración masónica y anticristiana.
La víspera, durante su homilía en Guayaquil[2], Francisco había evocado el Sínodo de la familia que tendrá lugar en octubre próximo, preparando los ánimos a lo que allí debería producirse : la integración sacramental de los adúlteros y de los sodomitas :
 « Poco antes de comenzar el Año Jubilar de la Misericordia, la Iglesia celebrará el Sínodo Ordinario dedicado a las familias, para madurar un verdadero discernimiento espiritual y encontrar soluciones y ayudas concretas a las muchas dificultades e importantes desafíos que la familia hoy debe afrontar. Los invito a intensificar su oración por esta intención, para que aun aquello que nos parezca impuro, como el agua de las tinajas, nos escandalice o nos espante, Dios -haciéndolo pasar por su ‘‘hora’’- lo pueda transformar en milagro. La familia hoy necesita de este milagro. […] Tened paciencia, tened esperanza, haced como María, rezad, actuad, abrid el corazón, porque el mejor de los vinos va a venir. Dios siempre se acerca a las periferias de los que se han quedado sin vino, los que sólo tienen para beber desalientos; Jesús siente debilidad por derrochar el mejor de los vinos con aquellos a los que por una u otra razón, ya sienten que se les han roto todas las tinajas. »
Se percibe claramente la blasfemia que consiste en invocar a Nuestro Señor para legitimar su proyecto sacrílego, llevando la insolencia al punto de dar como ejemplo en vistas a obtener su abominable « milagro » la actitud confiante que tuvo la SantísimaVirgen María en Caná, cuando a instancia suya Jesús realizó su primer milagro, iniciando así su vida pública.
La Biblia al servicio de la revolución de los « pueblos originarios »
Françisco  pronunció luego un discurso[3] a los muy marxistas Movimientos Populares, en Bolivia, dirigiéndoles un mensaje notoriamente revolucionario, apelando a los « derechos sagrados del pueblo », a las preocupaciones ecológicas y a la instauración de un gobierno mundial capacitado para operar el tan anhelado cambio de « estructuras » :  
« Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de ustedes: las famosas “tres T”: tierra, techo y trabajo, para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.  […] Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra, como decía san Francisco. Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir a esta globalización de la exclusión y de la indiferencia. »
Sus palabras son dignas de un orador trotskista pronunciando una arenga en un mitín destinado a preparar la insurrección civil :
 « ¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido, si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador, que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío, cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas? Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de las “tres T”. ¿De acuerdo? Trabajo, techo y tierra. Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!».
Tras haber explicado que el futuro de la humanidad está manos de los trabajadores, algo que Marx y Engels no pondrían en entredicho, Francisco buscó involucrar a la Iglesia en el proceso revolucionario, y como de costumbre, destacó la figura de María como arquetipo y ejemplo a seguir por el pueblo en camino hacia la emancipación, « muchacha humilde » de las periferias, signo de esperanza para los pueblos que « sufren dolores de parto » a la espera del Gran Día en el que reinará la « justicia ». Cuesta dar crédito a lo que uno lee, sin embargo éstas fueron las palabras del « Santo Padre » :
 « […] nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero, si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar. La Iglesia no puede ni debe estar ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos de todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio. Y tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. »
Francisco nos explicó luego que los pueblos escriben la historia y que el objetivo de la historia de la humanidad es puramente mundano, « vivir bien », instaurando una economía que satisfaga las necesidades de todos y que sea respetuosa de la naturaleza…
 « […] no es tan fácil definir el contenido del cambio –podría decirse–, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos; no es fácil de definirlo. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón. […] una economía donde el ser humano, en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: “vivir bien” […]. Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también es posible. »
Respeto de las « tradiciones religiosas » y de los « derechos humanos », alusión a los peligros del « colonialismo » y beneficios de la « cultura del encuentro » no podían ser soslayadas en ese discurso « pontifical » con visos de manifiesto revolucionario :
 « Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia, porque ‘‘la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia’’ […] Digamos “no”, entonces, a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos “sí” al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz. »

viernes, 23 de octubre de 2015

San Juan Bautista

La Concepción del Santo Profeta, Precursor, y Bautista Juan

El santo Profeta Malaquías predicó que antes del nacimiento del Mesías, Su Precursor aparecería y anunciara Su Advenimiento. Los Judíos esperando el Mesías también esperaban la aparición del Precursor.
En la ciudad de los montes de Judea en Palestina vivían el justo sacerdote San Zacarías y su esposa Santa Isabel, celosamente observando todos los mandamientos del Señor. Sin embargo se quedaron sin hijos en su vejez, y rezaban continuamente a Dios que les concediera un hijo.

Una vez cuando San Zacarías tomaba su turno en el Templo de Jerusalén entró en el santuario para ofrecer incienso. Yendo detrás del velo en el Santuario, vio un ángel de Dios a la derecha del altar de incienso.

San Zacarías se quedo asombrado y se detuvo por miedo, pero el ángel le dijo, ''No temas Zacarías, porque tu oración ha sido oída y tu mujer Isabel te parirá un hijo, y llamarás su nombre Juan.'' (Lucas 1:13). Pero Zacarías no creía las palabras del mensajero celestial. El ángel le dijo, ''Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y soy enviado á hablarte, y á darte estas buenas nuevas. Y he aquí estarás mudo y no podrás hablar, hasta el día que esto sea hecho, por cuanto no creíste á mis palabras, las cuales se cumplirán á su tiempo.'' (Lucas 1:19-20)

Entretanto la gente esperaba fuera por Zacarías y se asustaban porque había pasado mucho tiempo en el santuario. Cuando salió del altar tenía que pronunciar una bendición para la gente, pero no podía porque estaba mudo. Zacarías explicaba con gestos que no podía hablar, y la gente entendió que había recibido una visión. La profecía del Arcángel se cumplió, y la justa Isabel fue librada de su esterilidad y dio luz a Juan, el Precursor y Bautista del Señor.

jueves, 22 de octubre de 2015

El "Papa Dubius"

Uno de nuestros colaboradores nos envió hace un tiempo este interesante artículo. Dado el estado en que vemos naufragar a la resistencia católica contra la Iglesia Conciliar del Vaticano II, el mismo se hace mucho más necesario.



Papa dubius: pro Papa nullo an pro certo habetur?[1]


¿Qué se debe pensar del famoso axioma “Papa dubius Papa nullus”? ¿Cómo se debe entender y aplicar? Antes que nada para poder responder a estas preguntas es preciso tener en cuenta las siguientes nociones y distinciones:

I. Ley: es definida por Santo Tomás como una “ordenación de la razón para el bien común promulgada por aquel que tiene el cuidado de la comunidad”[2].

II. Conciencia: Juicio del entendimiento práctico acerca de la moralidad del acto que vamos a realizar o hemos realizado ya, según los principios morales. Es la norma próxima para actuar así como la ley es la regla remota.

La conciencia puede ser:

a)      Cierta: es aquella por la cual la mente juzga firmemente sin temor a equivocarse que la acción es buena y lícita o mala e ilícita.

b)     Dudosa: estrictamente es aquella en la que la mente suspende el juicio, y en sentido lato, es la que afirma pero con temor a equivocarse (equiparable a la opinión).

Se divide en:

1)     Positiva y Negativa. Es positiva cuando hay una razón grave para asentir dejando, sin embargo, la posibilidad de error; mientras que es negativa cuando no hay razón para dudar o es muy leve. La duda positiva se refiere mas bien a la opinión que a la duda estrictamente tal.

2)     Especulativa y Práctica: La primera versa sobre la doctrina en sí misma o sobre la acción práctica, siempre y cuando no se trate de la acción que debo realizar aquí y ahora, por ejemplo si pregunto si es lícito pintar o cazar el domingo. La duda práctica se da cuando aquel que está por realizar una acción duda de su honestidad, por ejemplo si se pregunta a sí mismo en día domingo si puede cazar ese día.

3)     De Derecho y de Hecho: La primera es aquella que versa inmediatamente sobre la existencia de la ley o sobre su extensión a un caso determinado, por ejemplo si se duda si hay que ayunar todos los viernes. La segunda versa sobre hechos particulares de los que depende la aplicación de la ley, por ejemplo si se duda si es día jueves o viernes.[3]
III. Certeza.

Los teólogos nos dicen que si uno tiene una duda práctica con respecto a la moralidad del acto que va a realizar entonces debe resolverla antes de obrar; debe tenerse, por lo menos, una certeza práctica (es decir una certeza que excluya toda duda razonable y prudente) de la moralidad del acto, pues en caso contrario pecaría ya que “consentiría hipotéticamente en la violación de la ley” (Vermeersch) o, en otras palabras, admitiría la posibilidad de pecar al realizar esa acción y sin embargo la realizaría igual.
Los teólogos nos dicen, además, que la duda práctica puede ser resuelta de dos maneras: directa o indirectamente. La primera se da cuando se investigan las razones internas de la duda y se consultan libros o a los peritos en la materia resolviendo así la duda especulativa que supone toda duda práctica; mientras que la indirecta es aquella que sin resolver la duda especulativa, aplica algunos principios reflejos.

Ante una duda práctica los teólogos han ideado distintos sistemas que explican cómo se debe obrar en el caso concreto: si debe estarse a favor de la libertad, es decir a favor de la no obligatoriedad del acto, o a favor de la ley, es decir si hay que hacer lo que manda la ley:

a)      Tuciorismo[4] Absoluto: Es obligatorio seguir siempre la sentencia más segura, que es la que favorece la ley, a no ser que la sentencia favorable a la libertad sea completamente cierta.

b)     Tuciorismo mitigado: Hay que seguir siempre la sentencia favorable a la ley, a no ser que la que favorece a la libertad sea probabilísima.

c)      Probabiliorismo: Hay que seguir siempre la sentencia favorable a la ley, a no ser que la que favorece a la libertad sea más probable[5] que la otra. 

d)      Equiprobabilismo: Para seguir la opinión favorable a la libertad es preciso, al menos, que sea igualmente probable que la que favorece a la ley.

e)      Compensacionismo: Es lícito seguir la opinión menos probable (con tal que sea verdaderamente probable) si hay causa suficientemente proporcionada para exponerse al peligro de quebrantar la ley según las reglas del voluntario indirecto. De lo contrario es obligatorio seguir la opinión más probable.

f)       Probabilismo: Puede seguirse la opinión menos probable, con tal que sea verdaderamente probable.

g)      Laxismo: Puede seguirse cualquier opinión probable, aunque sea tenuemente probable.[6]

De estos sistemas la Iglesia condenó el tuciorismo absoluto (a) y el laxismo (g); en cuanto al tuciorismo mitigado (b) conduce lógicamente al tuciorismo absoluto (a); el probabiliorismo (c), antiguamente defendido por los Dominicos, sin embargo fue casi completamente abandonado luego de la aprobación por parte de la Iglesia de las obras y doctrina de San Alfonso. Las demás difieren, en la práctica, muy poco y la mayoría de los moralistas se inclinó por el probabilismo (f).


IV. Probabilismo.[7]

Es el sistema moral según el cual siempre que se trate de una ley pura o principalmente preceptiva y por lo tanto de la mera licitud de algún acto, es lícito seguir la opinión menos probable favoreciente la libertad, con tal que sea real y sólidamente probable, aunque la contraria sea igual o incluso más probable, favoreciente la ley humana o divina.

Extensión: Es completamente universal. Vale tanto para la ley natural como con la positiva, sea divina o humana; en duda tanto sobre la existencia como sobre su cesación o aplicación al caso concreto cuando se trata de la licitud o ilicitud de la acción.

Principio General: En las leyes moralmente preceptivas, sean divinas o humanas, cuando se trate de la licitud o ilicitud de una conducta y siempre que haya una duda invencible de hecho o de derecho, es lícito seguir la opinión vera y sólidamente probable[8] favoreciente la libertad, en lugar de otras que sean igual o más probable y que favorecen la ley.

Prueba:

Según el conocido adagio y principio universal reflejo “la ley dudosa no obliga”, o dicho más exactamente “la obligación objetivamente dudosa es una obligación subjetivamente nula”. Este principio debería ser aceptado por todos a fin de no caer en el tuciorismo. La razón es la siguiente: la ley contra cuya existencia milita una probabilidad vera y sólida, es objetivamente incierta. Pero la ley objetivamente incierta no obliga subjetivamente. Ergo la ley contra la cual milita una probabilidad vera y sólida no obliga subjetivamente.

Prueba de la Mayor: La probabilidad vera y sólida contra la existencia de la ley genera una duda prudente y vuelve a la ley incierta y por lo tanto no es apta para exigir la adhesión firme de la voluntad.
Prueba de la Menor: Para que una ley existente objetivamente y que obligue subjetivamente debe ser impuesta indeclinablemente; no inmediatamente y por sí misma sino que debe ser conocida por el intelecto y de esta forma obligar a la voluntad, lo cual enseña Santo Tomás: “nadie puede ser obligado por medio de un precepto a menos que sea conocido” y en otra parte “aquello que hace obligatorio el precepto es lo mismo que obliga a la conciencia. Pero la promulgación misma es necesaria para que la ley obligue”. (De Veritate q. 17 a. 3; Summa 1-2 q. 90 a. 4) Ergo.
En efecto, se dice que el hombre es moralmente libre mientras no se demuestre positivamente la limitación de la voluntad. La libertad es anterior a la obligación, ya que esta no es sino su restricción positiva.[9]
Así pues, el conocimiento incierto de una obligación moral, sea que la incertidumbre proceda de la ignorancia o de la duda, no obliga a algo determinado, proponiendo indeclinablemente una obligación moral, sino que, por el contrario, muestra al mismo tiempo la posibilidad de elegir lo opuesto como veramente probable al aparecer la ley como incierta, insuficientemente promulgada, ignorada invenciblemente y por lo tanto insuficientemente aplicada y manifestada.

Merkelbach:

92. Tesis III. En la duda especulativo-práctica, que no verse sobre la validez del acto o sobre una necesidad de medio sino sólo sobre la licitud objetiva de la acción y sobre una necesidad de precepto, puede adquirirse una consciencia indirectamente cierta sobre la licitud de la acción, cuando se trate de una duda positiva permaneciente después de diligente examen, en razón del principio reflejo: Ley incierta no puede imponer obligación.

Así lo enseñan comúnmente los teólogos después de San Alfonso cuya doctrina fue declarada segura por la Iglesia, en contra de los Tucioristas y de los Probabilioristas.

Prueba del primer principio: Ley dudosa o incierta no obliga. La ley es una regla y un vínculo que se impone a la voluntad. Pero la regla no puede dirigir de hecho ni el vínculo constreñir a la voluntad a menos que se aplique y se imponga. Pero se aplica e impone por medio de la razón ya que es una ordenación de razón y se aplica por el conocimiento cierto de la ley. Ergo, para que la ley obligue de hecho debe constar con certeza.

Prueba de la segunda menor (Pero se aplica e impone por medio de la razón ya que es una ordenación de razón y se aplica por el conocimiento cierto de la ley): La duda y la mera opinión no obliga al intelecto a algo determinado como así tampoco a la voluntad; esto sólo se logra por medio del conocimiento cierto. Cfr S. Tomás De Veritate 17, a 3.
En otras palabras: La ley incierta no puede, por su propia virtud, imponer directamente una obligación cierta: la obligación es el efecto de la ley y el efecto no puede ser mayor que la causa. Pero la obligación objetiva y especulativamente incierta es subjetiva y prácticamente nula, pues:

a)      La obligación es un vínculo moral por el cual se nos obliga absolutamente a hacer algo relacionado con nuestro último fin; pero un vínculo incierto no nos obliga ya que no nos obliga absolutamente a hacer algo.

b)     En esta situación el estado psicológico del dubitante es igual que si la ley no existiera ya que el hombre, en caso de duda, no se siente obligado, no tiene conciencia de algún ligamen u obligación.

c)      La condición para que la ley obligue subjetivamente es que se nos intime y nos sea conocida por medio de la promulgación, pero cuando la ley es incierta no nos es conocida sino que sólo conocemos su dudosa existencia. Cfr. I-II, q. 90, a. 4.[10]

93. Tesis IV: También puede adquirirse la conciencia cierta de la licitud de una acción cuando se trata de la cesación o cumplimiento de la ley, cuando persiste la duda después de un examen diligente, por medio del principio: La ley dudosa no obliga[11].

Prueba: A diferencia de la duda negativa, la duda positiva es seria y por lo tanto, si hay razones graves para creer que la ley ya no existe o que ya fue cumplida, entonces de hecho es incierta y dudosa en la práctica por lo menos con respecto al caso particular y por lo tanto, es cierto que ya no estoy obligado en el presente caso. Por lo cual se puede formar la conciencia cierta del mismo modo que en la tesis anterior.

Artículo I.[12]

La Conciencia con duda negativa.

84. Tesis: La duda negativa en cuanto es vana y está basada tan solo en un fundamento leve o en ninguno, no impide la certeza prudencial, sino que es ineficaz para producir una nueva obligación o para extinguirla, y por lo tanto no debe prestársele atención y debe ser tenida por nada y desechada. Lo cual se resume en el siguiente axioma: Melior est conditio possidentis. (Es mejor la condición del que posee).

 Prueba: Obraría imprudentemente aquel que por razones leves o nulas creyera estar obligado a realizar u omitir un acto. Por lo tanto hay que obrar como si la duda no hubiera surgido, lo cual puede expresarse en el axioma: “in dubio melior est conditio possidentis”, sea la ley o la libertad; es decir que debe estarse por aquella parte que antes de la duda (negativa) tenía la certeza práctica.
La ley y la libertad pueden considerarse como dos posesores del derecho: la ley posee la fuerza de obligar y la libertad la facultad de obrar a su gusto y de disponer de sí y de sus actos, lo cual implica un vero dominio. Posee en efecto lo que es primero. Por lo tanto cuando la ley o la obligación es (negativamente) dudosa entonces permanece la misma libertad que tenía el hombre anteriormente y por el contrario, si la ley o la obligación es cierta va a permanecer mientras la liberación desta ley u obligación sea completamente dudosa.[13]

85. Formación de la conciencia cierta en caso de duda negativa. La conciencia negativamente dudosa puede deponerse en razón del principio reflejo por el cual se forma  la conciencia indirectamente cierta, por ejemplo desta manera:
“Debe hacerse aquello que, una vez consideradas todas las cosas, aparezca ciertamente preceptuado. Aquello que de ninguna manera aparezca preceptuado, ciertamente no es necesario hacerlo.
Pero, esta acción de ninguna manera aparece como obligatoria, puesto que ninguna razón seria indica que debe hacerse; y por el contrario es obligatoria aquella que ninguna razón seria indica que la ley fue removida.
Ergo: puedo omitir esta acción aquí y ahora y aquella ciertamente debo realizarla.”

86. El axioma “melior est conditio possidentis” es el principio general, de forma tal que vale para resolver toda duda negativa, y por lo tanto a medida que se aplican las dudas de hecho o de derecho más se determina y se expresa en fórmulas cada vez más particulares. Estos son los principios subsidiarios por los cuales se discierne en mayor medida la posesión.

Son:

1) En duda negativa de derecho:

a)      Si una razón leve o nula afirma ora que la ley fue hecha por una autoridad legítima, ora que fue publicada o promulgada, entonces permanece la libertad.

b)     Lo mismo debe decirse si una razón leve o nula afirma que la ley se extiende a este caso o a estos súbditos, que obliga bajo pena de pecado mortal o que es estrictamente preceptiva más bien que penal. Lo cual se enuncia con la fórmula más particular: In dubio favores sunt ampliandi et odiosa restringenda (en caso de duda lo odioso hay que restringirlo y lo favorable ampliarlo).

c)      Por el contrario si una razón leve o nula afirma que la ley fue revocada o abrogada o cesó, o que hubo dispensa délla o que alguno está excusado de observarla, entonces permanece la ley.[14]

2) En duda negativa de hecho al ser a menudo difícil el saber quién posee, el principio in dubio melior est conditio possidentis, se enuncia en forma más determinada:

a)      En Modo General: In dubio standum est pro eo pro quo stat praesumptio[15], la presunción está de parte de aquel que no tiene que probar el hecho[16], o dicho en otras palabras: In dubio iudicandum est ex ordinario contingentibus[17], debiéndose probar la excepción. Por ejemplo se supone que el chico de siete años tiene uso de razón, que el superior no ordena algo ilícito, que no excede su poder, etc.

b)     En forma más particular se enuncia el mismo principio a favor de la existencia del acto o hecho: Factum non praesumitur sed probari debet[18]. De aquí que permanece la libertad de actuar cuando se trata de una duda de hecho en la que se funda una obligación, por ejemplo si una razón leve o nula prueba que emití un voto o un juramento, o que cometí pecado mortal, o que se ha injuriado, etc. Por el contrario en la duda de hecho sobre una ley que existe y de la que se busca eximir, la ley permanece, como por ejemplo si una razón leve o nula prueba que recité el breviario, que satisfice el voto o juramento, que pagué la deuda, etc.

c)      Lo mismo a favor de la condición o valor del acto o hecho: In dubio standum est pro valore actus, o Quod factum est censetur recte factum[19], por ejemplo si una razón leve o nula prueba que no tuve la intención y atención requerida in Misa o que poseo injustamente una cosa, que el Bautismo conferido es inválido, etc.[20]        

Wernz-Vidal: “…pues la jurisdicción es esencialmente una relación entre el Superior, que tiene el derecho a ser obedecido, y el Súbdito, que tiene el deber de obedecer; al cesar, pues, uno de los términos necesariamente cesa el otro, como consta por la natura de la relación. Si el Papa es real y permanentemente dudoso, entonces no existe obligación de obedecerlo en ningún súbdito, pues la ley: debe obedecerse al sucesor legítimo de San Pedro, no obliga si es dudosa; la ley es dudosa si su promulgación es dudosa. Las leyes se instituyen cuando se promulgan y sin una suficiente promulgación las leyes carecen una parte constitutiva o una condición esencial. Pero si el hecho de la legítima elección del sucesor de San Pedro es dudoso, entonces la promulgación es dudosa; ergo esa ley objetivamente no ha sido bien hecha y existe como dudosa y no impone obligación alguna. Antes bien sería temerario obedecer a la persona que no ha probado el título de su derecho…[21]

Capello I. 309: “El axioma Papa dubius, papa nullus” expresa una sana doctrina teológico-canónica si la duda positiva e insoluble versa sobre la legitimidad de la elección. Pues este nunca adquirió la potestad, ya que la jurisdicción, por su propia natura, requiere súbditos que deben obedecer; nadie está obligado a someterse a un superior incierto”.[22]

Willmers n. 148: “…no puede exigirse obediencia de aquel cuya autoridad no consta, al igual que con respecto a la ley, que si no fue promulgada no obliga a los hombres…”.


Con lo dicho anteriormente es fácil responder a la siguiente afirmación:[23]

“IV. Objeción: ¿qué se debe hacer si uno duda acerca del papado de Ratzinger?

En primer lugar, respondo diciendo que la duda existe sólo en la mente y nunca en el mundo real. En la realidad Ratzinger es o no es papa.

¿Podemos permanecer moralmente en la duda?

No. Como he explicado antes la identidad del romano Pontífice constituye esencialmente la identidad de la Iglesia Católica Romana y es el fundamento de su unidad. Estando obligados a profesar la vera Fe y a pertenecer a la vera Iglesia, y no ser indiferentes, así pues estamos también obligados a resolver nuestra duda con respecto a la identidad del romano Pontífice. Permanecer en la duda acerca de él es permanecer en la duda acerca de la identidad misma de la Iglesia. Además estamos obligados a obedecerle bajo pena de pecado. No podemos quedarnos satisfechos en la duda acerca de su identidad.

La teología moral nos exige que resolvamos la duda por medio de una diligente indagación. En la mayoría de los casos la indagación va a resolver la duda a favor del sedevacantismo. Pues si uno duda acerca de él es porque ya ha sido movido por los horrores del Vaticano II a cuestionarse la ortodoxia de quienes lo promovieron. Una investigación exhaustiva revelará que nuestras sospechas están más que confirmadas y la duda claudicará rápidamente ante la certeza.
 Si, por alguna razón legítima, la indagación no nos conduce a la evidencia en contra de Ratzinger, entonces debemos resolver la duda a través de los principios reflejos,  es decir, por medio de ciertos principios generales de moralidad y de ley que nos dan la certeza cuando no podemos resolver la duda por nuestra cuenta. La teología moral haría que la duda se vuelva en favor del papado de Ratzinger por el hecho de gozar, al menos aparentemente, de una elección válida y de la aceptación general de lo que comúnmente es conocido como la Iglesia Católica.

Así, pues, el sedevacantista puede serlo sólo si está seguro del no-papado de Ratzinger, ya que una duda irresoluble lo pondría inevitablemente en el campo del sedeplenismo.
De aquí que el sedevacantista no puede considerar la posición del sedeplenista como una opinión teológicamente sostenible, como si se tratara de una cuestión dudosa”.


Hasta aquí el texto. Ahora pasemos a responder parte por parte:

“¿Podemos permanecer moralmente en la duda? No.”

Resp: Distingo. No podemos permanecer moralmente en la duda práctica, concedo; especulativa, niego.

“Permanecer en la duda acerca de él (el Papa) es permanecer en la duda acerca de la identidad misma de la Iglesia”.

Resp: Niego la (totalmente gratuita) conclusión. Es perfectamente posible dudar si tal persona es o no es Papa (cuestión de hecho) y tener certeza que la Iglesia Católica es la única religión verdadera fundada por Dios (cuestión de derecho).

“Además estamos obligados a obedecerle bajo pena de pecado. No podemos quedarnos satisfechos en la duda acerca de su identidad.”

Resp: Distingo, duda práctica, concedo; duda especulativa, niego.

“Si, por alguna razón legítima, la indagación no nos conduce a la prueba en contra de Ratzinger, entonces debemos resolver la duda a través de los principios reflejos,  es decir, por medio de ciertos principios generales de moralidad y de ley que nos dan la certeza cuando no podemos resolver la duda por nuestra cuenta.

 La teología moral haría que la duda se vuelva en favor del papado de Ratzinger por  el hecho de gozar, al menos aparentemente, de una elección válida y de la aceptación general de lo que comúnmente es conocido como la Iglesia Católica” .

Y en otro trabajo explicita aún más su pensamiento al afirmar:

“17. ¿Pero qué pasa si no estamos seguros si el Vaticano II es erróneo y si Benedicto XVI es o no un vero papa?

En tal duda uno está obligado a darle al superior el beneficio de la duda y habría que adherir a todas las enseñanzas del Vaticano II, la nueva liturgia y disciplinas. Se estaría también obligado a reconocer a Benedicto como vero papa.”[24]

Resp: En primer lugar es cierto que cuando se tiene una duda especulativa y no se puede resolver directamente deben aplicarse los llamados principios reflejos. Entre estos unos son universales y otros particulares.
El principio reflejo universal se enuncia: “La ley dudosa no obliga” siempre y cuando se trata de una duda positiva, prudente.
Entre los principios reflejos particulares se encuentra el que dice “en caso de duda debe estarse por aquel que tiene la presunción” pero debe advertirse que este principio se aplica para los casos de duda de hecho y negativa[25]. Es decir que se trate sobre hechos particulares y que la duda no esté basada en motivos serios. Ahora bien, si uno duda sobre si Benedicto XVI es Papa o no, se está en última instancia ante una duda de derecho (puesto que al ser dudoso el legislador toda ley emanada de él se torna dudosa) y si además tiene motivos serios y razonables para dudar (¡vaya si sobran!) entonces la duda es positiva, con lo cual el principio de la presunción no se aplica al caso y la conclusión se impone: Si se duda positivamente si Benedicto XVI es Papa, no se lo pude aceptar como tal y esto basado en el principio reflejo universal: “Ley dudosa no obliga”.[26]

En conclusión: por lo dicho hasta aquí creo que se puede concluir legítimamente que hasta que Benedicto XVI no pruebe su (supuesto) Papado no se lo puede aceptar.


Bibliografía.

Merkelbach B. Summa Theologiae Moralis, 3° ed. 1938, vol. 2, n. 46-111 y Excursus, pág. 987-992.

Noldin H. Summa Theologiae Moralis, 33° ed. 1960, vol. 1, n. 208-256.

Zalba M. Theologiae Moralis Compendium, 1958, vol. 1, n. 640-703.

Vermeersch A. Theologiae Moralis Principia-Responsa-Consilia, 4° ed. 1947, vol. 1, n. 313-355.

Piscetta A- Gennaro A. Elementa Theologiae Moralis, 1922, vol. 1, n. 107-196.

Genicot E- Salsmans I. Institutiones Theologiae Moralis, 14° ed. 1939, vol. 1, n. 45-81.

Royo Marín A. Teología Moral para Seglares, 4° ed. 1973, vol. 1, n. 150-189. (Probabiliorista).

Willmers G. De Christi Ecclesia, 1897, n. 148.

Cappello F. Summa Iuris Canonici, 4° ed. 1945, vol. 1, n. 309.

Bender L. Potestas Ordinaria et Delegata, commentarius in canones 196-209; 1957, n. 166-183. Excelente canonista.

Wernz F. - Vidal P. Ius Canonicum, 2° ed. 1928, vol. 2, n. 454.

Cabreros de Anta C.M.F. Comentarios al Código de Derecho Canónico (BAC), Vol. III, n. 623.




[1] Papa dudoso ¿Papa nulo o cierto?

[2]Definitio legis nihil est aliud quam quaedam rationis ordinatio ad bonum commune, ab eo qui curam communitatis habet, promulgata (I. II. q. 90 art. 4 in corp.).
El énfasis agregado pone de relieve dos aspectos que hacen a este estudio.

[3] Cfr. Genicot S.I.-Salsman S.I., I n. 52, Noldin, I n. 223.
“La nota característica de la duda de derecho es que cualquier canonista puede opinar sobre ella (si la duda está fundada, etc.); para lo cual basta poseer la ciencia del derecho. En cambio nadie puede juzgar sobre la duda de hecho poseyendo solamente la ciencia del derecho sino que requiere el conocimiento del hecho concreto. Ludovicus BenderPotestas Ordinaria et Delegata” n. 168.

[4] Se dice que la sentencia que favorece a la ley es más segura ya que al seguirla se elimina la posibilidad de pecar, incluso materialmente.

[5] Se dice que una sentencia es probable cuando hay motivos graves que son aptos para obtener el asentimiento de un hombre prudente, aún admitiendo la posibilidad de estar equivocado.

[6] Royo Marín OP, Teología Moral para Seglares, Tomo 1, núm. 180. Cuarta Edición 1973.

[7] Tomado principalmente de Zalba n. 679-694.

[8] De aquí que se excluya la opinión a) solo levemente probable (D 1153) b) no basada en un motivo veramente grave c) probable con probabilidad meramente negativa, no fundada en motivo alguno o apenas leve, sin que sea suficiente para determinar a una persona prudente a obrar. (Zalba).

[9] S. Tomás enseña: “se llama lícito aquello que no está prohibido por ley alguna” (in 4. dist. 15. q. 2 a. 4 ad 2). La obligación, pues, ciertamente debe probarse y por el contrario, la libertad en el caso concreto no necesita probarse…” (Noldin I 239).

[10] “Afirmamos que nadie está obligado a observar una ley a menos que sea conocida con certeza… si se pregunta por qué la ley dudosa no obliga respondemos con este breve argumento: La ley que no es suficientemente promulgada no obliga; la ley dudosa no es suficientemente promulgada, ergo.
Quien quiera rebatir este argumento deberá probar o que la ley no promulgada también obliga o que la ley dudosa está realmente promulgada… cosa que jamás podrá probarse.” (S. Alfonso, Th. M. L. I n 63-66).

[11] Nota mía: Esto se aplica al caso del Papa hereje.

[12] Cfr. Merkelbach II 84-87.
“La duda negativa en cuanto no está fundada en razón alguna sino que tiene en cuenta la mera posibilidad, no debe ser tenida en cuenta. No fundamenta una afirmación probable”. (Zalba I. 665).
“La duda negativa no impide la certeza de la conciencia ya que no se funda en razón alguna o en un motivo leve e inane y que es conocida como tal por la persona. El que, pues, obra con esa duda, tiene sin embargo una conciencia cierta en la práctica. De lo cual se sigue que la duda negativa debe ser rechazada y que en cosas de moral debe atenderse solo a la duda positiva”. (Noldin, I. 221).

[13] Cfr. S. Alfonso, Th. M., l. I, n. 26 y 27. Paréntesis míos.

[14] Ibídem, n. 27.

[15] En caso de duda debe estarse por aquel que tiene la presunción. “La presunción… en no pocos casos es suficiente en lo que respecta a la probabilidad con la cual, a menos que obste positivamente una razón grave, se resuelva el caso según esta presunción” (Vermeersch I. 344).

[16] S. Alfonso, op. cit. n. 26.

[17] En caso de duda debe juzgarse según lo que usualmente sucede.

[18] El hecho no se supone sino que debe probarse.


[19] En caso de duda debe estarse a favor de la validez del acto - Lo hecho se considera bien hecho.

[20] S. Alfonso, op. cit. n. 26.

[21] Wernz-Vidal, Tomo 2 n. 454. Téngase presente que el principio vale tanto para cuando es dudoso el título de tal persona desde el comienzo (elección dudosa) como así también si un Papa cierto deja de serlo (Papa hereje, por ejemplo. Cfr. lo dicho más arriba por Merkelbach n. 93). Lo afirmado por los eminentes canonistas es una confirmación de lo que los teólogos arriba citados enseñan, a saber, que una ley dudosa (o un legislador dudoso) no puede seguirse pues uno debe tener la certeza moral de que existe y agregan que, por el contrario, ¡sería temerario obedecer un Papa dudoso!

[22] Ver nota anterior.

[23] Mons. Sanborn: Opinionism, IV. An Objection. http://www.traditionalmass.org/articles/article.php?id=87&catname=10

[24] Tomado de Mons. Sanborn: “Vatican II, the Pope and SSPX”. http://www.traditionalmass.org/images/articles/SSPX_QA_RevPDF2.pdf

[25] “3. En caso de duda debe estarse por aquel a favor de quien está la presunción. El principio vale en muchas dudas de hecho y se enuncia de varias formas; en la duda sobre la existencia del hecho: “el hecho no se presume sino que debe ser probado”, “debe estarse por aquel que tiene la presunción”, “debe juzgarse según lo que ordinariamente sucede”; en la duda sobre las condiciones del hecho: “nadie se presume malo a menos que se pruebe”, “debe estarse a favor de la validez del acto”, “lo hecho se considera bien hecho”.
Sin embargo no se puede aplicar a la duda de derecho…etc.” Merkelbach I, Apéndice.

[26] Además téngase presente que los ejemplos dados por los teólogos para aplicar el principio de la presunción como: “si el súbdito duda (con duda negativa) de la obligatoriedad del mandato del superior, debe obedecer ya que la presunción está por el superior…” (Zalba, I 692) nunca ponen en duda la legitimidad misma del superior sino sólo la licitud o no de alguno de sus mandatos, es decir se duda si el hecho (mandato) es lícito o no.
Por último obsérvese cómo Mons. Sanborn dice: “En tal duda uno está obligado a darle al superior el beneficio de la duda” con lo cual está presuponiendo algo que debería probar, es decir está suponiendo que es el superior. Es precisamente eso lo que está en discusión. Hay aquí, pues, lo que los lógicos llaman una petición de principio.
Todo esto se prueba por la natura de la presunción, que trata sobre hechos: “Presunción es la consecuencia lógica que la ley o el juez deducen de un hecho cierto en orden a probar otro incierto fundándose en la conexión que entre ambos hechos generalmente suele existir. El hecho que sirve de base a la presunción se llama indicio…”. Cabreros de Anta C.M.F, BAC III Vol, n. 623.