domingo, 10 de enero de 2016

La validez de las ordenes sagradas (Segunda Parte)

Arttículo II
 Del sujeto del sacramento del orden

121. "Solamente el hombre recibe válidamente la sagrada Ordenación" (CIC 968,1). De donde:

1. LA MUJER ES INCAPAZ DEL SACRAMENTO DEL ORDEN. Lo cual parece que es doctrina de fe católica respecto al episcopado y al presbiterado, y cierta respecto al diaconado. Y ciertamente así se desprende de S. IRENEO, S. EPIFANIO, S. AGUSTIN, el cual tiene como herejes a las pepuzianos, a los marconianos o marcosianas y a los coliridianos.

Los pepuzianos pertenecían a cierta secta de los montanistas (llamados así por la ciudad de Pepuza en Frigia) entre los cuales «las mujeres son obispos, presbíteros y son elegidas para los otros grados, de forma que no se guarde ninguna diferencia de sexo. Pues en Cristo Jesús no hay hombre ni mujer (Gal 3,28)». Se llamaban también artotiritas, porque en el sacrificio empleaban queso (αρτος, τυρόν) juntamente con el pan; o también catafrigas por la región donde vivían.

Marco Magno, del cual habla S. IRENEO, había sacado de quicio a ciertas mujeres a las cuales recomendaba ofrecer el sacrificio.

Los coliridianos formaban cierta secta en Armenia; sus mujeres solían celebrar el sacrificio en honor de la bienaventurada Virgen María.

El fundamento de nuestro aserto se encuentra en S. Pablo: «Las mujeres caIlen en las asambleas. No les es permitido hablar. Muestren antes bien su misión, como también la Ley lo dice. Si quieren instruirse en algún punto, pregúntenlo en casa a sus maridos. Porque no es decoroso que las mujeres hablen en la asamblea (1 Cor 14,34-35); de modo semejante en 1 Tim 2,11s: La mujer viva en sosiego, escuche con atenta sumisión. Empero no le permito a la mujer enseñar ni ejercer autoridad sobre el marido; sino vivir sosegada en el hogar...» Ahora bien, si no le es permitido a la mujer en la Iglesia por derecho divino (pues S. Pablo habla como Apóstol en nombre de Jesucristo) ni siquiera preguntar para aprender, y además quiere el Apóstol que en todas las cosas sea sumisa, mucho menos se le puede permitir a la mujer el que ofrezca el sacrificio, lo cual lleva consigo presidir, enseñar, etc. Esto lo manifiesta también toda la tradición católica, la cual ha tenido como herejes a los que sostenían lo contrario, según hemos dicho.

Pues ya se ha indicado anteriormente (n. 56s) que el diaconizado no fue un orden sagrado, sino a lo sumo algún sacramental; del mismo modo que la bendición de la abadesa. Pues éstas no tienen ninguna potestad de Orden, sino que su cargo se reduce al gobierno del monasterio.

122. A no ser que esté bautizado ningún hombre puede recibir Válidamente las sagradas órdenes.

Esta cuestión está ahora fuera de toda duda; pues consta que el bautismo es la puerta de la Iglesia o de la vida espiritual (D 639) fundamento de la vida religiosa, puerta de los sacramentos...; sin embargo en otro tiempo había sido una cuestión fuertemente discutida.

El fundamento es sencillamente la voluntad de Jesucristo, el cual ha confiado los sacramentos a la Iglesia y por tanto a no ser mediante el primer sacramento, por el cual uno se hace miembro de la Iglesia, nadie puede acercarse a los otros sacramentos. Ahora bien de esta voluntad de Jesucristo consta por la doctrina misma de la Iglesia.

El Concilio I de Nicea en el cn. 19, al tratar de los paulinistas que bautizaban inválidamente, en cuanto que usaban una fórmula totalmente inválida, dice: «Acerca de los paulinistas que se convierten a la Iglesia Católica se ha dado una definición con el objeto de que se bauticen en cualquier caso. Ahora bien si algunos de éstos en tiempo pasado pertenecieron al clero, si ciertamente se han mostrado puros e irreprensibles, sean ordenados, una vez bautizados, por el obispo de la Iglesia católica» (D 56). Luego el Concilio supone que la primea ordenación había sido inválida y nula, en otro caso no mandaría que se volvieran a ordenar. Ahora bien la nulidad de la primera ordenación provenía del hecho de que ellos no habían sido válidamente bautizados.

Esta ley del Concilio de Nicea, se ha extendido a los casos generales, según aparece en el Penitencial de Teodoro (hacia el año 690): «Si algún presbítero ordenado descubre que él no está bautizado, sea bautizado y se le ordene de nuevo».

Inocencio III propuso a los doctores que se tratara en teoría delante de él el terca acerca de la ordenación de un hombre no bautizado, y manifiesta que hubo gran variedad de sentencias, El argumento de los que llegaban la validez de la ordenación era el siguiente: Puesto que el bautismo es el fundamento de los otros sacramentos, nadie puede construir un edificio sin cimiento, y por tanto sin el bautismo los otros sacramentos, incluso las ordenaciones, no son válidos. Ahora bien a esto respondían los adversarios principalmente por cuatro motivos que era válida la ordenación de aquel que no hubiera recibido el bautismo: 1. El fundamento, esto el llegar a ser miembro de Jesucristo, se obtiene no sólo por el sacramento de la fe, sino también por la fe del sacramento; esto es, es suficiente el bautismo de deseo. 2. El sacramento del bautismo fue instituido después del sacramento del Orden; luego no parece que deba precederle necesariamente. 3. Los no bautizados pueden recibir el sacramento del matrimonio y el de la Eucaristía; luego no es tan general el que el bautismo sea el fundamento de los otros sacramentos. 4. Hay inconvenientes muy serios si se requiere el bautismo para las órdenes; pues puede suceder que alguien juzgue que él está bautizado y de hecho no lo esté, si después es elegido obispo, hará todas las ordenaciones no válidas; y si alguno de los ordenados es ordenado obispo por éste anterior, de modo semejante serán nulas las ordenaciones realizadas por éste; y así sucesivamente, etc.

A causa de estas dificultades o motivos, parece que Inocencio se inclinaba a la sentencia que admitía la validez de la ordenación del no bautizado; sin embargo en la práctica quedándose con la sentencia más segura, mandó que fuera bautizado el presbítero no bautizado y que después, fuera ordenado., «porque no se entiende como repetido, lo que se duda que se haya realizado»; sin embargo llama a este caso «dudoso». Los motivos de los adversarios los resolvieron extraordinariamente los escolásticos posteriores, y por ello ya nadie duda acerca de esto. Pues en cuanto a 1), el bautismo de deseo no hace a nadie miembro de Cristo sino incoactivamente, de donde el que ha recibido este bautismo propiamente todavía no pertenece a la Iglesia. En cuanto a 2) no debe mirarse al orden de la institución de los sacramentos sino a las preferencias de causalidad, por decirlo así, esto es a aquello por lo que fueron instituidos. Y no consta además con certeza, que el bautismo no hubiera sido instituido antes de la muerte de Jesucristo. En cuanto al punto 3) en el sacramento del matrimonio se da un contrato natural y un sacramento; aquel que de buena fe, juzgando que él está bautizado quiere contraer el matrimonio como sacramento, lo contrae ciertamente en cuanto que es contrato natural, mas no en cuanto es sacramento (a no ser que por la otra parte bautizada, el matrimonio en cuanto tal deba llamarse sacramento, como se verá en el tratado del Matrimonio). En cuanto a la Eucaristía, aquel que no estando bautizado comulga, recibe ciertamente el sacramento de un modo material, pero no de un modo formal. En cuanto al punto 4) acerca de aquellos inconvenientes muy serios decía S. Tomás: «Si este tal es promovido al sacerdocio (al no estar bautizado) no es sacerdote, ni puede actuar, ni absolver en el orden penitencial; de donde según los cánones debe ser bautizado .y de nuevo ser ordenado,..: y si es promovido también obispo, aquellos a los que ordena, no están ordenados, sin embargo puede' creerse piadosamente, que en cuanto a los últimos efectos de los sacramentos, el sumo sacerdote supliría el defecto, y que no permitiría que esto estuviera tan oculto, que pudiera acarrear un peligro a la Iglesia».

123. 3. Todo hombre bautizado es capaz de recibir las órdenes, sin atender a la edad que tiene.

Muy pocos teólogos han negado que los niños antes del uso de la razón puedan ser sujeto capaz de recibir las Ordenes sagradas. Se citan DURANDO, TOURNELY y HABERT. Se apoyan en la necesidad de intención, la cual, o bien propia, o bien interpretativa, se requiere en la recepción, de los sacramentos. Ahora bien los niños son incapaces de intención propia; y el sacramento del Orden, en cuanto sacramento libre y que lleva una carga no. puede ser recibido por intención interpretativa, como el bautismo.

Sin embargo la doctrina de la Iglesia es contraria. En efecto INOCENCIO III al responder a cierta consulta sobre qué había que hacer acerca de un hombre que había recibido en la infancia (antes de los años de la discreción) las órdenes menores y el subdiaconado; respondió que éste ciertamente debía recibir el orden del diaconado, que en cambio las otras órdenes ya habían sido recibidas.

BENEDICTO XIV al hablar acerca de la costumbre entre los coptos de ordenar a los niños en todas las órdenes menores y en el diaconado (ellos tienen el subdiaconado como orden menor), no niega la validez de las ordenaciones, pero una vez supuesta ésta, da distintas instrucciones y decreta acerca de la ley del celibato de ellos.

La razón la da S. Tomás: «Todos aquellos sacramentos, que requieren un acto del que recibe el sacramento, no competen a éstos (a los niños), como la Penitencia, el Matrimonio y otros similares. Mas puesto que las potestades infusas son anteriores a los actos, como también las naturales, aunque las adquiridas sean posteriores, quitado lo posterior, no se quita lo anterior; por ellos todos los sacramentos, en los cuales no se requiere el acto del que lo recibe por necesidad del sacramento, sino que se da por poder divino alguna potestad espiritual, pueden recibirlos los niños».

124. Si los niños que no tienen todavía uso de razón son capaces de la ordenación, también los que carecen de juicio podrán recibir las órdenes sagradas. Sin embargo, si se trata de dementes adultos, puesto que respecto a ellos se requiere la intención para recibir los sacramentos, si éstos, antes de caer en la locura, no querían de ningún modo ser ordenados, tampoco pueden recibir válidamente una vez que han caído en la demencia las órdenes sagradas.

Sto. Tomás, tanto respecto a los niños como respecto a los dementes, hacía una excepción en relación al episcopado: «Mas en cuanto al episcopado, donde también se recibe la potestad respecto al cuerpo místico, se requiere el acto del que recibe la cura pastoral de las almas; y por ello es también de necesidad de la consagración episcopal, el que tenga uso do razón». No obstante esta excepción no as necesaria, ya que el sacramento del Orden no consiste en un acto, sino en una potestad espiritual, la cual potestad puede darse, aunque en un determinado momento esta potestad no pueda actuarse,

125. 4. Para la ordenación lícita el Código de Derecho Canónico exige ciertos requisitos.

Los principales requisitos, que se decretan en el CIC, para que la ordenación sea lícita, son los siguientes: el que recibe el Orden debe estar en estado de gracia; pues se trata de un sacramento de vivos; y cuanto mayor sea la disposición en santidad, tanto más plena será la comunicación del Espíritu Santo. Se requiere también que esté confirmado (ca.974,1,1); que tenga costumbres que estén en consonancia con el orden que va a recibir; que tenga edad canónica, la cual para el subdiaconado no puede bajar de los veintiún años, para el diaconado se deben tener veintidós arios, y para el presbiterado hay que haber cumplido los veinticuatro años; para la tonsura no se determina edad, pero se requiere que el tonsurando haya empezado a cursar teología (cn.975-976,1). Se exige la debida ciencia, la cual se da por supuesto respecto al súbdiaconado en aquel que, a juicio de sus profesores, se encuentre decorosamente en tercer curso de teología; en el diaconado, si se encuentra en cuarto curso; y en el presbiterado si por lo menos ha cursado la mitad del mismo cuarto afín de teología (cn.976,2). Ahora bien este curso teológico no está permitido el que se realice en privado, sino que debe llevarse a cabo en los centros instituidos para ello según un método determinado de estudios (cn.976,3); el cual método de estudios lo determinó PIO XI en la Constitución Apostólica Deus scientiarum Dominus, del 24 de mayo de 1931.

Y no puede nadie ser ordenado lícitamente en algún grado si antes no ha recibido el grado anterior, y se requieren para las órdenes mayores el haber recibido antes las órdenes menores (cn.974,1,5 y 977). Ahora bien esta gradación no sólo se ha de observar en las órdenes mismas, sino también en ciertos intervalos que deben observarse entre las diversas órdenes (por lo menos entre las órdenes mayores). Los intervalos entre la primera tonsura y el ostiariado, o entre cada una de las órdenes menores, se confían al prudente juicio del obispo; entre el acolitado y el subdiaconado debe pasar por lo menos un año entero; entre las últimas órdenes es suficiente un espacio de tres meses. Sin embargo, si la necesidad y la utilidad de la Iglesia demandara otra cosa, se deja la causa a juicio del obispo (cn.978,2).

Por último, además de otros requisitos contenidos en el CIC, para la ordenación lícita es necesario que aquel, que se acerca a las órdenes, no tenga ninguna irregularidad ni impedimento (cn.968,1). Esta disciplina eclesiástica ya se observó en la antigüedad cristiana, puesto que San Pablo impuso ciertas normas a Tito por las cuales debía regirse al consagrar obispos y al ordenar presbíteros: El objeto porque te dejé en Creta es para que acabases de poner en orden lo que quedó deficiente, e instituyeses en cada ciudad presbíteros, conforme a las normas que te ordené. Deben ser irreprensibles, casados una sola vez, cuyos hijos sean creyentes y sobre las que no pese estigma de libertinaje o rebeldía. Porque es necesario que el obispo sea intachable como administrador que es de la casa de Dios. No soberbio, no irascible, no dado al vino, no violento, no codicioso de sórdido lucro. Sino hospitalario, amigo de lo bueno, íntegro, casto, Adherido tenazmente a la doctrina auténtica tal cual la recibió, a fin de que sea capaz de exhortar conforme a la sana doctrina y de argüir a los contradictores (Tit 1,5-9). S. LEON MAGNO excluía del presbiterado y sobre todo del episcopado a los siervos; y fueron establecidos por la Iglesia distintos decretos según las diversas circunstancias de los tiempos.

126. Escolio. De la necesidad del sacramento del Orden. Si nos fijamos en los hombres en concreto, el sacramento del Orden no es necesario para nadie con necesidad de medio para la salvación. En efecto no aparece caso alguno en el que alguien no pueda alcanzar las gracias necesarias a no ser mediante este sacramento. Ni siquiera puede decirse que «per accidens» sea necesario para alguien, así como el matrimonio resulta necesario para aquel, que sin él no puede conservar la castidad en su estado; pues no se da ningún caso en el que exista esta necesidad accidental. Ciertamente Dios podría en algún caso particular llamar a alguien al sacerdocio de forma que obligara a éste a recibir las órdenes sagradas con obligación de precepto explícito. Sin embargo este caso sería verdaderamente excepcional, y se trataría de una necesidad de precepto para este caso concreto. Por otra parte, ni siquiera esta necesidad de precepto se da de suyo; puesto que Dios conduce hacia el sacerdocio como hacia una vía de perfección; y respecto a la perfección no manda imperativamente, sino que aconseja.

Ahora bien respecto a la Iglesia, considerada en sí misma, el sacramento del Orden es necesario con necesidad de medio; porque es el medio sin el cual en la Iglesia no. se conservaría la jerarquía, no habría administración y realización de los sacramentos, y consiguientemente faltaría la fuente principal de la vida espiritual y sobrenatural. «De donde se sigue que la Iglesia debe procurar el que siempre un número suficiente de jóvenes anhele el llegar a las órdenes sagradas; ahora bien esto no puede alcanzarlo mediante algunas leyes que obliguen directamente a la recepción de las órdenes, sino indirectamente, procurando con todas sus fuerzas por medio de sus ministros, el que las familias sean verdaderamente católicas, el que los jóvenes se sientan atraídos por la vida ejemplar y el celo apostólico de los sacerdotes, el que se ore mucho y fervorosamente (incluso con muchísimo provecho mediante asociaciones instituidas con este fin) para pedir a Dios porque surjan vocaciones sacerdotales».


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