viernes, 14 de abril de 2017

Viernes Santo




¡Oh viña mía escogida, que Yo mismo planté! ¿Cómo te has convertido en amargura, para crucificarme a Mí y preferir a Barrabás!" (Responsorio de Maitines). El Salvador se queja desde la cruz de la ingratitud de su pueblo y de la ingratitud de todos nosotros. La sagrada Pasión, que hemos estado meditando amorosamente estas semanas, alcanza hoy su punto culminante con la muerte amarga. El Señor pende del madero infamante, abandonado, desconocido, deshonrado. Inclina la cabeza y entrega su espíritu.

Duélese la Iglesia, porque se le quita su Esposo. La desnudez y abandono en que se quedan los altares, simbolizan este dolor. No se celebra ninguna Misa. La presencia eucarística queda interrumpida, la lámpara del sagrario se extingue.

Nuestra actitud debe ser hoy estar espiritualmente junto a la cruz con la que se nos ha dado por Madre, hincarnos ante esos pies sangrantes que se hallan horadados por nosotros, y meditar su muerte. Meditar, noble y sinceramente, que muere por mí.

La Iglesia llora, pero bendice al Señor. "Adoramos tu cruz, oh Señor, y alabamos y glorificamos tu santa resurrección. Porque he ahí que por el madero ha venido la alegría al mundo entero." Sabe la Iglesia que hoy hemos sido redimidos. Y levanta la cruz, instrumento de ignominia, y la muestra en medio del sagrado recinto como signo de redención, después de que la hemos venerado y besado postrados a sus pies.

El grano de trigo que cae en tierra no permanece sólo, sino que produce ricos frutos. Los hijos de Dios recuerdan las palabras divinas: "En los días de su carne ofreció plegarias y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que le podía salvar de la muerte y fue escuchado por razón de su reverencia. Y siendo el Hijo, aprendió de las cosas que padeció lo que era obediencia, y en su perfección consumada vino a ser causa de salud eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec" (Hebr. 5, 7-10; Lección nona de Maitines).

Ahora descansa en el sepulcro. "En paz me acuesto y me duermo" (Sal. 4,9; Antífona de los Maitines de1 Sábado Pascual). La Pasión ha amainado y la paz comienza a descender a la tierra. Nosotros con las mujeres hacemos la guardia junto al sepulcro, aguardando su resurrección. Y encerramos su Pasión en nuestro corazón para que Él resucite en nosotros. Guardamos en nuestro espíritu y en nuestro cuerpo su muerte para que su vida también sea eficaz en nosotros y el poder de su resurrección se comunique a nuestro cuerpo mortal (2 Cor. 4. 10-11).

El ayuno, en efecto, es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Que nadie trate de dividirlos, pues no pueden separarse. Quien posee uno solo de los tres, si al mismo tiempo no posee los otros, no posee ninguno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le suplica.

Que el que ayuna entienda bien lo que es el ayuno; que preste atención al hambriento quien quiere que Dios preste atención a su hambre; que se compadezca quien espera misericordia; que tenga piedad quien la busca; que responda quien desea que Dios le responda a él. Es un indigno suplicante quien pide para si lo que niega a otro.

Díctate a ti mismo la norma de la misericordia, de acuerdo con la manera, la cantidad y la rapidez con que quieres que tengan misericordia contigo. Compadécete tan pronto como quisieras que los otros se compadezcan de ti.

En consecuencia, la oración, la misericordia y el ayuno deben ser como un único intercesor en favor nuestro ante Dios, una única llamada, una única y triple petición.

Recobremos con ayunos lo que perdimos por el desprecio; inmolemos nuestras almas con ayunos, porque no hay nada mejor que podamos ofrecer a Dios, de acuerdo con lo que el profeta dice: Mi sacrificio es un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias. Hombre, ofrece a Dios tu alma, y ofrece la oblación del ayuno, para que sea una hostia pura, un sacrificio santo, una víctima viviente, provechosa para ti y acepta a Dios. Quien no dé esto a Dios no tendrá excusa, porque no hay nadie que no se posea a si mismo para darse.

Mas, para que estas ofrendas sean aceptadas, tiene que venir después la misericordia; el ayuno no germina si la misericordia no lo riega, el ayuno se torna infructuoso si la misericordia no lo fecundiza: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no cosechará fruto alguno.

Tú que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayuna tu misericordia; lo que siembras en misericordia, eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

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